Desde la semana del 18 de octubre 2019 los pueblos y naciones de Chile se han reunido en un estado que no es el estado político establecido desde 1811, ni tampoco el estado de naturaleza que ideara la filosofía política moderna para explicar y justificar el sentido del orden político, ni mucho menos el estado de excepción que el gobierno de Piñera y sus ex-boys intentaron criminalmente implantar el 19 de octubre recién pasado, sino un estado originario y arcaico que se remonta a los inicios de la democracia occidental: el estado de plebiscito. Chile en todo lo largo y extenso de su territorio histórico, movido por la inmensa mayoría de sus diversas naciones, pueblos, habitantes, clases, grupos y conglomerados, ha alzado y sostenido la manifestación de sus habitantes en unos actos de autoafirmación de la soberanía de los pueblos y naciones que claman por justicia, equidad, abolición de los abusos, violaciones y crímenes, es decir, por el restablecimiento del imperio de la Dignidad. Le han llamado “estallido”: no han querido decir “revuelta”, ni tampoco “rebelión popular”. La censura vigente, expresión mecánica de la supresión de toda libertad de prensa que domina en nuestro país Chile desde hace cerca de 50 años, ha evitado con todos sus medios y triquiñuelas la palabra clave: plebiscito. Esta institución, que se remonta al siglo III a. C. de la vieja república romana, ha sido sistemáticamente impedida, proscrita, anulada desde la Constitución Pinochet-Guzmán de 1980 hasta las actuales calendas del fin del año 19 y su paso al 20, cuando asistimos, después de largos 46 años, a la consagración (sorprendente para muchos y muchas compatriotas) de un “plebiscito constituyente” orientado a explorar las posibilidades de reformular las condiciones basales de nuestra República de Chile por medio de un proceso democrático que habría de generar una “nueva” Constitución Política.

 

¿Es el funcionamiento de la Convención Constituyente una actividad intrínsecamente político partidista? ¿Puede asimilarse el rol del constituyente a los roles de un diputado o de un senador?

 

El increíble “rechazo” del proyecto de Reforma Constitucional destinado a convertir el agua en bien nacional de uso público (algo común en los países civilizados) no puede ser más ominoso, teniendo en perspectiva los restrictivos marcos dentro de los cuales podrá aprobarse una nueva Constitución. En efecto, el proyecto fue rechazado en el Senado pese a que ¡24 senadores votaron en su favor y 12 en contra! Como el quorum para ser aprobado es el tristemente célebre 2/3 de los senadores en ejercicio, es decir, 29 (aquellos son 43); el trascendental proyecto fue rechazado.

 

“Cuando el pueblo comience a pensar, todo se habrá perdido para la corona”.  No recuerdo a quién pertenece esta antigua frase,  pero la hago piel y me permito citarla ya que encierra una verdad irrefrenable, muy actual -y de plena vigencia-  para tratar de entender el pavor que provoca a derechistas y mayordomos el libre pensamiento y opinión que la gente ‘de a pie’ expresa a través de las redes sociales.

 

“ El liderazgo de la concertación alegremente coincidió con la derecha en hacer una “asamblea constituyente” grotesca, donde el quórum para aprobar las cosas es de dos tercios (2/3). Ahora, la democracia es el gobierno de la minoría, en que 1/3 veta lo que 2/3 quieren.”

 

 

Página 1 de 7