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{mxc}Hace unos meses tuve oportunidad de ver el excelente documental La próxima estación, en el que Fernando Solanas, con punzante denuncia, riguroso acopio de datos y una buena dosis de ironía, mostraba cómo desde la década de los 60 a esta parte, en seguimiento de políticas dictadas desde fuera, Argentina desmanteló la mayor parte de lo que en su momento había sido la más extensa red ferroviaria de América Latina.
No sé si por efecto de Solanas y su film, pero ciertamente porque en Argentina ha habido un amplio movimiento social por la recuperación de su patrimonio, hace unas semanas el gobierno de Cristina Fernández anunció un amplio plan de renovación y rehabilitación de vías, principalmente en la región de Buenos Aires, pero también en otras áreas del país. Ciertamente una buena noticia para quienes han estado defendiendo el tren como medio de transporte.
Al otro lado de la cordillera sin embargo los múltiples amigos del riel no son muy afortunados, el transporte ferroviario el Chile está prácticamente moribundo, en especial el de pasajeros. Carga sigue moviéndose sobre rieles desde la región norte hasta las zonas central y sur del país, pero importante como ello puede ser, es el transporte de pasajeros lo que hace al tren verdaderamente visible a los habitantes de un país o región, por eso cuando éste desaparece, el que las líneas aun transporten carga es prácticamente irrelevante: el destino del servicio ferroviario empieza a escapar de la preocupación de la gente, pues no parece tocarla. Y la verdad es que no es así.
No dejo de sentir una mezcla de indignación y dolor por esta desaparición del tren de la vida de Chile, creo que para mucha gente de mi generación las memorias del viaje en tren en una infancia ahora remota, todavía deben resonar fuerte: mi primer viaje en ferrocarril fue un paseo familiar al Cajón del Maipo para el cual todos nos subimos al tren eléctrico que partía de Plaza Italia y llegaba a Puente Alto, ahí me acuerdo haber cambiado al Ferrocarril Militar que serpenteaba el río. Después habría muchos otros viajes en tren: a Cartagena, en lo que fue mi primera visita al mar cuando tendría unos 6 años, y ya en mis años juveniles numerosos viajes a Valparaíso, uno en el increíblemente aventurado tren del norte que iba hasta Iquique y en un tiempo en que fui profesor jefe, me tocó acompañar a un grupo de muchachos y muchachas en un viaje de estudios a Valdivia. Fuera de Chile no he dejado de gozar de la experiencia del tren, desde los suburbanos de Buenos Aires, a los excelentes trenes de alta velocidad de Europa y por supuesto los trenes de Canadá, después de todo, como dice el lema de la empresa ferroviaria canadiense Via Rail, el tren es “la manera civilizada de viajar”.
No sólo eso, el tren es el medio de transporte masivo más ecológico, el que menos impacto tiene sobre el medio ambiente. Generalmente utiliza energía eléctrica (en Chile la mayor parte de la red ferroviaria al centro y sur estaba electrificada) por lo que no emite gases dañinos al medio ambiente, pero incluso en el caso de las locomotoras diesel, el impacto es relativamente pequeño comparado con las emisiones que ocasionaría transportar una igual cantidad de carga o de pasajeros utilizando camiones o buses. En términos de protección ambiental solamente el ferrocarril ofrece ventajas sobre todos los demás medios de transporte. No por nada mantener una eficiente red ferroviaria ha sido siempre una preocupación de los europeos y de los japoneses, el ferrocarril transcontinental tuvo un significado patriótico en Canadá: cuando se construyó permitió la expansión de un país originalmente situado en las cercanías del Atlántico hasta el Pacífico; y más recientemente, entre los proyectos para estimular la economía de su país, el presidente estadounidense Barack Obama ha identificado diez líneas ferroviarias que se dotarían de modernos trenes de alta velocidad. No mal para el país donde el automóvil es rey. Es que incluso para los que no pueden desprenderse del volante, el tren en Norteamérica ofrece para largas distancias una suerte de conciliación: vagones especialmente habilitados para trasladar automóviles de modo que una vez desembarcados al otro extremo del país, los pasajeros que así lo desean pueden volver a su vehículo privado, pero ya en un área más circunscrita, reduciendo de paso el costo de gasolina, el desgaste de un motor en viajes largos y ciertamente la posibilidad de accidentes. El ferrocarril tiene una bien ganada fama de ser además el medio más seguro.
Hoy resulta deprimente comparar lo que son los itinerarios ferroviarios chilenos que caben en media pantalla del sitio web de la Empresa de Ferrocarriles del Estados (EFE), con el tiempo cuando, según constato, ocupaban seis páginas en la edición de junio de 1956 de la revista En Viaje de los FF.CC. del E., esta última hoy propiedad de El Mercurio (mejor ni pensar cómo en la época de la dictadura esta publicación terminó en esas manos, como el resto del patrimonio ferroviario me imagino que pagada a precio de huevo…). Había trenes al norte (hasta Iquique, partiendo de La Calera), al sur desde Santiago a Puerto Montt y por supuesto numerosas combinaciones para las ciudades situadas fuera de la red troncal, y además estaba el trasandino que en poco más de 13 horas lo llevaba desde Santiago hasta Mendoza según el horario publicado por la edición de En Viaje ya mencionada.
¿Es que todo quedó obsoleto y ya nadie se interesaba en usar el servicio como habitualmente se dice para justificar la destrucción de la red? ¿o fue más bien desidia de la autoridades de no renovar y modernizar el material rodante y el equipamiento técnico? O como menciona Solanas en relación a Argentina y seguramente aplicable a Chile: ¿no fue esto parte también de un diseño ordenado internacionalmente para favorecer a las grandes empresas automotoras (casualmente casi todas estadounidenses) y fabricantes de neumáticos, que entraron a proveer los miles de camiones y buses, y sus respectivos accesorios, reemplazando el transporte que antes se hacía por tren?
Solanas en su film hace una propuesta de rescate y recuperación del patrimonio ferroviario (al revés de Chile, en Argentina los ferrocarriles fueron hasta 1948 propiedad de empresas privadas, principalmente británicas, su nacionalización fue un gesto de gran simbolismo, por lo que su re-privatización bajo Menem fue un golpe bajo; en Chile, con muy pocas excepciones los ferrocarriles eran del estado, su red norte y el servicio de carga pasaron a privatizarse durante la dictadura).
Mientras en Argentina el ferrocarril es un tema de debate, en Chile en cambio parece muy bajo en las prioridades y que se sepa, no es ni siquiera mencionado por los candidatos presidenciales. Quizás la gente se ha resignado a la pérdida de este importante medio de transporte, limitado el interés a los entusiastas que en base a un encomiable esfuerzo y a trabajo voluntario han rehabilitado algunos vagones y locomotoras, pero de parte de las autoridades y de quienes podrían influir en la toma de decisiones sin indicios de querer frenar la decadencia del tren. Un error que a corto plazo se probará de muy negativas consecuencias en aumento de contaminación atmosférica y en altos costos de combustible y mantenimiento de carreteras.
No es que por otro lado se estuviera falto de iniciativas y proyectos, desde hace años se mencionaba la posibilidad de un nuevo trazado para la línea entre Santiago y Valparaíso-Viña, por la llamada Cuesta de la Dormida al norte de la capital, cuando el Congreso se trasladó a Valparaíso incluso se habló de un tren de alta velocidad, obviamente con la intención de transportar a los parlamentarios desde la capital en lo que se calculaba podría ser alrededor de una hora. El servicio a Puerto Montt, que ya no fue directo desde Santiago sino a través de Victoria, se ha abandonado una vez más, trenes directos desde la capital a las importantes ciudades de Concepción y Valdivia también son cosas del pasado, pero ninguno de estos servicios costaría mucho rehabilitar, eso sí, después de años de desaparición de la conciencia ciudadana, EFE tendría que hacer un gran esfuerzo de marketing para reacostumbrar al público a este medio de transporte, por cierto tendría que introducir además incentivos como servicios de comedor, bar y cama para recorridos nocturnos. Todo esto puede sonar a una enorme inversión, pero en Europa y ahora incluso en Norteamérica, se lo considera como una inversión natural teniendo en cuenta los beneficios al medio ambiente y en ahorro de combustibles fósiles que el tren trae. Hace un par de años se habló también de rehabilitar el Trasandino, al menos para carga, pero eventualmente con la idea de mover pasajeros también. Se ha buscado inversores extranjeros y éstos no han aparecido. No hay duda que un tal proyecto tendría que ser primariamente responsabilidad de los dos estados involucrados.
La falta de visión frente al tren fue tan grande que incluso la dictadura levantó el pintoresco y romántico Ferrocarril Militar al Cajón del Maipo, (no sé si en esto ha tenido que ver la carretera que Pinochet hizo construir para llegar a la casa de descanso que ahí tenía), algunos han hablado de planes para reconstruirlo (sus locomotoras están aun usables) pues un tren así sería hoy de un enorme potencial turístico, recordar el Tren del Fin del Mundo en Ushuaia. El mismo uso turístico podría explotarse en algunos trayectos cortos en el norte, a modo de lo que se hace en otros países.
Naturalmente para ver renacer el ferrocarril en Chile se requiere de una política de transporte público visionaria que por cierto no se podía esperar de la dictadura, pero que sí se hubiera esperado de los gobiernos democráticos. Por el contrario, y para vergüenza de los implicados, EFE hizo más noticia por los escándalos financieros de uno de sus ejecutivos en la pasada administración que por ninguna otra cosa.
Triste destino el del tren en un país que fue pionero en este medio de transporte en el continente. Por eso cada vez que viajo a Chile siento que lo único que va a ir quedando es la memoria de los rieles que una vez cubrieron gran parte del territorio, sin esperanza de una próxima estación, donde la gente de los pequeños pueblos fuera a esperar a sus amigos o a venderle pan casero como recuerdo en aquel inolvidable viaje juvenil a la llegada a Pueblo Hundido; poco habrá importado a los que han destruido el tren que este medio de transporte inspiró a poetas como Neruda, a cineastas como René Clément, o a músicos desde Berlioz, el primero que en 1846 escribiera Le chant des chemins de fer, aunque para muchos de mis coetáneos un ritmo popular y más familiar será la vieja canción recientemente revivida por el grupo español Consorcio: “Al compás del chacachá / del chacachá del tren: /¡Que gusto da viajar /cuando se va en el tren! / pues parece que el amor / con su dulzón vaivén /produce más calor /que el chacachá del tren.”
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