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Las nuevas religiones

Estadios y “mall” se han convertido en nuevos templos de adoración. Sitios ideados para ir a gritar y consumir. Han sustituido a las iglesias, catedrales y parroquias, donde merma la asistencia por culpa de cierto clero podrido, amante del poder. Ahora, los creyentes dirigen sus ojos hacia otros lugares, donde se instaló la idolatría. Si una iglesia puede albergar a un millar de devotos, el “mall” y el estadio acogen a varios miles, donde concurren los nuevos fieles a expresar su fetichismo. Al vivir en permanente éxtasis, quienes concurren al estadio, visten la camiseta de su equipo favorito y la besan y babosean, mientras gimen entre lágrimas, como si fuese la reliquia de un santo. Semana a semana concurren al estadio, algunos en compañía de la familia, a expresar su idolatría hacia los jugadores, a quienes han elevado a la categoría de dioses. Necesitan la droga del sometimiento y la idiotez, suministrada por los nuevos clérigos, capitalistas disfrazados de deportistas, la cual ya no se encuentra en la religión.

 

Ahora las iglesias se han convertido en lugares aburridos, despoblados cementerios, donde la función es siempre la misma. En los estadios todo es fiesta en medio del jolgorio, donde impera el paganismo. Ahí técnicos, ayudantes y árbitros son sacerdotes o hechiceros, encargados del ritual de la misa idólatra, cuya duración se estima en dos horas. Los niños que acompañan a los jugadores, cuando ingresan a la cancha, ofician de monaguillos. En seguida, los jugadores que participan en la contienda, cuyos sueldos son de magnates, dirigidos por una mafia de representantes que los venden en el mercado, como si fuesen caballos de carrera. Transformados en marionetas, mercadería humana, se dedican a hacer milagros al convertir goles o a evitarlos, lo cual desata el delirio de la multitud. Mientras los feligreses, dedicados a rugir desde el comienzo hasta finalizar el encuentro, rinden pleitesía a la pelota, el fetiche que va de un extremo a otro de la cancha, perseguida a puntapiés, empujones, cabriolas y fintas, como si fuese un objeto, al cual es necesario agredir.

 

Se observa en esta religión, recuerdos del circo romano, de torneos del feudalismo, aunque no hay muertos, sí, algunos contusos entre el público y los jugadores, a causa del espectáculo. De no haberlos, desmerecería la función. A menudo los fanáticos de los equipos que disputan la brega se agreden e insultan. Deben demostrar adhesión y lealtad a su equipo, el cual representa a su país, a la ciudad, a una colectividad extranjera o a una universidad que conocen desde afuera. Este ritual pagano-religioso ha llegado en gloria y majestad, para quedarse en nuestra idiotizada sociedad, cuyo objetivo básico, apunta a mantener sumiso al pueblo. Los nuevos creyentes, sin excepción, en vez de conservar y tener reliquias en sus hogares, el fémur de un mártir, la uña de una beata o parte del cilicio de un misionero, ahora coleccionan estampas de los jugadores. Sean autógrafos, camisetas, botines, un mechón de pelo, una pelota y la fotografía que logran obtener, junto al astro favorito.

 

En las distintas formas de lucha entre dos hombres, sea en el box, karate u otras disciplinas análogas, donde se privilegia la extrema violencia, el público goza al observar al vencido, bañado en sangre, tendido en la lona, y en lo posible, con el rostro desfigurado. Disfruta de la encarnizada lucha, como aquellos animales que se disputan a la hembra, cuando se van a aparear. 

 

A quienes no les seduce ir a la iglesia ni al estadio, concurren en familia al “mall”, la otra iglesia pagana, y se deleitan al observar las vitrinas de las tiendas, donde se ofrece el fetiche para embelesar los ojos. Objetos destinados para sentir el deseo de la posesión, los cuales a menudo representan la falsa necesidad.  

 

Ha fallecido el Dios tradicional enterrado en el desierto. Nadie llora su muerte, pues ha envejecido. Se ha desprestigiado, mientras exhibe inoperancia, al ser incapaz de resolver los problemas de la humanidad. En su reemplazo, surge el Dios humano, caníbal de su especie, dispuesto a engullir a sus propios hijos. La religión, desde el comienzo de la presencia del hombre en la tierra, lo ha acompañado, vestida de bruja o sacerdotisa, en forma de ídolo de oro, en los eclipses de luna o sol, sin embargo, ahora adquiere un nuevo rostro.

 

La sociedad humana, antaño dirigida por la brujería y la religión, durante siglos metida en las iglesias, orando para obtener la salvación del alma, queda ahora a merced de la religión de la incertidumbre. En ambos casos, conduce al desastre de la civilización y el Apocalipsis se ve a la vuelta de la esquina. Nada ha servido, para asegurar la vida del hombre sobre la tierra.     

 

 

 

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1 comentario

  • Jorge Chelen
    Enlace al Comentario Jorge Chelen Jueves, 05 Septiembre 2019 17:23

    Muy buen documento! Hay algo más que se puede extraer de este analisis; algo con la "condición humana" que queda en el aire. Ese "algo" con lo que algunos pocos se apropian y que permite controlar a los demás y hasta a multitudes.

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