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Entrevista a Esther Solano :“La ultraderecha en Brasil tiene al enemigo en casa”

Publicado el 29 Octubre 2018
Escrito por Revista Contexto (CTX)

Prefiere la calle a los despachos universitarios. Siempre que puede saca a sus alumnos del aula para que miren alrededor, comprendan el país en el que viven, lo observen, lo toquen. Esther Solano es una académica con mucho de reportera. Entiende la investigación con una libreta en la mano y sus ojos clavados en los de su interlocutor. Así se hizo una más entre los anarquistas Black Blocs de las manifestaciones de junio de 2013. Así fue cómo, junto con sus alumnos, recorrió la Avenida Paulista (São Paulo) día sí y día también, para entender a ese Brasil que gritaba "Fuera Dilma", después de años de bonanza de gobiernos petistas. Y así, con su libreta, sus gafas rojas, y una curiosidad infinita, investigó durante el último año el fenómeno Bolsonaro. El resultado es el libro O ódio como política: a reinvençao das direitas no Brasil.

 

 

Nos sentamos a hablar con ella sobre esa nueva ultraderecha que está a un paso de gobernar al gigante sudamericano. Sobre Bolsonaro. Sobre la epidemia de antipetismo que lo sostiene. Nos sentamos a hablar con ella porque "hay que entender y responder a la ceguera de una izquierda que ha infravalorado la fuerza de estas derechas", nos dice. "Me puse con Bolsonaro después de ver la poca importancia que se le había dado al principio a Donald Trump, y mira ahora, aquí estamos igual". A sus 35 años, esta española –de Guadalajara– se ha convertido en una de las analistas más escuchadas de estas elecciones. El auge de la ultraderecha brasileña pilló al mundo por sorpresa, pero Esther Solano ya tenía sus deberes hechos. Nos los cuenta.

El libro señala las manifestaciones de junio de 2013 como el marco temporal para el inicio de este resurgir de movimientos de ultraderecha. ¿Fueron la consecuencia de esta especie de 15M brasileño?

Las manifestaciones de junio de 2013 fueron un momento de catarsis donde todo el mundo salió a la calle a manifestarse. Tanto la izquierda como la derecha. El Partido de los Trabajadores, que era quien estaba en el poder, no supo leer lo que sucedía. Pero los grupos de derecha sí supieron canalizar ese descontento. No diría que la onda de ultraderecha sea una consecuencia de las manifestaciones, sino que a partir de estas protestas estos grupos supieron capitalizar el cansancio y la indignación de la gente, y dar rienda suelta al antipetismo tan visceral que tenemos hoy. A partir de esa fecha se dice mucho que el brasileño se empezó a politizar, pero fue una politización muy visceral que no estaba basada en argumentos, ni en cuestiones programáticas sino que fue muy de estómago, muy reactiva, de negación, antipolítica, anti todo.

Precisamente algo que tienen en común estos movimientos de extrema derecha es que se definen a través de la negación. ¿De qué derechas estaríamos hablando y en cuál encajaría el candidato presidencial Jair Bolsonaro?

Cada una de ellas tiene una idiosincrasia. Por un lado está la derecha ultraneoliberal que fomenta el discurso del odio contra el pobre, y defiende la meritocracia, y la idea de que si alguien es pobre es porque se quiere, porque no se esfuerzan lo suficiente. Tenemos una derecha fundamentalista religiosa, con un discurso intolerante hacia las costumbres, que propone una vuelta a valores tradicionales, que se manifiesta contra el feminismo, contra el aborto, contra los LGTB. Hay otra derecha militarizada, de la antipolítica, antidemocrática, que propone la vuelta a la dictadura y es fundamentalmente punitiva. Estas derechas no funcionan aisladas, sino que se comunican y Bolsonaro representa una confluencia de todas ellas porque defiende un conservadurismo en las costumbres, un neoliberalismo extremo en lo económico, y se coloca como representante de los militares y defensor de la dictadura. Todo esto representa una novedad porque antes la derecha brasileña encajaba más en un neoliberalismo económico pero era progresista en las costumbres.

¿Cuál sería la característica de la ultraderecha brasileña respecto a sus homólogos internacionales como Donald Trump o Matteo Salvini?

Si se compara la ultraderecha brasileña con la europea o norteamericana, la primera diferencia que vemos es que mientras la norteamericana es esencialmente proteccionista en lo económico, la brasileña es ultraneoliberal. Bolsonaro antes de las elecciones también era un proteccionista pero, al ver que el dinero de la campaña venía de los ultraneoliberales, cambió su discurso. Ha dado un giro muy grande que creo que fortalece más a la derecha brasileña. El inversor Paulo Guedes, que es un hombre muy querido por los mercados, es quien está detrás de ese cambio y en teoría será el ministro de Economía y Hacienda en un gobierno Bolsonaro. El otro punto en el que difiere de la europea y norteamericana es que éstas se hacen fuertes con la idea del enemigo externo, contra el inmigrante o el refugiado, pero en Brasil el enemigo es interno. La idea de la nación brasileña no está en juego, para esta ultraderecha la amenaza está dentro y sería el petista, el negro favelado, las minorías identitarias que exigen derechos. Usan el mismo discurso, pero aquí el enemigo está en casa.

Llama la atención cómo un candidato que hace declaraciones tan homófobas, racistas, machistas, sea amparado por el 46% del electorado.

Primero hay que tener en cuenta que Brasil es un país muy racista, muy machista, donde matan más LGTB del mundo, y en el que la mitad de la población defiende la máxima de "bandido bueno, bandido muerto". A la idiosincrasia brasileña se junta un fenómeno global que tiene que ver con la canalización del discurso de odio como si fuera algo lúdico, folclórico, el discurso del meme. Donald Trump es el mejor ejemplo de todo eso, esa nueva idea del payaso en la política. A un payaso no se le toma en serio, de ahí la frivolidad con la que se entienden este tipo de declaraciones. Además no es que todos sus votante defiendan ese tipo de declaraciones, sino que le votan a pesar de ellas.

Sorprenden los votos que ha recibido de las mujeres y los homosexuales, que son dos de los colectivos que más ataca.

Tanto las mujeres como los gays que le apoyan tienen el mismo discurso. Culpabilizan a los movimientos sociales que los representan, los definen como exagerados, como victimistas. Muchas mujeres dicen que las feministas han creado una atmósfera de caos, que son violentas y agresivas. De los gays, los propios gays dicen que son muy exagerados, folclóricos y exhibicionistas. Las mujeres, los homosexuales y también muchos negros que le votan, defienden que son iguales al resto, que no necesitan privilegios, que se debe salir adelante con esfuerzo y trabajo y no con ayudas sociales. Las mujeres que entrevisté repetían mucho el argumento de que si una mujer quiere los mismos derechos del hombre que trabaje igual que él.

¿Y a qué achaca el aumento que ha tenido entre los pobres?

Entre los más pobres lo que más ha influido es el apoyo de dirigentes evangélicos como el obispo Emir Macedo –creador de la Iglesia Universal con 9 millones de seguidores–. Pero el votante mayoritario de Bolsonaro pertenece a las clases más altas y es hombre, blanco, de entre 30 y 40 años, y con escolaridad superior completa. Responde perfectamente a ese discurso suyo que dice que los blancos heterosexuales son víctimas de las minorías, que ellos también tienen derechos. El nivel de escolaridad alta también es lógico porque detrás del bolsonarismo hay una cuestión de clase importante. Tiene éxito entre los más ricos, porque ampara un odio al pobre, con afirmaciones como la de bombardear la favela de la Rocinha, como si todos los que vivieran allí fueran delincuentes. Por eso digo que esconde un odio de clase y un antizquierdismo.

¿Cómo ha crecido tan rápidamente cuando hasta hace cinco años era un diputado anodino dentro del Congreso?

Son varios factores. El primero es que se coloca como el diputado antiestablishment. Aunque él lleve casi treinta años en el Congreso vende el discurso de la antipolítica y eso funciona muy bien en un momento en el que los partidos mayoritarios están salpicados por diversos escándalos de corrupción. La operación Lava Jato -investigación sobre los desvíos millonarios de dinero de la estatal Petrobras a diversos partidos y políticos- no ha dejado títere con cabeza y ha fortalecido mucho el discurso antisistema, y el del antipetismo que ha sido el partido que ha estado en el poder los últimos 12 años. También está la crisis económica que sufre el país, el desempleo, los recortes sociales, todo eso ha dejado al brasileño cansado y desconfiado de sus políticos y temeroso por su situación, lo que hace que surja un voto muy visceral y contra la política tradicional.

¿El antipetismo es el pilar que sostiene a Bolsonaro?

Sin duda. El odio al PT es clave para entender su éxito. Es más, creo que mucha gente cuando le vota es pensando en un voto contra el PT y no tanto a favor de Bolsonaro. El antipetismo se ha propagado como la peste y representa un rencor de clase, un odio al pobre que consiguió ascender socialmente. Además de responsabilizar a este partido de todos los escándalos de corrupción y de la actual crisis económica por la que pasa el país.

Cómo se ha propagado tan rápido ese antipetismo cuando hace diez años Lula da Silva dejaba el país como el presidente más querido de la historia con un 85% de aprobación.

Es una pregunta que no tiene fácil respuesta, todavía no lo tengo muy claro. Conseguí algunas pistas durante las entrevistas que hice en las manifestaciones a favor del impeachment de Rousseff hace un par de años. Por ejemplo, había unanimidad de las clases medias a la hora de rechazar las políticas sociales del PT como la Bolsa Familia, el Más Médicos, la cuotas raciales en las universidades. Me encontré con un rechazo total a la inclusión del pobre, y eso también lo vi entre las nuevas clases medias que subieron el escalón social gracias a los gobiernos del PT. Estas clases medias nuevas hicieron una reelaboración de la memoria. Pero creo que lo más importante a la hora de odiar al PT y a Lula tiene que ver con ese clasismo, el miedo al ascenso social del pobre, y un discurso muy individualista tanto de la clase media tradicional como de la emergente que se preocupa por imitar a las élites.

¿Cuál cree que ha sido el mayor error del PT para no haber conseguido frenar este antipetismo?

Uno de sus principales errores fue no saber hablar con las clases medias. Enriquecieron a los ricos y a los pobres, pero la clase media se quedó huérfana. Ese problema se repite en casi todas las izquierdas latinoamericanas que se centran casi en exclusividad en los pobres, y se olvidan de que las clases medias son las que tienen más capacidad para movilizar la opinión pública. El otro gran fallo fue el apostar todas las fichas en el consumo como herramienta de inserción social y pensar que a través del consumo se politizaría a la gente. Como si de alguna forma el pueblo estuviera históricamente agradecido al PT por haberle ofrecido nuevos enseres de consumo. Creyeron que con el aumento de la renta no hacía falta más, y no supieron ver que esas nuevas clases medias, completamente despolitizadas, se convertirían en las más antipetistas.

El impeachment de Dilma Rousseff marcó el inicio de una crisis institucional y se empezó a hablar de la falta de democracia. Ahora con Bolsonaro y su discurso militarista esa idea se vuelve a poner sobre la mesa. ¿Peligra la democracia en Brasil?

En realidad creo que Brasil siempre ha tenido una democracia inacabada, incompleta. Primero porque en un país tan desigual es imposible que sea totalmente democrático. Si la democracia significa incluir en base a derechos, tenemos una amplia parte de la población que no los tiene. Las élites y las clases medias sí que han tenido democracia, pero para las periferias y los más pobres no ha sido completa. Para ellos no existe formalmente el Estado de derecho, porque son asesinados de manera masiva a manos de la Policía o llenan las cárceles sin haber sido juzgados, por dar apenas dos ejemplos de vulneración total de sus derechos. Por otro lado, creo que los gobiernos del PT trajeron más estabilidad y conciliación y dieron un poco más de democracia, ofrecieron más derechos a los pobres, pero también de un modo incompleto. Luego está la falta de democracia a la que te referías y que efectivamente surge con el impeachment que fue un verdadero trauma institucional. La democracia ya no era completa, pero ese trauma la debilitó aún más. Bolsonaro es un tipo extremadamente autoritario, tiene de su lado a un Congreso muy militarizado y punitivo, por lo tanto la democracia sí que corre más riesgos, pero tampoco es tan sencillo acabar con ella porque hay resistencia al otro lado.

Las mujeres han sido la principal resistencia contra el candidato.

Siempre digo que en Brasil, y también en otras partes del mundo, las mujeres son las que se están poniendo en la primera línea de batalla contra el fascismo. El Movimento EleNao surgió de las mujeres, consiguió que millones de personas salieran a la calle en Brasil, ultrapasó fronteras, y movilizó otras resistencias de otros colectivos. Creo que ellas van a ser claves para resistir y oponerse a un futuro gobierno Bolsonaro, y también van a ser, junto a los homosexuales, las más atacadas.

Además de la crisis política y de los partidos tradicionales, también está la crisis de la justicia. La operación Lava Jato ha sido muy polémica por los métodos del juez Moro. La prisión de Lula también ha sido muy cuestionada por una parte de la población y por la comunidad internacional ¿En qué situación se encuentra la Justicia en Brasil?

Está muy deslegitimada porque hay una politización muy grande del poder judicial, una militancia te diría. Y lo los últimos cuatro años con la operación Lava Jato hemos visto una extrapolación de la figura del juez Sergio Moro junto al Ministerio Público (Fiscalía). El propio Moro ha reconocido que Lava Jato parte de dos presupuestos que a mi modo de ver son antidemocráticos. El primero es la idea de que la opinión pública forme parte de sistema de Justicia, lo que me parece una auténtica barbaridad. Y el segundo, que los medios hagan de aliados del magistrado, de modo que sean juzgados antes públicamente que en el juzgado. En esta operación se ha demostrado que las garantías penales han sido relativas con un papel enorme dado a delaciones premiadas que acusaban sin pruebas. El proceso penal que debe ser la ortodoxia del Derecho se queda en un segundo plano, y eso abre la puerta a que se todo se politice y valga cualquier cosa. El mejor ejemplo de eso fue el show judicial que vimos aquel domingo en el que un juez decretó la liberación de Lula, después otro la denegó, luego se volvió a aprobar su salida, un tercero la volvió a denegar. Fue algo ridículo donde se mostró claramente que la Justicia en Brasil está politizada, no se preocupa por el proceso judicial, sino por ejercer justicia con intencionalidad política.

¿Tras el resultado de la primera vuelta se puede decir que la extrema derecha ha absorbido a la derecha tradicional?

La derecha ha sido la gran perdedora de estas elecciones porque muchos de sus votos han ido a parar a Bolsonaro. El PSDB que es el centro-derecha tradicional, el de Fernando Henrique Cardoso, ha pasado de ser el tercer grupo parlamentario del Congreso a ser el octavo. Un resultado parecido lo ha sufrido el MBD –el partido de Michel Temer–, curiosamente ambos fueron los que sacaron adelante el impeachment, y hoy son los más castigados. El PSDB está en una lucha interna por sobrevivir. Por un lado, el sector del candidato presidencial Geraldo Alckmin que se postula contra Bolsonaro, y por el otro, el candidato al Gobierno de São Paulo, Joao Doria, que está a favor y que se acerca a la extrema derecha. Si Doria se hace con el poder podremos decir que el PSDB está muerto y la derecha tradicional será absorbida por la extrema derecha. Todo va a depender de esa lucha interna dentro del partido.

¿La polarización de estos comicios se ha radicalizado aún más con esta desaparición de la derecha tradicional?

Así es. Estamos viviendo los comicios más polarizados de las últimas décadas y eso se debe en parte a que han cambiado los actores de la polarización. La izquierda sigue siendo representada por el Partido de los Trabajadores que es quien tiene la hegemonía de las izquierdas de Brasil, pero al otro lado ya no está el PSDB, sino que nos encontramos con la extrema derecha. Bolsonaro ha conseguido quebrar el bipartidismo al que estábamos acostumbrados en el segundo turno entre PT y PSDB. Por eso la polarización es más radical y violenta.

Tras la puñalada que recibió el candidato Jair Bolsonaro se empezó a decir que eran las elecciones más violentas desde la redemocratización del país. ¿Está de acuerdo?

Creo que ahora los medios colocáis más el foco en esa violencia pero no es algo nuevo. Brasil es un país políticamente violento. Sólo hay que ver el número de candidatos asesinados, sobre todo en las elecciones municipales. La violencia contra concejales, como vimos este año con la ejecución de Marielle Franco, está muy enraizada en la política brasileña. Lo que sucedió con Bolsonaro se sale de ese tipo de violencia, porque se trató de un lunático que tuvo un brote psicótico, fue un hecho puntual.

¿Pero si no hubiera habido un clima tan polarizado quizás a ese sujeto no le habría dado por apuñalar?

Sí, puede ser. Pero más que decir que hay un clima que legitima la violencia habría que decir que hay un candidato que lo hace. Al decir que hay un clima parece que se legitimara desde varios lados, y en este caso sólo hay un lado, que es el de Bolsonaro y su discurso de apología de la violencia.

En estas elecciones ha aparecido en nuevo actor que es el de las Fuerzas Armadas, con algunos altos mandos que han llegado a hacer amenazas de intervención militar. Parece que una gran parte de la sociedad lo entiende como un fenómeno normal.

El electorado de Bolsonaro ve a las Fuerzas Armadas como aliados, y a además en estos momentos casi el 40% de la población reconoce que el Ejército es la institución en la que más confía. Eso tiene que ver con la falta de legitimidad de instituciones como el Poder Legislativo, el Judicial, los medios de comunicación. En ese contexto las Fuerzas Armadas vienen a llenar ese espacio de confianza perdida, no son políticos por lo tanto son confiables, gente de bien que quiere lo mejor para el país.

Bolsonaro advirtió que si no ganara las elecciones las consideraría un fraude. ¿Cree que habría posibilidades de que se produjera una intervención militar?

Es difícil responder a eso por mucho que sea una de las amenazas de este candidato. Pero creo que no se llegaría a ese nivel. Bolsonaro no tiene la fuerza que tenía el PSDB o el PMDB -partidos tradicionales- cuando organizaron el impeachment contra Rousseff. Tampoco tiene a los medios de su lado. Además creo que aunque el antipetismo es muy fuerte, Haddad tampoco es Dilma, es un hombre que da mucha confianza al mercado, The Economist le apoya, por ejemplo. Haddad es conciliador, moderado, mucho más de centro que de izquierda, no me parece que les fuera fácil sacarlo del poder.

¿Qué podemos esperar de Brasil con una victoria de Bolsonaro?

El gobierno de Bolsonaro es una incógnita. No ha presentado un programa claro y se contradice a diario. Primero dijo que iba a privatizar todo, ahora dice que no, que apenas algunas empresas. Primero criticó las ayudas de Bolsa Familia, ahora dice que las va aumentar. Realmente no sabemos qué se puede esperar de él, y eso forma parte de su estrategia. La clave será su relación con el Congreso. Es cierto que su partido ha conseguido colocarse como el segundo mayor grupo parlamentario y que tiene el apoyo del grupo evangélico, del agronegocio y del militar, pero es un tipo muy autoritario y una cosa es el apoyo electoral que le dan ahora y otra será el apoyo en el Legislativo a la hora de aprobar leyes. Es muy probable que consiga pasar reformas que tengan que ver con lo moral como la reducción de la mayoría de edad penal, pero las económicas, como el sistema impositivo, el de pensiones, no será fácil sacarlas adelante. Todo dependerá de su popularidad y yo creo que va a tender a disminuir. Pero ahora mismo su futuro gobierno se caracteriza por ser una incógnita