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Alejarse del griterío

Publicado el 21 Julio 2017
Escrito por Patricio Araya

Es muy probable, que los mismos que en estos días han comenzado a apagar –muchos sin ningún disimulo– las velitas que al principio de la procesión le encendían con enorme entusiasmo y compromiso a la aspiración presidencial del senador Alejandro Guillier, hoy tengan una cuota de razón, pero, sobre todo, un gran temor.

 

 

Pueden tener razón a la luz de las encuestas adversas que evidencian el complicado momento por el que pasa la precandidatura; lo razonable es concluir que las cosas no se ven bien. Más que perder la fe, el oficialismo ha entrado en “modo pánico”, el que da paso a un estado de incertidumbre ilimitada; falta de certeza que genera muchos errores y sinsabores. Ciertos sectores al interior de los partidos de la Nueva Mayoría, excepto el PDC que tiene carta propia –se reconoce– ya están haciendo la pérdida; incluso, ya se habla “del gobierno de Piñera”, y se mira al horizonte más allá de 2022.

¿En qué momento el senador Guillier devino en candidato presidencial? ¿Desde cuándo comenzó a ser tratado como una divinidad electoral, sin pasar por la secretaría de ningún partido? Asumir que su proclamación del 7 de enero –encabezada por el Partido Radical– fue suficiente para aglutinar a todo el conglomerado de gobierno bajo la impronta de un independiente, que entonces se erguía como el mejor aspectado, portando un letrero en clave radical (“Gobernar con la gente”), a estas alturas ya no tiene sentido si lo que se busca es mostrar unidad, más todavía cuando ninguno de los partidos que lo apoyaron en un principio ha conseguido ficharlo, ni él ha renunciado a su independencia. No hay tal prueba de amor rendida.

Por mucho que el senador por Antofagasta fuese proclamado en medio de vítores y promesas, ese entusiasmo estival comenzó a mermar cuando la incertidumbre ocupó el lugar del pragmatismo en la NM, luego que la Democracia Cristiana levantara la candidatura de la senadora Carolina Goic, y desde la izquierda emergiera la periodista Beatriz Sánchez, con una propuesta más transformadora. Mientras no haya firmas ni inscripción en el SERVEL, lo correcto en el caso de Guillier es hablar de precandidatura. Pensar hoy día en una inminente derrota en la contienda de noviembre, bien podría ser un temor infundado; un miedo desarticulable, al fin. Sin embargo, el pánico de no retener el gobierno es de tal magnitud, que en la Nueva Mayoría están preparando quesos sin haber ordeñado la vaca. Lo primero es lo primero. Alejandro Guillier debiese hacer caso omiso del griterío histérico a su alrededor y ponerse a contar las firmas, y en caso de tener las necesarias para poner su nombre en la papeleta, debiese desoír a los derrotados de antemano y asumir en pleno su condición de candidato, abocándose a los asuntos propios de alguien que aspira a ser un estadista. En esta etapa las solemnidades son necesarias.

También el senador debiera entender algo que a todos cuesta asimilar: a nadie se le puede obligar al amor, eso de los tira y afloja, tanto en el amor como en la política, no sirven para nada. Guillier ya profirió la amenaza terminal a la NM: "Yo soy independiente, si no busquen un militante". Con eso basta.

 

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