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Lavín emprende el vuelo Destacado

Joaquín Lavín Joaquín Lavín

Nadie se sorprendió del resultado de las encuestas políticas de esta semana. Sebastián Piñera se hunde en el océano de la mediocridad, mientras se exhiben las quejumbrosas teleseries turcas, las cuales expresan nuestra realidad. Joaquín Lavín en tanto, logra un 56% de apoyo y el 17% lo rechaza. El alcalde de Las Condes se consolida y acrecientan sus aspiraciones o apetitos de ser el futuro presidente del país.

 

 

Entre sus iniciativas, algunas copiadas de Daniel Jadue, creó farmacias y ópticas populares. De su cosecha, semáforos destinados a la diversidad de sexos y drones para espiar, incluida una patrulla juvenil, fiscalizadora de las buenas costumbres de sus pares. Algo así, como Boys Scout urbanos. Ahora, anuncia albergues inspirados en el modelo japonés, destinados a socorrer a 24 indigentes. ¿Y el resto? En 1999 acarició la presidencia de Chile, al perder por un suspiro y aún se lamenta del agridulce fracaso. Ahora, vuelve a sentir un renovado fervor patriótico, gustillo por el esquivo poder, al conseguir un claro apoyo ciudadano.   

 

 

El año 1977 en el cerro San Cristóbal, 77 jóvenes portando antorchas, donde se hallaba Joaquín Lavín, época de señorito, rindieron pleitesía al dictador Augusto Pinochet. Ascendieron a la cumbre como si fueran en procesión fúnebre, llevando en andas el cadáver de la democracia, tantas veces asesinada y sepultada, aunque no tenían capuchas negras. Imágenes que hacían recordar al Ku Klux Klan, amantes de la supremacía blanca o a aquellas demostraciones de teatral parafernalia del nazismo. Urgía imitar y rescatar la oscuridad de la historia y ponerla al servicio de la oligarquía. Han transcurrido 42 años y los vítores de alabanza, apoyo y sumisión al dictador se multiplican en estos días. Se le recuerda y venera en capillas privadas. Hay un pasmoso renacer auspiciado por lejanos clamores de nostalgia. Se vive hoy un falso paréntesis de libertad y progreso, destinado a engatusar a los idiotas, que una y otra vez muerden el anzuelo. No se han acallado jamás las alabanzas a la dictadura, las cuales surgen a cada instante, como si fuese advertencia de muerte. Aquella demostración en 1977 de boato, teatralidad incluida y sumisión ideológica, continúa latente y se vuelve a escuchar la arenga del tirano: “El futuro de Chile está siempre en vosotros, cuya grandeza estamos labrando”. ¿Se refería a la dictadura, ahora solapada? Discurso aprendido bajo el apoyo de un profesor de dicción, pues el sátrapa hablaba con faltas de ortografía. En esa época no tan lejana de frenesí para una minoría, de muerte para el resto, las antorchas iluminaban la noche cargada de sombras y desesperanza. Aquella juventud enardecida por el boato, servil, consciente de ese tiempo histórico, rendía tributo al lacayo de la oligarquía, quien hasta 1973, juró lealtad al gobierno de la Unidad Popular.

 

Ahora, no le teme a nadie, ni siquiera a José Antonio Kast, si éste se atreviera a postular a la presidencia de Chile. Sabe que quienes votarían por el candidato del Partido Republicano en pañales, aman las posturas de extrema derecha. De haber segunda vuelta, Joaquín Lavín arrastraría a ese conglomerado, melancólico de la dictadura, para aglutinarse en su entorno y que se haría llamar: “Un nuevo presidente para un nuevo Chile”.

 

77 jóvenes amantes de la dictadura, fanatizados, dispuestos a sacrificarse por la ideología fascista, se rendían a la apoteosis. Nadie los había engañado. En forma voluntaria, experimentaban el fervor de ser portadores de una ideología perversa. ¿Acaso ignoraban que la dictadura instaurada en 1973, perseguía y asesinaba con demencial crueldad a sus opositores? “Lo ignorábamos, pues fuimos engañados” se justificaron algunos y huyeron a esconderse en el anonimato. No por vergüenza o renuncia de la ideología, sino en aras del oportunismo. Adherían a la muerte disfrazada de mil formas, como quien vende ataúdes por docenas. Un puñado de los 77 miembros de la cofradía lacaya, han logrado sobrevivir. Se activan disfrazados de próceres y silenciosos se mueven entre bambalinas.

 

Es así cómo, Joaquín Lavín, que oficia de burgomaestre en Las Condes, coto de cacería mayor, se mantiene activo. Al enterarse de los resultados de las encuestas de esta semana, corrió hasta su escritorio edilicio, sobre el cual desplegó el plano de la comuna. Se dedicó a examinar donde poner discos ceda el paso, semáforos con alarma para ciegos y decidió cambiar el sentido de las calles de izquierda a derecha.  

 

Ahora, no le teme a nadie, ni siquiera a José Antonio Kast, si éste se atreviera a postular a la presidencia de Chile. Sabe que quienes votarían por el candidato del Partido Republicano en pañales, aman las posturas de extrema derecha. De haber segunda vuelta, Joaquín Lavín arrastraría a ese conglomerado, melancólico de la dictadura, para aglutinarse en su entorno y que se haría llamar: “Un nuevo presidente para un nuevo Chile”. Entre tanto, la izquierda fragmentada, convertida en puzzle de país sin destino, desprovista de proyectos, se mira las cicatrices de mil batallas y se resigna a las evidencias. Por costumbre los borregos, cuya misión es conocida —no deben confundirse con patipelados— serían quienes inclinarían para uno y otro extremo, la caprichosa balanza de las elecciones.

 

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