Viernes, 31 de Octubre 2014

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Jean Robert: “La guerra santa de Felipe Calderón es irreal y desastrosa”

Publicado el 21 Abril 2011
Escrito por Mario Casasús

jeanrobertCuernavaca.- En entrevista con Clarín.cl Jean Robert (1937), filósofo y arquitecto rauraco-celta residente en México desde 1972, reflexiona sobre el holocausto desatado por el régimen político y el narcotráfico: “De repente, los números se vuelven rostros, principalmente de jóvenes, las estadísticas se esfuman atrás del horror de vidas, sueños y proyectos sesgados. Al reducir las muertes a datos estadísticos, yo también contribuía a dar credibilidad a la tesis de Felipe Calderón, según él esas muertes presentadas como estadísticas anónimas son los inevitables daños colaterales de su guerra santa contra el crimen; para enlistarme en su cruzada contra el crimen, Felipe Calderón sólo necesita mi silencio. Nunca he creído en su guerra que me parece irrealista, inmensamente costosa y desastrosa”

 

 

 

 

Autor de los libros: Le Temps qu'on nous vole (1980); Ecología y tecnología crítica (1992); Water is a Commons (1994); Libertad de habitar (1999); Raum und Geschichte I, II y III (1998); La crisis: el despojo impune (Editorial Jus, 2010) y en coautoría con Jean-Pierre Dupuy escribió: La Trahison de l'Opulence (1975) y con Majid Rahnema: La Puissance des pauvres (2008). Catedrático universitario e intelectual marginal, Jean Robert participó en el consejo editorial de la revista Ixtus y actualmente colabora en Conspiratio, ambas publicaciones fundadas por el poeta Javier Sicilia.

 

Jean Robert llegó a Cuernavaca en 1973, de inmediato colaboró en el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) dirigido por Iván Illich; de ser “la ciudad de la eterna primavera y la capital intelectual de la década de 1970”, Cuernavaca se convirtió “en un pequeño infierno”. Clarín.cl buscó al peatón e intelectual rauraco-celta durante los días del plantón convocado por Javier Sicilia, para conversar sobre la ciudad, su velocidad, la ceguera gubernamental, la capacidad de organización de los jóvenes ante el desgarramiento del tejido social, entre otros temas, incluso analizó el contexto internacional: “La ‘ventaja’ de una dictadura es que resulta más fácil criticarla que un sistema ambiguo y complejo como la llamada ‘democracia mexicana’. En Egipto, se le pidió a Hosni Mubarak que se fuera y se asustó tanto que se fue, lo mismo con Ben Alí en Túnez. Pero la desventaja de las dictaduras es que el derrocarlas no requiere una reflexión que vaya realmente a la raíz de las cosas”. 

 

MC.- Jean, ¿cuál es tu reflexión después de la indignación y euforia de la marcha y plantón en Cuernavaca?

JR.- Es curioso que uses la palabra euforia; antes de cualquier cosa, hay una indignación: ¡Estamos hasta la madre!, están ocurriendo cosas absolutamente intolerables, como dijo Javier Sicilia: “estamos frente a una emergencia nacional”. Los jóvenes encontrados muertos en Temixco el 28 de marzo son la gota que derramó el vaso, porque dentro de los miles de homicidios anónimos en nuestro Estado, tocó que una de las víctimas –Juan Francisco Sicilia- fuera hijo de una personalidad del mundo literario y cultural del país. Javier Sicilia, su padre, es poeta, novelista, columnista de Proceso y La Jornada Semanal. Entonces, se hizo público algo que no se había hecho público antes. Si analizo mi propio estado de ánimo, tengo que admitir que, como la mayoría de los ciudadanos, yo sabía que todos los días habían muertos, que aparecían  colgados en los puentes peatonales de los barrios “bien”, muertos abandonados en coches, con marcas de tortura y a veces decapitados. Uno trataba de salvaguardar su tranquilidad emocional reduciendo esos crímenes a datos estadísticos, a las “leyes de los grandes números”: sí, vivimos en un mundo peligroso, pero… “mientras no nos toca…”. Esta vez, sí nos tocó, y duro. Me tocó de muy cerca: Javier es uno de mis mejores amigos y yo conocía bien a su hijo Juanelo. De repente, los números se vuelven rostros, principalmente de jóvenes, las estadísticas se esfuman atrás del horror de vidas, sueños y proyectos sesgados. Retrospectivamente, mis raciocinios tranquilizadores me aparecen como la forma cero de la complicidad, la omisión: al reducir las muertes a datos estadísticos, yo también contribuía a dar credibilidad a la tesis de Felipe Calderón, según él esas muertes presentadas como estadísticas anónimas son los inevitables “daños colaterales” de su guerra santa contra el crimen. Llamo la omisión “nivel cero de la complicidad” porque, para enlistarme en su “cruzada contra el crimen”, Felipe Calderón sólo necesita mi silencio. Nunca he creído en su guerra que me parece irrealista, inmensamente costosa y desastrosa. Pero, al no realizar en carne propia que esos muertos nunca son anónimos, que tienen nombre y rostro, otorgaba a la guerra un “voto de omisión”. La mayoría de las victimas son jóvenes que mueren en condiciones semejantes a las de Juan Francisco Sicilia y sus amigos. Esto es más que una toma de conciencia, es una especie de catarsis que se expresó públicamente en las marchas multitudinarias del 6 de abril. Muchos ciudadanos pasaron por el mismo doloroso proceso reflexivo que yo. De ahora en adelante, sabemos que los asesinatos pueden tocarnos cerca, y como conocíamos a Juan Francisco y a sus amigos asesinados el 27 de marzo, queremos conocer los nombres de los cerca de quince jóvenes que cayeron en nuestro Estado desde entonces.

 

MC.- ¿De ahí la importancia de recuperar sus nombres en “El muro del holocausto”?

JR.- Yo apoyo la iniciativa de colocar placas en un lugar público recordando los nombres de los nuevos caídos. Primero fueron colocadas siete placas con los nombres de los que murieron el 27 de marzo y, al día siguiente, se colocaron 96 placas con los nombres de las personas asesinadas este año en el Estado de Morelos. Parece que las autoridades estatales ya destruyeron subrepticiamente 16 de esas placas. Tanto Javier como yo evitamos hacer especulaciones, pero en esta guerra hay una lógica que es diabólica: todo pasa como si una entidad o un “sistema” tuviera interés en desestabilizar al país. Los jóvenes son los que están más expuestos a esta lógica destructiva; hay realmente una violencia dirigida contra ellos y mi consejo a mis estudiantes es que no se expongan individualmente. 

 

MC.- ¿Qué demostraron los jóvenes al permanecer en el Plantón y organizar las actividades culturales en el Zócalo de Cuernavaca?

JR.- Tengo una gran admiración por sus capacidades de organización y sacrificio: durmieron noche tras noche en el frío –muy relativo en esta temporada-, con las incomodidades que implica instalar sus carpas en una plaza pública; yo quisiera ponerme al servicio de los jóvenes, pero me cuesta pasar una noche en el plantón como lo hacía antes. Ahora, tengo que contar con “los achaques” y todas esas cosas que llaman “la bola de años”. Bueno, nada grave, me considero como parte de “las reservas” del movimiento y ninguna bola será demasiada pesada para impedirme marchar de Cuernavaca a México entre el 5 y el 8 de mayo. Las “jovenas” y los jóvenes merecen un reconocimiento muy especial. Por cierto,  platicando con algunos de ellos, creí percibir  algún tipo de frustración debido a que no veían una línea clara en todo este movimiento cívico. Eso lo deberíamos de discutir a fondo, porque en este movimiento no hay, no debe y no puede haber una línea preestablecida. Aquí se hace el camino caminando, los horizontes se revelan marchando. Por ejemplo, estuve muy feliz ante la decisión de Javier de convocar una marcha nacional entre los días 5 y 8 de mayo porque se necesitaba un horizonte para orientar las acciones que vienen. No sé en qué medida el éxito la marcha se podrá evaluar en número de marchantes: es muy demandante caminar de Cuernavaca al Distrito Federal; a mis 74 años voy a intentar hacerlo pero no garantizo que llegue muy fresco al final. Creo que se revelan posibilidades en la acción, o mejor dicho, que la acción revela posibilidades nuevas, tal como la marcha abre los horizontes. Son  posibilidades que no se pueden planear, cosas que de repente se comienzan a percibir colectivamente y, cuando se perciben, se vuelven posibles.

 

MC.- Si bien varias acciones del plantón fueron espontáneas, la convocatoria viene desde un poeta, ¿cómo describirías a Javier Sicilia?, ¿cuándo lo conociste?

JR.- Javier Sicilia es un gran poeta, novelista y ensayista con una visión política que expresa en sus columnas. Entré en contacto con él hace quince años o más porque me pidió una colaboración para la revista Ixtus, que al inicio se hacía artesanalmente; al principio, hasta su papá, Oscar Sicilia, la distribuía casa por casa. Comenzamos a conversar y Javier se interesó en el pensamiento de Iván Illich, un pensador que no sólo hecho raíces en Cuernavaca, sino que, por ahí en los años setentas, la volvió famosa. Javier quiso saber lo que se había hecho en el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC) fundado por Illich. Tuve la oportunidad de presentar a Javier con Iván, e inmediatamente se entendieron muy bien. Javier entendió a Iván por su lado místico, mientras yo lo entendía por su inmenso interés en la cultura material, la subsistencia y lo que él llamaba “la paz de la gente”. Iván oponía, como nadie desde Karl Polanyi y Edward Palmer Thompson, las creaciones “económicas” y culturales de la gente, la subsistencia que es “la economía de abajo” a los planes de los de arriba. Definía lo que otros llaman el capitalismo como una guerra despiadada de las autonombradas elites contra la subsistencia de la gente. Tales eran los temas en los que Iván y yo nos encontrábamos. Las únicas oraciones que yo había hecho con Iván eran  lecturas matutinas y en alta voz del Brevarium Romanum, cuando compartíamos un departamento con Lee Hoinacki en la ciudad alemana de Oldenburg. El Brevarium Romanum es básicamente una recopilación latina de los Salmos. Javier entendió a Illich rápidamente, y de una forma particular. La gran  simpatía mutua inicial se transformó en compromiso. Desde la muerte de Iván en 2002, Javier ha seguido defendiendo sus ideas, que después de su impacto en los años 1970, se habían vuelto marginales. La fidelidad de Javier demuestra que no busca ni el éxito fácil ni la fama, sino otra cosa difícil de nombrar, porque al nombrarla se objetiva y pierde su sentido de búsqueda: la verdad. Fue sucesivamente traductor y editor de muchas obras de Iván Illich.

 

MC.- ¿El silencio poético también es una búsqueda de la verdad?

JR.- El silencio es necesario después de semanas tan agitadas, en las que  Javier tuvo que dar entrevistas todo el tiempo. Ahora le viene bien un período de silencio. El Subcomandante Marcos observa también largos períodos de silencio. Lo que yo no puedo juzgar es el silencio anunciado de Javier en relación a la poesía, no sé qué implica, personalmente no soy poeta, no lo puedo ver empáticamente. Javier es un hombre de oración, meditación y reflexión que no puede dar lo mejor de sí en el fuego de una actualidad demandante, en novedades más que en verdades.

 

MC.- Entre el holocausto y la destrucción de los ecosistemas, ¿en qué se ha convertido Cuernavaca? 

JR.- Alguna vez, cuando Cuernavaca se llamaba “la ciudad de la eterna primavera”, era un lugar encantador que cantó Alfonso Reyes y que Iván Illich escogió para ubicar su “casa para pensar”. Yo que camino por sus calles y sus barrios desde hace cuarenta años, y que, en ella encanecí, la veo degradarse,  transformarse en un pequeño infierno. Podemos explicar lo que le pasa como una “descomposición del tejido social” y añadir que también se está volviendo un infierno de concreto. Los “poderes de arriba” que ignoran todo de la cultura material y de la subsistencia de la gente, quieren imponer al pueblo ciudadano  carreteras de dos pisos como el denominado distribuidor vial de Buena Vista, que de hecho tendrá tres niveles, uno subterráneo, uno de altura natural y otro en forma de puentes. Todo ello,  so pretexto de incrementar una sola variable: la velocidad. Aquellos que planifican la ciudad desde arriba sin ver como vive la gente de a pie y sin prever lo que pasará debajo de sus puentes –olor a orín,  terrenos de nadie, peligros, muerte de los comercios- afirman sin reír que lo importante es aumentar la velocidad. ¿Será que sus profesores de urbanismo no les enseñaron que, en las ciudades de México y de otros países, el promedio de velocidad llega a un tope que no se puede rebasar?, en el Distrito Federal, es alrededor de 16 kilómetros por hora –tomando en cuenta el metro-; estoy hablando de velocidades medidas en las vías. La velocidad relativamente alta del metro se compensa  por la lentitud de muchos barrios: por  ejemplo, en el barrio de La Merced, el promedio es inferior a 6 kilómetros por hora. Además, en las ciudades de provincia, los promedios “intra muros” son mucho inferiores a 16 kilómetros por hora. Lo único que pueden hacer los que nos planifican desde arriba, es acelerar la velocidad en algunos trayectos, disminuyéndola en otros,  dando realidad social al adagio: “dime a que velocidad circulas y te diré quién eres”.

 

Un urbanista francés que se llamaba Henri Lefebvre entendió bien esas cosas. Decía que toda vía rápida es una “sutura-cortadura”: liga en el sentido longitudinal y corta en el sentido transversal, alargando los itinerarios de todos los que la quieren cruzar. Eso significa la destrucción del barrio así “cortado”.  Además, los que nos aplastan bajo su planificación desde arriba parecen ignorar las reglas más elementales de la hospitalidad. Cuando alguien se vuelve huésped de una casa franqueando su umbral, tiene que adoptar gestos y ritmos que demuestren su voluntad de comportarse y de adoptar los tiempos y ritmos propios del espacio doméstico. El espacio urbano es fundamentalmente distinto del espacio indiferenciado de las autopistas. Pretender hacer entrar los vehículos a la ciudad de Cuernavaca con velocidad de autopista, es como querer entrar a una casa corriendo. Además,  aquellos planificadores y políticos que lo ven todo desde arriba, ni siquiera ven que, después de la Glorieta de Buena Vista, aquel espacio urbano que acaban de deshumanizar para que el tráfico sea más veloz, hay otra plazoleta, la Glorieta de Tlaltenango,  que frenará el tráfico acelerado sobre unos pocos kilómetros. Frente a lo que llamarán “un cuello de botella”, podrán,  dentro de 5 o 6 años, volver a decir que es necesario diseñar un distribuidor vial en Tlaltenango y así sucesivamente, “glorieta” tras “glorieta” hasta llegar al centro de la ciudad. Es lo que se hizo en la Ciudad de México con la calzada de Tlalpan que cortó en dos mitades todo un gran barrio, matándolo, rompiendo todas las relaciones transversales. Es lo que aquellos planificadores –que Javier y yo calificamos a veces de peregrinos sin bastón- pretenden imponer a Cuernavaca. Si leemos sus justificaciones, sólo leeremos algunos párrafos vagos en referencia a la circulación, que repiten en todas sus formas el argumento del aumento de la velocidad y pasan rápidamente a consideraciones más conformes a intereses mercantiles, como la supuesta oferta de mano de obra, los negocios generados por la seudo necesidad de infraestructuras de transporte cada vez más caras. No tienen palabras para la inutilidad y contra-productividad, más allá de ciertos límites, de las infraestructuras faraónicas, de sus efectos destructores del tejido social, del cierre de innumerables pequeñas tiendas y mercados, de la peligrosidad y la suciedad de los espacios debajo de los puentes. En tanto a sus efectos simbólicos y psicológicos, si los menciono no es para ellos, porque sé demasiado bien que no los entenderían: no sólo generan espacios muertos, sino también toda una escenografía urbana que te convence que no eres nadie, que eres un átomo en la inmensidad sistémica, que eres un espectador pasivo del show del poder tecnológico. Esas infraestructuras desmedidas parecen tener la función de rebajarte como ciudadano, de quitarte  la dignidad; son instrumentos de despolitización que contribuyen poderosamente al rompimiento del tejido social que se manifiesta hoy en los asesinatos de todos los días. Tal vez dirán que soy nostálgico. Confieso que he conocido una vida mejor en Cuernavaca.

 

MC.- Mencionas el afán gubernamental por la “velocidad”, pero ¿qué pasa con los proyectos consumistas?, lo pregunto por la destrucción del Hotel Casino de la Selva y el anuncio de otro centro comercial en Tlaltenango

JR.- Fui uno de los fundadores del movimiento cívico en defensa del Casino de la Selva –un lugar histórico de 10 hectáreas y 7,000 árboles, celebrado por Malcolm Lowry- contra dos mega-tiendas extranjeras. Evidentemente, perdimos y se hicieron las tiendas. Me considero un ecologista, pero bajo el concepto de la ecología urbana, que no se justifica directamente por la contaminación química del ambiente, sino por la destrucción de las relaciones cívicas, las llamadas relaciones de soporte mutuo, que hacen vivir a un barrio como un tejido de interrelaciones, también comerciales, pero no únicamente. Eso es lo que me motivaba en la protesta contra la destrucción del Casino de la Selva. Yo veía que si caía el Casino, iban a modificarse las relaciones en toda la zona, incluyendo la muy comercial Avenida Plan de Ayala, y que hasta el mercado central se vería afectado y que algunos de los mercados secundarios desaparecerían. Creo que diez años más tarde, se puede decir con tristeza que mis predicciones se cumplieron. Cada vez más, los locatarios del mercado central luchan para sobrevivir. En todas las calles y todos los barrios, empiezan a predominar las grandes tiendas. Hace diez años, el 65% de las transacciones comerciales de la ciudad aun se hacían en pequeños negocios locales, y sólo el 35% correspondía a las grandes tiendas trasnacionales. Ahora, la relación se está invirtiendo. Eso es muy grave, porque las grandes tiendas tipo Wal-Mart, Sam’s y Costco venden más productos importados que mercancías locales y además, exportan la casi totalidad de sus ganancias a bancos extranjeros. Son especies de bombas aspirantes-expelentes que aspiran dineros locales y los exportan. En cambio, los dueños de negocios locales son ciudadanos oriundos de Cuernavaca que de cierta forma redistribuyen sus ganancias dentro de la ciudad y están dispuestos a asumir papeles en la vida asociativa de la ciudad, por ejemplo, siendo, aquello presidente de un club de fútbol de barrio, aquel otro director de una pequeña orquesta. Tales compromisos cívicos son la base de la vida asociativa de la ciudad. Su regeneración se vuelve muy urgente ante el desgarramiento del tejido social.

 

Esos eran mis argumentos principales cuando militaba para la defensa del Casino de la Selva. La mayor parte de mis compañeros defendían los árboles y las obras de arte –yo también-, pero pocos me seguían en la defensa del comercio local. Es una batalla que perdimos, una derrota aún más dolorosa para mí que la destrucción del entorno arquitectónico y de los  árboles.

 

MC.- Perdimos la batalla del Casino de la Selva, a diferencia de Tlaltenango…

JR.- En Tlaltenango querían construir un centro comercial Wal-Mart, ahora habrá un parque ecológico, eso se ganó, qué bueno que a veces se ganan batallas. Yo no sé hasta qué punto se concretará el proyecto de guardar el parque para todos los ciudadanos; en el tiempo del Casino de la Selva nos servía de modelo la lucha de Oaxaca, ciudad que logró impedir la construcción de un McDonald’s en su centro histórico. Las cosas nunca son en “blanco y negro”, lo que vemos son luchas cívicas contra proyectos oficiales, como si hubiera una verdadera guerra oficial contra la subsistencia de las personas, contra el modo de vivir de la gente. Parece haber un proyecto de transformación de las costumbres de la gente para inculcarle la americanización. Parece que el modelo de las ciudades fronterizas es lo que tienen en la cabeza los gobernantes.

 

MC.- ¿Cuál es tu opinión sobre los gobernantes de Cuernavaca?, por ejemplo, el alcalde Martínez Garrigós salió corriendo a España en los días más álgidos de protesta, y el vocero de Ejecutivo local dijo que no harían caso al ultimátum de Javier Sicilia… 

JR.- Creo que asistimos a la toma masiva de poder de los que, siendo niños, tuvieron las nalgas pegadas al coche de papá (risas). Esos gobernantes vieron su infancia a través del parabrisas, tienen la misma percepción de la realidad que la que se tiene cuando se atraviesa un paisaje en automóvil: hay imágenes fugaces y colores en movimiento, pero faltan los olores, faltan los sonidos, las percepciones táctiles y los sabores. Los adultos que fueron amputados de la riqueza de las percepciones por el tipo de infancia que les dieron sus padres tienen una imagen a la vez simplificada y distorsionada de la realidad, la reducen a lo que fue su truncado mundo infantil. Están constantemente pegados a las pantallas: para moverse, el coche y para informarse la televisión (sic) o la computadora. Forman parte de una generación que sufrió daños irreparables a su modo de percepción, es gente genuinamente incapaz de percibir la realidad, entonces, crean un mundo ficticio cuyos espacios son pensados y vistos por gente que tiene el trasero pegado a un asiento de coche. No vivo fundamentalmente en otro tiempo que ellos, pero por lo menos trato de mantenerme como peatón, es decir de percibir mi ciudad como alguien que aun tiene pies y los usa. Al respecto, tengo muchas historias por contar sobre mi peatonalidad, pero ellos no las entenderían.

 

MC.- Finalmente, ante la hegemonía del neoliberalismo, ¿dónde puedes expresar tus ideas alternativas y marginales?, ¿a pesar de la crisis en Cuernavaca habrá cabida para el debate?

JR.- Veo dos vertientes en tu pregunta, he pasado toda mi vida adulta como una especie de marginado, si bien he trabajado en universidades. Lo que quiero decir es que mis ideas siempre han sido minoritarias. Lo que me ha nutrido todos estos años es mi amistad con el pensador Iván Illich, casi nadie lo recuerda, pero él volvió a Cuernavaca “la capital intelectual de la década de 1970”, todo el mundo sabía de Cuernavaca por el CIDOC. He tratado y sigo tratando de seguir la pista de ciertas ideas que habíamos elaborado en esa época. Por ejemplo, Iván escribió un libro que se llama Energía y equidad (1974); para mí en ese libro está la demostración de que viviríamos mejor con mucho menos energía mecánica. En cuestiones de tráfico, la energía se traduce en velocidad. Si pudiéramos reducir la velocidad del tráfico urbano a poco más de 25 kilómetros por hora, perderíamos menos tiempo y en realidad los promedios de velocidad serían mayores, no habría tantas diferencias entre itinerarios rápidos y lentos, entonces la velocidad dejaría de ser un privilegio social, en términos de distribución la ciudad sería más equitativa y utilizaría menos energía. Si logro formular este argumento para un caso particular, creo que se podría expander a otros temas para salir del dilema actual que es: ¿energía que produce gases de invernadero o energía que produce contaminación radioactiva?, con el desastre de Fukushima, toda “la alternativa nuclear” se ha vuelto a poner a debate, pero este debate se ubica bajo el presupuesto de que hay que incrementar las cantidades de energía disponibles en la sociedad. Illich pensaba todo lo contrario: deberíamos de imaginar unas condiciones sociales en las cuales la necesidad de consumir energía serían mucho menor, quizás un 20% de la actualidad; deberíamos volver, gracias a la reducción de la energía socialmente necesaria, a niveles de consumo correspondiendo a los de los años cuarenta o cincuenta. He publicado artículos y libros exponiendo aspectos de esta tesis, pero –y no me quejo- mis ideas se quedan limitadas a un grupo marginal de lectores.

 

Llegamos a un nivel de desastre en que se vuelve vital formular algunos “teoremas de imposibilidad”. Seguir bajo este modo de vida es imposible.  Algunos le dan 10 años, otros 20, al actual sistema antes de su colapso. No podemos seguir vivos siendo tan dependientes del petróleo y de los costosos servicios de suministro de energía. Al mismo tiempo, hay un descontento hacia las instituciones que se han incrustado en la sociedad, haciéndonos creer que representan el único sistema posible o “el pensamiento único”. Donde comienza a quebrantarse “el pensamiento único”, es en los países que conocieron dictaduras, porque la “ventaja” de una dictadura es que resulta más fácil criticarla que un sistema ambiguo y complejo como la llamada “democracia mexicana”. En Egipto, se le pidió a Hosni Mubarak que se fuera y se asustó tanto que se fue, lo mismo con Ben Alí en Túnez. Pero la desventaja de las dictaduras es que el derrocarlas no requiere una reflexión que vaya realmente a la raíz de las cosas. Tal reflexión requiere la percepción aguda de las imposibilidades aunada con un descontento profundo. Entre la gente de abajo de los países ricos, este descontento se extiende en la medida en que el Estado y el Mercado –el Estado-Mercado - prometen más servicios, por ejemplo mayores disponibilidades de vehículos de motor y más asfalto en las ciudades, creando situaciones endémicas de creciente frustración, porque es cada vez más difícil y peligroso caminar por las calles y encontrarse en las plazas. Eso es lo que caracteriza los países que no son dictatoriales, sino democráticos o “dictablandos”. Ahí, la situación es mucho más compleja que el África del Norte, porque no se sabe contra quién hay que luchar y, sobre todo, y con ello vuelvo al principio de nuestra charla, porque toda crítica debe ser al mismo tiempo autocrítica, crítica de las omisiones propias. Es la situación ambigua que vivimos en Cuernavaca. Lo intolerable del panorama actual, no creo que solamente se pueda asociar con un nombre. Y eso es la esencia del error garrafal de Felipe Calderón, él exteriorizó un sujeto colectivo al que, antes de atacarlo como el Quijote sus molinos, llamó “La delincuencia”. Similarmente, otro Presidente impopular en su país por sus errores, George Bush, había inventado una entidad llamada “El eje del Mal”. En contraposición con este mal absolutizado, el Presidente, sus súbditos y todo el pueblo alineado atrás de ellos, queda lavado como dinero. La lucha puede tomar la máscara de una guerra del Bien contra el Mal.

 

El Magistrado francés Jean de Maillard, un hombre particularmente valiente, propone un antídoto a este Maniqueísmo de Estado. El compara las relaciones semi-criminales, semi-legales que proliferan en las fronteras entre Estado y “Delincuencia”, entre finanzas y robo de cuello blanco, entre los ricos “lavados” y los ricos “sucios” de la lista de Forbes, con esos seres matemáticos que se llaman los fractales. Los fractales, como la zona intermedia entre el mar y la tierra con el trazo complicados de su orilla, sus deltas, manglares y humedales,  proliferan en todas direcciones reproduciendo de lo pequeño a lo grande un motivo repetitivo. La delincuencia organizada tiende a ser fractal. Prolifera en las fronteras entre esos medios en principio heterogéneos que son el gobierno y el crimen, las Finanzas y el Despojo de cuello blanco, los carteles y sus apoyos logísticos en honorables bancos. Hay tantas interpenetraciones y tantos compromisos personales que es imposible asociar los delitos con un lado llamado “La delincuencia”  y exorcizar el otro lado, el lado “Blanco”, de los muy concretos delitos cotidianos que engrosan la abstracta “Delincuencia”. Todo mundo hace fractalmente parte del medio legal y del medio delictivo. El bisturí con el que Calderón pretende separar lo aún sano de lo corrompido sólo puede desgarrar todo el tejido de la nación. No es por ahí donde había que empezar, Señor Presidente.