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El complejo militar-industrial golpea de nuevo

Publicado el 25 Junio 2018
Escrito por Tte.Cor. (R) USAF, William J. Astore (*)

¿Recordáis el plan mágico de Donald Trump para convertir 200 millones de dólares del tesoro federal… ¡oh, sorpresa!… en 1,5 billón para invertirlos en la infradotada y avejentada infraestructura de Estados Unidos a la que la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles (ASCE, por sus siglas en inglés) concedió el grado D+ en 2017?

 

¿Por qué habríais de saberlo, sobre todo desde que el proyecto está oficialmente muerto en el Congreso y los estadounidenses lo saben? Una encuesta reciente de la Universidad de Monmouth, New Jersey, muestra que el 55 por ciento de los estadounidenses piensa que el presidente no le presta la debida atención a la deteriorada infraestructura del país y que solo el 26 por ciento piensa que sí lo hace.

Sin embargo, hay una excepción raramente mencionada en esta cada vez mayor realidad estadounidense. Ya sabéis que las demoras en los vuelos y el descalabro general del sistema de transporte aéreo de pasajeros desde aeropuertos caóticos y abarrotados de gente forman parte de esa realidad en lo que todavía se considera la nación más poderosa y rica del planeta. Sin embargo, el poder aéreo militar es otra cuestión. De hecho, mientras el Congreso está prácticamente partido en dos y paralizado cuando se trata de invertir en la infraestructura civil de un país que hasta ahora no ha construido una sola línea de ferrocarril de alta velocidad, siempre hay una mayoría bipartidista dispuesta a financiar la construcción de alguna “infraestructura” para las fuerzas armadas de Estados Unidos. Casi no hay un sistema de armas ni cualquier cosa que quiera el Pentágono que no cuele. Muy recientemente, por ejemplo, el Congreso aprobó un astronómico presupuesto para el Pentágono, que respondió pidiendo todavía más dinero para 2019, y está prácticamente garantizado que -en un país cuyo presidente se jacta un día sí y el otro también de la “reconstrucción” de sus fuerzas armadas y del “gran despertar” del… poderío estadounidense- los conseguirá. ¡Más barcos de guerra nuevos! ¡Más aviones nuevos! ¡Más misiles nuevos! ¡Más armas nucleares nuevas! Esta es la infraestructura que triunfa en el Estados Unidos del siglo XXI.

Hoy, el teniente coronel retirado y colaborador habitual de TomDispatch, William Astore se centra en un pequeño (aunque terriblemente caro) aspecto de ese fortalecimiento: un nuevo y superfluo avión bombardero con capacidad nuclear, el B-21, y en la razón por la cual -contra toda lógica en un país que necesita tanto otro tipo de inversiones- es imposible que un futuro Congreso se lo pierda.

–ooOoo–

 El complejo militar-industrial golpea de nuevo 

¿Sabíais que la Fuerza Aérea de Estados Unidos está trabajando en un nuevo bombardero indetectable? Si no lo sabéis no es por vuestra culpa; el proyecto es tan secreto que la mayor parte de los congresistas no tiene conocimiento de sus detalles (ojo, ¡que no se entere nadie!). Conocido como el B-21 Raider -en recuerdo de los famosos Raiders (asaltantes) del general Doolittle en la Segunda Guerra Mundial- está diseñado para llevar armas nucleares aunque también misiles y bombas convencionales. En los dibujos conceptuales se parece mucho a su predecesor, el bombardeo furtivo B-2 Spirit, todo alas sin fuselaje alguno, una forma que ayudaría a penetrar y salir sin daño de los más modernos sistemas de defensa antiaérea existentes, con el propósito de realizar un ataque en cualquier lugar del mundo (pensar en el Apocalipsis nuclear).

A medida que la Fuerza Aérea s reciba los futuros B-21, retirará los más viejos bombarderos B-1B, aunque los venerables B-52 (de la época de la Guerra Fría), muy modificados, se mantendrán en servicio en un futuro inmediato. A razón de 550 millones por avión (antes de que los inevitables aumentos de costo tengan efecto), la Fuerza Aérea planea comprar nada menos que 200 aparatos B-21. Esto significa más de 100.000 millones solo en costo de adquisición, un gran beneficio para Northrop Grumman, la principal empresa contratista del avión.

Está históricamente comprobado que un gran beneficio para una empresa -Northrop Grumman, en este caso- puede acabar siendo un infortunio para el contribuyente estadounidense. Para comenzar, Estados Unidos no necesita un nuevo bombardero estratégico -indetectable, gran capacidad de penetración, costosísimo y capaz de llevar bombas nucleares- para ser utilizado contra posibles contendientes como China y Rusia. Pero antes de abordar esta cuestión, hagamos un poco de historia.

Un déjà vu (1): todo otra vez 

Hace mucho tiempo (en 1977, exactamente), en un país muy lejano, el presidente Jimmy Carter hizo algo magnífico: canceló un importante sistema de armas del Pentágono justo cuando estaba a punto de iniciarse su producción. Era el bombardero B-1, un avión con sofisticada -esto es, muy cara- aviónica diseñado para penetrar en el espacio aéreo de la Unión Soviética ante la eventualidad de una guerra atómica y sobrevivir a ella. Carter lo anuló por la más sensata de las razones: no era necesario.

La Fuerza Aérea ya había desarrollado un misil de crucero aire-tierra que permitía que aviones de bombardeo como el B-52 atacaran con precisión objetivos enemigos desde cientos de kilómetros. También era, como todos los modernos sistemas de armas, escandalosamente oneroso. ¿Por qué gastar enormes sumas de dinero en un nuevo bombardero, razonó Carter, cuando la nación agregaba bien poco a su capacidad de disuasión nuclear? Además, esa anulación tenía la intención de enviar un doble mensaje al complejo militar-industrial: que él no tenía deuda alguna con los halcones de la defensa -que vendían como “esencial” cuanto sistema de armas se les ocurriera sin que les importara su precio ni su necesidad-, y que no se dejaría intimidar por ellos.

En ese momento, yo era un adolescente con una manía por los aviones de EEUU. Incluso hice un modelo del B-1 que hasta tenía alas de “geometría variable”, es decir, podían llevarse hacia adelante para vuelo de baja velocidad o hacia atrás para vuelo supersónico. Todavía puedo verlo con el ojo de mi mente, casi todo de color blanco como el prototipo que Rockwell International, su primer contratista, construyó físicamente. A modo de protesta simbólica contra la anulación de Carter, cogí mi modelo, le fijé un par de petardos con cinta adhesiva y lo lancé desde el terrado del edificio donde vivíamos, haciéndolo estallar satisfactoriamente. Tanto peor para el B-1, pensé.

Yo era demasiado joven para entender las cosas. Cuando en 1981, Ronald Reagan llegó a la presidencia, como parte de una enorme acumulación defensiva (que, ironías del destino, sería continuada por Carter), reactivó el B-1. Rápidamente, la Fuerza Aérea se comprometió a comprar 100 aparatos al por entonces astronómico precio de 280 millones de dólares cada uno. El B-1B Lancer (como se hizo conocido) sirvió en la Fuerza Aérea durante las tres últimas décadas sin haber cumplido nunca -afortunadamente- el propósito para el que había sido diseñado: un ataque nuclear. Castigado por los accidentes, los altos costos operativos y las cuestiones relacionadas con el mantenimiento, el B-1 fue una decepción para una Fuerza Aérea que ahora está deseando reemplazarlo por un bombardero completamente nuevo, que seguramente tendrá una historia más o menos parecida.

Sin embargo, por mucho que en mi adolescencia me encantara la posibilidad de volar, una vez que me incorporé a la Fuerza Aérea todo fue muy diferente para mí. En 1986, como joven teniente, incluso escribí un trabajo para un concurso interno de la fuerza en el que yo argumentaba que el concepto de un bombardero nuclear estratégico tripulado, capaz de “penetrar” en el espacio aéreo enemigo era muy equivocado. Fundamentalmente, me basé en la posición de Carter, sugiriendo que las otras dos “patas” de la tríada nuclear de Estados Unidos (misiles estratégicos lanzados desde silos subterráneos y misiles similares a bordo de submarinos nucleares) eran más que suficientes para disuadir y derrotar a un potencial enemigo (incluso destruir el mundo) y que la nuevas tecnologías de “precisión”, como la del misil de crucero, hacían que las peligrosas misiones de bombardeo tripuladas bien dentro del espacio aéreo enemigo fueran no solo obsoletas sino antidiluvianas.

Lógicamente, mi trabajo no ganó el concurse y el B-1B sí lo hizo. No obstante fue una incorporación absurda, incluso para los estándares de la Fuerza Aérea, dado que Estados Unidos ya tenía a su disposición un abrumador arsenal de misiles y una flota de bombarderos B-52 que, aunque carentes de velocidad y poder de penetración, estaban envejeciendo bastante bien. De hecho, los B-52 todavía continúan volando, nada sorprendente cuando se tiene en cuenta el desarrollo de misiles de altísima precisión que permiten que ese avión no deba acercarse a los blancos ni exponerse a las defensas antiaéreas enemigas.

Mientras tanto, la Fuerza Aérea -un servio que nunca se ha negado a los costosos sistemas de armas de alta tecnología y nunca le ha importado lo redundantes que puedan ser- estaba trabajando arduamente en un bombardero furtivo que hiciera realidad su sueño de “alcance, potencia y ataque; todo ello en dimensión global”. Lo que surgió fue el B-2 Spirit, un bombardero indetectable tan dispendioso (2.100 millones de dólares cada uno) que solo se construyeron 21 unidades. El tenerlo en actividad fue también más caro que el B-1, aunque era menos fiable que este debido a la fragilidad de su revestimiento para hacerlo indetectable, que exigía un mantenimiento más prolongado y costoso. En otras palabras, ambos aviones resultaron ser onerosas decepciones que, afortunadamente, nunca fueron probados en su misión primordial para los que habían sido diseñados: achicharrar a millones de personas en una guerra nuclear.

El B-21 Raider, cuyo nombre supuestamente revela su tecnología de vanguardia, es el primer bombardero de un nuevo siglo. Ya esta siendo alistado para repetir la nefasta y previsible historia de sus predecesores.

¿Seguirá el bombardero el mismo camino que el dodo (2)?  

A las ideas antiguas y las tradiciones consagradas les cuesta morir, sobre todo cuando son tan lucrativas para el complejo militar-industrial-legislativo. Solo hace falta mirar la resistencia del desastrosamente oneroso avión de combate furtivo F-35, proyectado para que costara 1.450 millones de dólares mientras durara el programa. Hablando en plata, la Fuerza Aérea de hoy, lanzada al futuro -tal como en el pasado-, todavía quiere ser capaz de presenta combate al enemigo con un bombardero tripulado. Todavía quiere que sus tripulaciones aéreas pongan las bombas en el blanco. En tiempos en los que drones como el Predator y el Reaper son pilotados remotamente están dejando sin empleo a tantos pilotos de aviones de caza, la Fuerza Aérea no tiene la intención de permitir que su flota de bombarderos estratégicos tripulados siga el camino de los dodos. Sus jefes bregarán siempre por tener bombarderos estratégicos tripulados porque esto encaja con su propia imagen: escabullirse entre los cazas enemigos, los misiles y el fuego antiaéreo. Y llevar la lucha a la propia puerta del enemigo.

De hecho, la Fuerza Aérea no solo quiere que el B-21 sea su bombardero de “quinta generación”; también quiere un nuevo avión de combate para escoltar al B-21 en sus misiones de penetración profunda en el espacio aéreo de China, Rusia u otros países. Recordad el legendario Mustang P-51, acompañaba a los aviones de bombardeo estadounidenses hasta su objetivo en lo más profundo de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, la imagen que la Fuerza Aérea tiene de la batalla aérea del futuro presenta una misteriosa similitud con las escenas de acción de la clásica película de guerra de 1949 Twelve O’Clock High, salvo que los B-17 y los P-51 de aquella contienda serán bombarderos de quinta generación que volarán acompañados de aviones de combate de sexta generación para abrirse paso en el espacio aéreo enemigo.

Por supuesto, los funcionaros del Pentágono tiene un conjunto de argumentos en apoyo del B-21. Entre ellos, el mantenimiento de la paridad, si no la supremacía, de cara a China o Rusia o algún otro -indefinido- futuro enemigo y la necesidad de nuestros heroicos soldados de lo más avanzado y lo mejor en materia de armamento. Ponen el acento en que la anulación de un sistema de armas tan importante como el B-21 equivale a un desarme unilateral, que comunicaría debilidad a los rivales y enemigos, y que los bombarderos tripulados proporcionan el máximo de flexibilidad dado que, al contrario que los misiles, pueden ser llamados de regreso a su base o asignarles otro objetivo después de haberse iniciado la operación.

Sin embargo, la verdad es que, en el siglo XXI, los escenarios como el de Twelve O’Clock High parecen cada día más absurdos y anticuados. Pero que nadie le diga eso a la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Cuando sus estrategas imaginan un bombardero, todo lo que ven es posibilidad, promesa e incluso desempeño. Pero la historia nos muestra algo más que eso: la posibilidad de destrucción generalizada e indiscriminada y de enormes carnicerías. En todo caso, desde la Segunda Guerra Mundial, la flota de bombarderos de EEUU ha dado alas a este país para atacar en lugares y formas claramente contraproducentes para prácticamente cualquier definición de la seguridad nacional, así como un incalculable número de inocentes muertos por el fuego de artillería disparado desde esos aviones o las bombas que ellos han dejado caer. La guerra de Vietnam -durante la cual se lanzaron siete millones de toneladas de explosivos- es un ejemplo acabado de esto.

Esta es la terrible realidad a la que nos enfrentamos de implementarse esos sistemas de armas: cuando las fuerzas armadas de Estados Unidos desarrollan una capacidad tratan de utilizarla, incluso en situaciones en la que es absolutamente inadecuada (una vez, mas, pensemos en los intensos bombardeos realizados por los B-52 en Vietnam, Laos y Camboya en el contexto de una campaña de contrainsugencia supuestamente pensada para ganar “el corazón y la mente” de los habitantes del lugar). La presencia de un nuevo bombardero estratégico capaz de atacar en cualquier lugar del mundo -incluyendo arrojando artefactos termonucleares- no mejorará la seguridad nacional; solo animará a futuros presidentes a atacar en cualquier sitio y cuando lo deseen provocando solo devastación y muerte de seres humanos. El B-21 no es un multiplicador de fuerza: es algo que hace posible el Apocalipsis.

Volando alto en nuestro B-21 

Aunque Donald Trump se ha vendido a sí mismo como un sensato crítico militar, ¿hay alguna posibilidad de que tenga la inteligencia que demostró tener Jimmy Carter en relación con el programa del B-1? ¿Ahorrará Estados Unidos por lo menos 100.000 millones de dólares (posiblemente muchos más) si elimina otro redundante sistema de armas del departamento de Defensa? Poco probable. En los tiempos que corren, hasta Donald Trump -si lo quisiera-, lo tendría difícil frente al Pentágono.

Inundadas de más miles y miles de millones de dólares del contribuyente, entre los que está la financiación de los F-35 y las nuevas armas atómicas, concedidos por una coalición bipartidista en un Congreso habitualmente dividido para otras cuestiones, las fuerzas armadas de Estados Unidos lucharán para conseguir todavía más sistemas de armas; entre ellos, el B-21. Lo mismo hará el Congreso, especialmente si Northrop Grumman emplea la misma estrategia de construcción que Rockwel International utilizó por primera vez con el B-1: esparciendo la subcontratación de partes y los proveedores de piezas en tantos estados y distritos electorales como fuese posible. Por supuesto, esto aseguraría que cualquier recorte en el programa del B-21 afectaría al empleo y esto, a su vez, haría que las votaciones en el Congreso le favorecieran. Después de todo, ¿qué congresista desearía votar en contra de empleos muy bien pagados en su propio estado o distrito electoral por el bien de la seguridad del país?

Entonces, he aquí mi consejo a un joven maquetista de aviones de cualquier sitio: no se apresure a estrellar su modelo de B-21. Espere a asegurarse de que la cosa real ha llegado. Si la Fuerza Aérea quiere asegurarse de que cuenta con un nuevo bombardero para hacer volar por los aires a los enemigos de Estados Unidos, amén. Si funcionó (parcialmente y a un costo tremendo) en los cielos -surcados por el fuego antiaéreo y los aviones de caza- de la Alemania nazi, ¿por que no funcionaría en 2043 en los cielos de vaya uno a saber qué país cuyo nombre acabe en -istán?

¿Por qué “su” Fuerza Aérea piensa así? No solo porque ama los grades bombarderos, sino también porque sus rivales más importantes no son Rusia o China o algún país “fuera de la ley” como Irán. Sus contendientes están aquí mismo, en “la patria”. Por supuesto, estoy hablando de otros servicios militares. Sí, efectivamente, la rivalidad entre servicios continúa viva y con buena salud en el propio Pentágono. Si la Marina de Estados Unidos sigue construyendo -a un costo que deja a uno pasmado – portaviones nucleares, como el plagado de problemas Gerald R. Ford) y submarinos nucleares, si el Ejército de Estados Unidos puede tener todos los tanques, helicópteros y otros juguetes por el estilo, entonces ¡qué diablos!, la Fuerza Aérea puede tener lo que realmente la convierta en algo especial y única: un nuevo bombardero indetectable escoltado por un más nuevo aún e indetectable avión de caza de gran autonomía.

Y no atribuyamos solo a la Fuerza Aérea un pensamiento tan retrógrado. Sus jefes saben lo fácil que es vender grandes y ostentosos proyectos al Congreso. Proyectos que conlleven décadas de financiación y den origen a decenas de miles de puestos de trabajo. Cuando los congresistas hacen cola para conseguir su entrada, los contratistas militares están muy felices de poder hacer un favor. El principal contratista del B-21, Northrop Grumman, de Falls Church, Virginia, tiene la mayor parte para ganar, pero entre otros ganadores estarán United Technologies, de East Hartford, Connecticut; BAE Systems de Nashua, New Hampshire; Spirit Aerosystems de Wichita, Kansas; Orbital ATK de Clearfield, Utah, y Dayton, Ohio; Rockwell Collins de Cedar Rapids, Iowa; GKN Aerospace de St Louis, Missouri; y Janicki Industries de Sedro-Woolley, Washington. Y estos no son más que los proveedores principales de partes para la construcción del avión; se necesitarán docenas de otras empresas que aportarán piezas y estas estarán repartidas entre tantos distritos electorales como sea posible. Es probable que el montaje final del bombardero se haga en Palmdale, California. Los componentes llegarán por mar desde todo el país. ¿Quién dijo que los enclaves costeros no pueden unirse con los del interior para conseguir que se hagan las cosas?

Aun si el presidente Trump quisiera anular el B-21 -aunque según su muy reciente discurso a los graduados de la Escuela Naval, lo más probable es que no haya un solo sistema de armas que él no quiera llevar a buen término- las posibilidades son, en la atmósfera militarista que reina hoy en día, que se enfrente a una enorme resistencia. Como lo expresa un antiguo camarada de armas mío, “En comparación con los tiempos de Carter, en este momento hay algo muy negativo: nuestra cultura de embanderamiento y sentimentalismo militar. Ni siquiera podemos discutir sobre las necesidades de nuestro país por el temor de ‘ofender’ o ‘faltar el respeto’ a los soldados. Hoy en día, Carter sería tildado de desleal con esos soldados, a quienes estaba mandando a una muerte prematura debido a que en cada decisión de adquisición gira en torno a una amenaza ‘grave’ o ‘existencial’ a la seguridad nacional cuyas consecuencias letales son inmediatas”.

Y así, la Fuerza Aérea y sus generales aviadores ganarán la pugna por el B-21 y, en su viaje, se llevarán con ellos al contribuyente estadounidense, a menos que tengamos algún coraje y les quitemos los mandos a las frías y muertas manos de la retrógrada tradición militar y a su poder de cabildeo institucional. Hasta que no lo hagamos, despeguemos (una vez más) hacia el azul firmamento, volando alto en nuestros B-21.  (En “Bitácora, Uruguay, 25.06.18)

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(1) En francés en el original. (N. del T.)

(2) Dodo (Raphus cucullatus) m. Ave actualmente extinguida, de pico fuerte y ganchudo y alas no aptas para el vuelo, que vivió en algunas islas del Pacífico. María Moliner, Diccionario de uso del español, Gredos, Madrid, 1983.

 

Introducción de Tom Engelhardt 

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 (*)William Astore, colaborador habitual de Tom Dispatch, es teniente coronel retirado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y durante 15 años enseñó historia en la Academia de esa fuerza, en la Escuela Naval de Postgrado y en una escuela técnica de Pennsylvania. Nunca ha olvidado su visita al sitio Trinity, en Alamogordo, Nuevo México, donde en 1945 se probó el primer artefacto nuclear; tampoco el tiempo que pasó en el complejo de Cheyenne Mountain, en un bunker horadado en el granito a más de 600 metros de profundidad, a la espera de una guerra nuclear que nunca ocurrió. Su blog personal es Bracing Views.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176431/tomgram%3A_william_astore%2C_enabling_armageddon/#more

 

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