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Macron, el presidente ‘divino’

Publicado el 11 Octubre 2017
Escrito por Rossana Rossanda

Ningún jefe de Estado se ha visto acompañado del prejuicio positivo del que ha gozado Emmanuel Macron, joven brillante y culto. De su valor en lo demás es él mismo el primero en estar persuadido: frente al viejo Hollande que reivindicaba ser “un presidente normal”, en polémica con el frenético predecesor suyo [Sarkozy], Macron ha declarado querer restituir sacralidad a la función y ha reivindicado, no el ejemplo de Charles De Gaulle, ni siquiera de algún otro monarca importante de la Historia anterior a la Primera República, sino incluso el de un dios, es más, el primero de los dioses. Júpiter. 

 

 

Desde la primera media hora después de haber sido elegido, Macron ha preferido las imágenes de él mismo en majestad, y hablando no es, verdad, a los “yo” a lo que ha renunciado. Desde un cierto punto de vista, lo que ha llevado a cabo Macron es una operación excepcional: ha demolido el panorama político del último medio siglo, yendo al encuentro de la ola que ha penetrado también en Francia, pero luego en el lugar de los partidos históricos ha logrado situarse él mismo como un poder casi incondicional. Una maniobra populista de primera magnitud. 

Macron se ha afirmado antes que nada como alguien que ha liquidado inexorabelmente a la izquierda, declarando querer modificar el secular Código del Trabajo, y no mediante una reforma, si no constitucional sí regularmente parlamentaria, sino por decreto. Débiles han sido las objeciones de los sindicatos. 

Justo después ha invitado Macron de la forma más solemne a Donald Trump, con el  cual no ha escatimado besos ni abrazos ni palmaditas en la espalda, proclamándose respetuoso también de las divergencias nada menos que en el tema del cambio climático. Y no le ha escatimado honores y monumentos de la capital, aunque con escaso resultado (Trump andaba particularmente trastornado durante la visita a causa de las empresas de su hijo), permitiendo incluso que los servicios de seguridad del Presidente de los Estados Unidos despejasen durante una jornada la catedral de Notre Dame y la Tour Eiffel, destinadas a la visita de Melania y de Brigitte, primeras damas, y al alarde de sus vestidos. 

Justo después de Trump, ha invitado a Netanyahu, para recordar junto a Israel la deportación de los judíos de Francia, primero a un estadio [el Vel d´Hiv] y luego a Auschwitz, episodio poco glorioso del que fue culpable nuestro vecino transalpino durante la ocupación alemana; a título informativo hay que reconocer que Macron se ha expresado en nombre de las dos naciones y los dos estados, y ha deseado el fin de los asentamientos en los territorios ocupados. 

Además, el 17 julio pasado Macron se dirigió con otro discurso a los senadores sobre el tema de las reformas de las colectividades territoriales, argumento muy  sensible para el que le escuchaba, por la gran red de poder que está a la espalda del sistema político francés. Ha sido una ocasión para disertar también sobre la concertación, tras el desagradable incidente del 14 de julio, justo durante el desfile de las fuerzas armadas, con el Jefe de Estado Mayor del Ejército, general Villier, el cual se ha permitido criticar los fuertes recortes en la financiación de las FF. AA. : “Soy el jefe y no necesito ni presiones ni comentarios”. Una salida que decididamente no ha sido útil. 

Por “concertación” entiende Macron la comunicación de sus voluntades a los diputados o senadores que lo escuchan reverentes: pero quizás ha sido la segunda vez cuando el Presidente se ha encontrado con algunas objeciones, avanzadas sobre todo por la derecha de los Republicanos. No ha dicho que le desagrade, porque así se puede demostrar que, pese a la labor de desguazamiento del sistema político que la ha precedido, Francia sigue siendo una república parlamentaria, a pesar de que el partido del presidente, la Republique en Marche, disponga de mayoría absoluta en la Cámara: esto explica los tonos afectuosos con los cuales se ha dirigido al Senado. 

En resumen, las primeras semanas del presidente empiezan a encontrar alguna modesta crítica.  

Queda por ver si se aplicará una política similar también a la política migratoria, hasta ahora absolutamente cerrada

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