A través de las redes sociales se hizo el llamado a participar en la última marcha del año acá en el Puerto, bajo la consigna “Valparaíso resiste y sigue luchando”. A las 17 horas comenzaron a reunirse las y los manifestantes en la plaza Sotomayor, congregándose en el lugar algunos centenares de participantes. Cerca de las 18 horas, el sonido de una banda, acompañado por el repicar de las cacerolas, dio el vamos a la movilización y las porteñas y porteños iniciaron la marcha por las calles céntricas de Valparaíso, rumbo al Congreso Nacional, con paso rápido, firme y decidido.

 

Una tarde intensa y violenta sufrió la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia) este viernes. Un incendio, atribuido al lanzamiento de una bomba lacrimógena por carabineros, incendió y destruyó el emblemático Centro de Arte Alameda en tanto hacia la noche, en la oscuridad, una persona murió electrocutada al huir de la represión policial.

 

En medio de Big Datas, K-Pop y múltiples declaraciones contradictorias de las autoridades, las porteñas y porteños se auto convocaron para marchar ayer viernes 27 de diciembre con el objetivo, según expresaron los propios manifestantes, “ de hacer ver al gobierno y los poderosos que la llama de la rebeldía sigue viva y si bien las movilizaciones se han parado un poco, más ahora con el tremendo incendio que afectó a los cerros, porque también estamos trabajando allá arriba como voluntarios, seguimos atentos y en la lucha. Esto no ha terminado, porque no hemos ganado nado y solo está un poco más calmado por ahora”.

 

En París sus habitantes, hasta los más adinerados, se trasladan en Metro: la ciudad cuenta con catorce Líneas y, por lo general, en todas las calles nos encontramos con una salida del Metro, y para los usuarios que viven en la periferia está el RER, (tan eficiente como el Metro), pero cuando el sistema de transportes se declara en paro, la ciudad muere.

 

 Al cumplirse una semana de protestas en contra de la reforma al sistema de pensiones, los sindicatos franceses llamaron a aumentar la movilización y advirtieron al gobierno del presidente Emmanuel Macron que no habrá una tregua navideña en la huelga de transportes, a menos que se retire la polémica propuesta presentada por el primer ministro, Edouard Philippe, con la finalidad de simplificar el sistema a expensas de la edad de retiro. En los ocho días de huelga, el transporte público se ha paralizado en París y en varias de las ciudades más importantes, se han presentado cancelaciones o retrasos en vuelos, cerraron escuelas de educación básica y media, además de que siete de las ocho refinerías de la nación detuvieron su producción en medio de jornadas de paro a las que también se sumaron policías, recolectores de basura, abogados, jubilados e integrantes del movimiento de los chalecos amarillos.
 
 

Esta nueva oleada de indignación popular en contra del programa neoliberal del mandatario (que actualizan la iniciada en octubre del año pasado ante el intento de aplicar un gasolinazo enmascarado de ambientalismo) ha exacerbado los ánimos sociales en dos sentidos: primero, por la crispación que produce entre los franceses cualquier ataque a un esquema de pensiones considerado elemento esencial del pacto social y, segundo, por las severas afectaciones a la vida cotidiana que, en lo inmediato, genera la resistencia organizada al embate gubernamental; en estos días los ciudadanos han debido encarar desde embotellamientos y caos vial por la ausencia de transporte público hasta cortes en el servicio eléctrico por la adhesión del sector a las protestas.

 

De manera paralela a este pulso entre los trabajadores y el gobierno proempresarial, el lunes pasado culminó el proceso judicial en contra de Jean-Luc Mélenchon, presidente del partido La Francia Insumisa. El líder de izquierda recibió una condena de tres meses de prisión (exentos de cumplimiento) y ocho mil euros de multa por haber encarado a los integrantes de la fuerza pública que allanaron oficinas de su partido en el contexto de una investigación por financiamiento irregular en octubre del año pasado. Como señaló el propio Mélenchon, el culebrón judicial que se armó en su contra no puede entenderse por separado de las 3 mil condenas que el aparato jurídico francés ha dictado a chalecos amarillos a lo largo de un año, en lo que constituye un claro designio intimidatorio en contra de las expresiones de oposición política y social. Se trata de una señal alarmante, pues la judicialización de un dirigente partidista que simpatiza de manera abierta con las protestas en curso da a la crisis un inocultable giro represivo, absolutamente contrario a la democracia y a las libertades de las que tanto se precia el Estado francés.

 

En suma, la evolución de los acontecimientos muestra que, además de las pérdidas económicas causadas por el empecinamiento gubernamental en sacar adelante una agenda de choque frontal con los intereses de las mayorías, en Francia se encuentra en curso una pérdida incluso más preocupante: la de las libertades políticas.

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