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Hay miembros de la elite de poder en  nuestra América que gustan promover  la idea que Chile y su modelo neoliberal  lo han convertido  en  “la” Suiza de  estos lados. Bueno, en  las derechas del continente no es algo raro. El Sr. Lavín en otros tiempos afirmaba que Chile era, como no, un gran país situado “en un mal barrio”.

 

Dicen que los antiguos aprovechaban los eclipses para sacar a los gobernantes del poder; por desgracia, en esta ocasión no ocurrirá. Nuestro Presidente actual – al igual que Carlos Ibáñez, en 1952 -  no se pierde ocasión para lucirse; en favor del general Ibáñez hay que decir que padecía demencia senil, lo cual hacía justificable que, por ejemplo,  se disfrazara de bombero en la inauguración de un cuartel de esa institución; el Presidente, “joven y bello aún” no debiera seguir repitiendo adjetivos, vulgaridades y sentidos comunes.

 

La política como espectáculo logra, cada día, nuevas marcas. ¿Qué hacía Marcela Cubillos en Coquimbo con el rostro levantado por más de una hora? ¿Y qué hacía allí también Sebastián Piñera? ¿Qué vinculación tenía el eclipse solar del 2 de julio con la política chilena? Mercado, medios, comunicaciones, un acto más en la tradicional demagogia que cubre todas las actividades y palabras de Piñera.

Finalmente, el cambio tan esperado de Gabinete se ha producido. ¿Algo esperado? No. De ninguna manera. Y, en verdad, poco importa que tales cambios hayan o no sido esperados. Porque los intereses de quienes están a cargo de la nación no siempre coinciden con los de aquellos que miran desde la galería lo que sucede en la escena política de la nación. Mucho menos con la opinión de los analistas que, poco habituados a indagar las verdaderas causas de lo que sucede en las pugnas de poder de los actores políticos, creen en la posibilidad de cambios a la manera que ocurre en una sociedad aséptica, en donde las contradicciones de intereses están ausentes. Por eso dan explicaciones en donde el pésimo desempeño, la ineficiencia en la gestión o la permanente comisión de dislates que ponen en peligro la estabilidad del propio gobierno, pasan a ser los verdaderos motivos del cambio. Y son pocos quienes advierten que esos malos desempeños, esa ineficiencia en la gestión, los propios dislates que no se perdonan a los inferiores sí se perdonan en la persona del único que jamás debería formularlos que es el propio presidente de la República.

 

El presidente, Sebastián Piñera, se encuentra hoy en el nivel más bajo de popularidad con solo 29 por ciento de aprobación a su gestión, indica la más reciente encuesta de la consultora Cadem.
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