Fue una injusticia haber sacado el retrato de Pinochet de la escuela Militar si se considera que hizo escuela en sus sucesores.

Todos los excomandantes en jefe de Pinochet hasta el último han sido procesados por la poca patriótica labor de haber desplumado a la institución que dicen defender hasta dar la vida si fuese necesario.

Adelantemos nuestros agradecimientos a los pacíficos vecinos, Argentina, Bolivia, Perú, que no han declarado la guerra aprovechado de la debilidad estratégica del ejército chileno.

Los que saben de la guerra dicen: la mitad de la victoria es un buen jefe.

Resulta urgente y legítimo preguntarse: ¿habrá oficiales de real valer, con genuina vocación castrense, apropiados de una correcta comprensión del patriotismo, que entiendan como traición el que sus comandantes en jefe, desde Pinochet hasta el último, hayan sido desnudados por la justicia como vulgares ladrones?




¿O el caso es mucho más grave y la institución completa asume que lo obrado por esos generales ha sido algo correcto, legítimo y necesario?

Una cosa es la prohibición constitucional que prohíbe a los militares opinar sobre la contingencia y otra muy diferente es abusar de ese silencio obligatorio para ocultar su complicidad o simpatía por un delito cometido por los generales que debieran ser ejemplo de probidad y honestidad.

Queda claro que en el país no hubo transición democrática alguna, por lo menos no del todo.

Los sucesivos gobiernos post dictatoriales no se dieron el trabajo de higienizar una institución que con el correr del tiempo mostró el daño que produjo la carcoma indecente de la dictadura.

En esto, como en mucho, la sabiduría popular atina con precisión: no es tan culpable el chancho, como el que le da el afrecho.

Estos delincuentes con charreteras y condecoraciones a propósito nadie sabe de qué, fueron instalados en sus puestos por políticos que, en una actitud que no puede sino asumirse como complicidad o a lo menos vista gorda, tenían la responsabilidad en el control y supervisión de antecedentes y conductas.

¿Es acaso solo una casualidad que todos los excomandantes en jefe estén encartados por fraudes, robos, exacciones ilegales y por cuánta figura jurídica describa el robo?

¿Cuántos espías quedaron sin sueldo? ¿Cuántos informantes no informaron por no pago?

Finalmente, los últimos treinta años de historia de nuestro país no ha sido sino un lapso en el que algunas de las peores trazas de la dictadura siguen tan vivas como cuando fueron inauguradas.

Y se elevan nítidas y trágicas en el contraste de la lucha de un pueblo que ha hecho intentos por sacudirse de la herencia tramposa de la Concertación/Nueva Mayoría, y de la ultraderecha que ha adoptado el juego democrático no más porque le conviene.

¿Cómo se puede entender que sucesivos presidentes de la república hayan nombrado comandantes en jefe del Ejército a personas de una catadura tal que no le van en zaga al Cabro Carrera o al Indio Juan?

 

Por Ricardo Candia Cares

 



El Clarín de Chile

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