Viernes, 24 de Marzo 2017

En el día de la mujer, pido disculpas

Publicado el 08 Marzo 2017
Escrito por Walter Garib

¿Conoce usted el significado de falocracia? Imagino que algo sospecha. Sí. Tiene razón, porque es persona acuciosa. Se trata del predominio del hombre sobre la mujer en la vida social. No debe confundirse con la trompa de Falopio, cuya proximidad fonética nos puede conducir a engaño. Su ubicación geográfica, es distinta en el cuerpo humano.

 

 

¿Cuál es la razón de traer falocracia a colación, vocablo algo dormido en las páginas del diccionario? Recientes investigaciones han descubierto que el hombre en una época de la prehistoria, tenía un hueso en el pene, que los científicos se han apresurado en llamar báculo. Lo perdió a través del tiempo, al convertirse en monógamo. Ahora, el báculo sirve para apoyarse a causa de la vejez o si alguien se ha operado de juanetes. Por lo visto, el hombre de las cavernas, no necesitaba Viagra.

Cuando referí el tema a la poeta Vilma Orrego, mientras tomábamos café en Valparaíso, se apresuró a replicar:

—No me vengas con cuentos de huesos, mientras disfrutamos de la amistad. El hombre lo perdió cuando las mujeres exigieron ser tratadas de igual a igual.

—Yo sólo quería hacer referencia a un artículo que leí en el diario y tú me propinas coscorrones.

—Nada de poligamia conmigo, la cual aun existe en ciertas culturas, y que en nuestro país, se practica bajo distintos disfraces de hipocresía. Si ustedes continúan en esa actitud de creerse superiores a nosotras, pues podríamos volver a la poliandria.

Vilma, como buena defensora de los derechos de la mujer, cuyos poemas se publican en infinidad de países, incluso donde se practica la ablación de los genitales femeninos, me llamó por teléfono hace una semana.

—Ahora, yo te quiero invitar al café.

Nos reunimos en el “Bedat del Califa” un sábado en la tarde. Lugar algo misterioso, regido por un argelino que importa el café desde Abisinia, cuya calidad supera al de Colombia. A veces fuma en narguile y el local queda pasado a un extraño perfume. Cuando cierra a la medianoche, invita a amigos selectos a presenciar la danza del vientre y el café adquiere el embrujo de los cuentos de las Mil y una noches.

Mi amiga Vilma Orrego, lo cual no es frecuente en nuestra cultura, llega a la cita a la hora convenida. Después de beber café con cardamomo, degustar pastelillos árabes, conversar sobre el inminente naufragio de dos candidaturas a la presidencia, me interrumpe y habla:

—Aquí te traigo un vocablo de regalo, que inventé ayer. Ojalá lo estudies con rigor, y tengas el coraje de utilizar cuando escribas en El Clarín. Es en respuesta a la insolencia de la falocracia, situación que como mujer, no puedo tolerar.

—Acepto querida Vilma, tu legítima indignación. A nombre de los farsantes, pido disculpas. Hiervo en deseos de conocer tu palabra, que imagino, debe ser tan bella como tu poesía.

—¿Algo te dice Clitoriscracia?    

 

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