Muy malo tiene que ser un debate para que los primeros actores, Popeye Piñera y la Gordi, Michelle Bachelet, sean sobrepasados por personajes del coro. Como siempre, los periodistas machos fueron un completo desastre: el adonis Amaro hizo preguntas al estilo CNN en español, es decir, amorfas.
Alejandro Guiller, nervioso como principiante ante su jefe, ni siquiera fue capaz de obligar a los liberticidas candidatos a comprometerse con la libertad de expresión; Libardo Buitrago es más latero que el otrora, José María Navasal, y sólo sabe de temas internacionales y no fue capaz, en la réplica, de conseguir definiciones de los candidatos sobre el tema del corredor marítimo a Bolivia o de la crisis energética que, seguramente, vendrá el próximo año. Es seguro que la política con nuestros vecinos será más desastrosa que con el profesor Lagos. Sólo la bruja sirena Cirse y la furia de Checho Bitar nos salvaron de la modorra: la Conny, con la insolencia propia de las bellas sirenas que convierten en cerdos a cuantos humanos se les aparecen, dejó en ridículo a Popeye Piñera dos veces: usted no ha contestado a mi pregunta, le dijo toda oronda. Para colmo, les preguntó al candidato y a la candidata con qué presidente se identificaban; obvio que Piñera respondió que con Eduardo Frei Montalvo y Michelle Bachelet destacó a su papá, el inefable profesor Lagos. Los dos insistieron en que el transaccional y aburrido hombre de la “justicia en la medida de lo posible”, Patricio Aylwin, fue un buen presidente; compitieron en lanzar paladas de estiércol al procesado Daniel López Pinochet. El candidato y la candidata a la presidencia pesan menos que un paquete de cabritas: sólo saben engañar a los carneros con ofertones que, todos saben, no se van a cumplir. Están convencidos, los muy ingenuos, que van a encontrar el eslabón perdido, los hipócritas cristianos, cuando quienes deciden la elección son las Domitilas de las poblaciones y los pillines, que nunca dicen por quién votan. No se preocupe, querido lector: la historia de Chile está plagada de reyes holgazanes e inútiles y lo más bien que estamos ricos, admirados por el mundo y vivitos y coleando. Por suerte, ya no hay más estúpidos debates.
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