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Hasta el agua está podrida

Cualquiera advierte aires de debacle en la atmósfera. El olor nauseabundo a alcantarilla llegó a donde se arrojan las cabezas de pescado, y sólo los “ciegos” no lo perciben. La fetidez ha alcanzado a instituciones, que hace muchos años, mostraban cierta limpieza, buen accionar y los casos de corrupción, apenas las salpicaban. Época donde todo era en minúscula y de pronto, se convirtió en mayúscula. En dictadura se desata la debacle, la fiesta del fin de una era, donde la rapiña de los dueños de Chile se exacerba, hasta el delirio. Se apoderan del país, incluidos el día y la noche, como si fuese botín de guerra.

 

Al concluir la dictadura cívico militar, se percibía una atmósfera esperanzadora, junto a la recuperación de la democracia. Quedaban en el pasado, no en el olvido, 17 años de muerte, tortura, miedo, arbitrariedades a destajo, y en la distancia se vislumbraba el renacer. Sin embargo, los pasos resultaron tímidos, en zigzag, como del bebé que comienza a caminar. No existió ni valentía, menos aún voluntad política, destinada a profundizar los cambios.

 

Desde 1990 hasta hoy, ningún gobierno ha tenido el coraje de emprender una limpieza profunda a las instituciones, hasta que duela, contaminadas por las prácticas heredadas de la dictadura. Apenas se ha utilizado mejunje para cubrir espinillas y lunares. Alguien dijo: “Seguimos viviendo en dictadura, aunque nos digan lo contrario”. Ahora se trata de una dictadura solapada, cínica, y si no lo fuera, ¿de dónde la imposibilidad de barrer la suciedad, desmontar el tinglado construido por Pinochet, el mejor socio jamás tenido por la oligarquía? Le permitieron asesinar, robar, enriquecerse y salvar ileso de la cárcel. La existencia de la Constitución Política de 1980, las riquezas mineras en manos extranjeras, las AFP, las ISAPRES dirigidas por aves de rapiña. El agua, privatizada en un 95,8%, se contamina en Osorno, la cortan y nadie responde. Mientras las casas comerciales que bajo el disfraz de la venta de artículos para vestir y el hogar, son bancos con intereses de rampante lucro, demuestran cómo el país continúa bajo el yugo de la dictadura.

 

¿Quiénes son los dueños del agua y el mar de Chile? ¿Y las carreteras en que se transita, donde cuatro de cinco vehículos son comprados a crédito? “Pero hay libertad de movimiento, expresión, señor pendolista y uno puede viajar a donde se le ocurra y no es vigilado”. Veamos. ¿Dónde escribir, donde expresar las opiniones si la gran prensa está en manos de un monopolio? Ahora, si usted viaja lo hace al crédito y descubre horrorizado, que debe pedir un nuevo crédito para cancelar el crédito y así hasta convertirse en rehén.

 

Esto recuerda la venta de indulgencias en la Edad Media, que se trataba de un burdo montaje de la iglesia, para mantener embobado e idiotizado al creyente. Sólo los estúpidos se negarían a comprar la vida eterna en módicas cuotas, que se ofrece en el mercado. Mark Twain analizó el tema con humor: "Iría al cielo por el clima, al infierno por la compañía". La gente se endeuda para conseguir los bienes materiales de este mundo, la felicidad por adquirirlos en módicas cuotas. Aquí intervienen los bancos, las empresas y casas comerciales, donde estrujan al creyente y lo hacen comulgar, metiéndole tarjetas de crédito en la boca.

 

En dictadura era frecuente leer en la prensa y ver en TV, cómo individuos que vestían túnica de ermitaño, juraban haber visto a la Virgen María en un cerro y arrastraban a la multitud idiotizada a concurrir al lugar. Viejo cuento inventado para mantener a los borregos bajo el yugo de la obediencia, encandilados por las hazañas de los deportistas. Y para nuestro desconsuelo y rabia, son quienes definen las elecciones de autoridades. Bajo el imperio de esta democracia tuerta, tullida, inventada para continuar creyendo que se trata del sistema ideal, destinado a elegir a las autoridades.

 

Como el universo de quienes sufragan no posee igual cultura, inteligencia, capacidad de discernir, el mínimo análisis, el acto eleccionario se convierte en consulta espuria. Como la persona que se instala a las afuera de un restorán y observa a quienes comen, creyendo que él lo hace. Las elecciones como se estilan hoy, parecen bingo y cualquiera gana. A modo de colofón, dos hechos de actualidad. La ministra de educación, aún en estado de éxtasis solar, se niega a resolver el paro del profesorado. En el Teatro Municipal de Santiago, desvincularon a 59 trabajadores. Se habla de “reestructuración”, vocablo del gusto de los encargados del circo, para explicar la persecución. Hay cierta elegancia en el uso del lenguaje, si se quiere arrojar a la cesantía, a quienes se atreven a protestar.      

 

 

 

 

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