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jueves, 02 de septiembre de 2010
La leyenda del viejo Bob PDF Imprimir E-Mail
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escrito por Alex Ripne   
domingo, 16 de marzo de 2008
 Ayer, intercambiábamos juicios pletóricos sobre el recital de Bob Dylan en Chile con un tipo respetado en el ambiente radial chileno y jugábamos con la figura de Dios.  Sí, ríase de la blasfemia sacrílega en exceso, hasta irrespetuosa si quiere para cualquier cristiano común. Pero entiéndame. Si para los futboleros de tomo y lomo, Maradona era un Dios encarnado en una cancha, Bob Dylan es una representación divina de la música popular para cualquiera que se jacte de reconocer algo de historia en la materia.

Esta conversación fuera de toda lógica y plagada de alabanzas hacia el poeta de las líricas frontales, era una cruza de comentarios tan descabellados y extravagantes como que él decía en su momento “Escúchanos Dylan, te rogamos”, mientras yo replicaba con “Siento que estuve frente a Dios y ni siquiera me guiñó un ojo”. No me pida subjetividad ante el compositor más grande de todos los tiempos. No puede.

¿Y que importa si lo anterior lo encontró parcial? Sepa usted que por el contrario, un lector de estas columnas me preguntaba qué me pareció el show en general. Tuve que absorber su cara de espanto y decepción  al contestarle que, desde la más profunda de las perspectivas sólo me queda  lo definirlo como “bonito”. Así de simple, no tengo más argumentos ni fundamentos.

Y con un tipo como Dylan parado en el escenario, sepa usted que lo demás es puro dato, es pura antología barata. Al viejo Bob lo conocemos todos. Si ni él puede desprenderse de su estigma de mito viviente. Aunque juegue con ello e intente traspasarlo en cada una de sus etapas posteriores al remezón que provocó junto a su guitarra, su armónica y sus letras afiladas a fines de los ’60.

Si algo maneja a la perfección este Robert Zimmerman –su verdadero nombre- es la capacidad de encantar sin ser encantador ni histriónico en escena. Y también la de vender una imagen que el mismo dice detestar, marqueteándola hasta el cansancio. Se sabe casi por obligación que al norteamericano le molesta de sobremanera que lo tachen de leyenda, pero ni siquiera el mismo puede desprenderse de ese traje que revolucionó generaciones, cambio estilos musicales hasta convertirlos en códigos indescifrables, alimentó la creatividad de grandes bandas venideras y hasta se dio el lujo de influenciar a los menos sugestionables al cambio por esos años: los mismísimos Beatles.

Con un total respeto por el público asistente al Arena Santiago –que sumado al Estadio Nacional son los únicos lugares factibles para oír un buen show en desmedro de San Carlos de Apoquindo, la Estación Mapocho, el Espacio Riesco, etc-, el longevo genio del folk-rock repasó en un suave e indescifrable –a ratos- código musical sus principales creaciones, las del cancionero colectivo, las que escuchamos en la radio, muchas veces sin saber su historia contestataria –como “Hurricane”- las de impúdica belleza -como “Lay lady lay”-, las de cambios generacionales y sociales mayores –donde el estandarte es “Blowin’ in the wind” o la rotunda “The Times they are a changin’-, las clásicas y no menos controversiales –“Knockin’ on heaven’s door” o la aplastante y despiadada  “Like a rolling stone”-, repertorio invaluable que además sumó arranques de virtuosismo inacabable en la guitarra y el piano, todo acompañado de una banda soporte solidísima.

Sumemos un público cauto, transversal, participativo y a ratos solemne, digno de la ocasión. Vi niños con padres como con Iron Maiden, el domingo en el Velódromo. Una mezcla de emoción y envidia me consumió ante tal escena. En mi casa, de pequeño, había discos de Iglesias, Perales, Roberto Carlos. Jamás uno de los Zeppelín, del mismo Dylan, de The Beatles… Que un padre pueda regalarle hoy un show de un músico inmortal a su descendencia es quizás la herencia que con los años más se agradece.

Entonces, la segunda –y probablemente última- visita de Bob Dylan a estos lejanos parajes sonoros se puede definir simplemente como lo hice antes, cuando aquél lector preguntó esperando un cúmulo de información.

Es simple. Verlo, escucharlo, disfrutar de su vigencia fue algo “bonito”. Después de todo, así es como se definen los regalos…
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