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Las temperaturas de abril, la COP 25 y la hipocresía política

Publicado el 10 Abril 2019
Escrito por Paul Walder

 

El domingo pasado todos los santiaguinos comentaban, un poco sudorosos, las altas temperaturas del fin de semana. Los termómetros marcaron aquel día 32,4 ºC, la cima de un proceso iniciado el viernes, que convirtió el calor del domingo en la temperatura más alta registrada por un mes de abril en cien años y posiblemente de que existen estadísticas confiables. No solo calor, tema de conversación dominical, sino un fenómeno recurrente que sin lugar a dudas es una expresión del calentamiento global.

 

 

Chile, por su singular geografía, es y será uno de los países más afectados por el proceso de calentamiento global. Lo es en estos momentos y todas las proyecciones apuntan cambios dramáticos sobre los territorios y sus habitantes. Dos de las consecuencias de este fenómeno, la deforestación y la desertificación, con sus graves efectos en el acceso y suministro de agua para riego y consumo humano y animal,  debieran estar en un lugar prioritario de la agenda pública y política. La exposición a los medios y a los discursos políticos nos confirma que este no es, ni lejos, una materia que inquiete ni a la clase política ni a la población urbana desvinculada con la ruralidad, la fauna marina y otros territorios.

 

Los datos son evidentes, conocidos y, por cierto, diariamente ignorados por las elites y la clase política pese a los frecuentes aluviones, desprendimientos de tierra, incendios forestales fuera de control, intoxicaciones por emanaciones de gases venenosos o extinción de millares de especies marinas. Es un hecho que nos enfrentamos a la peor catástrofe que pueda conocer no solo esta civilización global sino la especie humana desde el neolítico o desde el último periodo postglaciar.

 

Para la celebración del Día del Clima, esperemos que no tengamos que conmemorar en un futuro cercano, la organización Greenpeace nos recordó que el mundo ya ha traspasado todos los umbrales  y muy posiblemente, hagan lo que hagan los gobiernos, ya es tarde para evitar una catástrofe climática. Si se actúa a partir de hoy, de este mismo minuto, en ejecutar todas las sugerencias de los paneles de científicos, el futuro no será solo una pesadilla, una distopía como la que ven cada semana en Netflix, para nuestros hijos y nietos. Algo podría ponerse a salvo.

 

Las proyecciones sobre Chile son también claras y certeras. El Plan de Acción Nacional de Cambio Climático 2017-2022 levanta una alerta que la naturaleza nos confirma de manera periódica. Sólo por mencionar un par de variables. “Hacia el año 2030, se proyecta una disminución de la precipitación entre 5% y 15% para la zona comprendida entre las cuencas de los ríos Copiapó y Aysén. Para el período 2031-2050 se intensificaría todavía más la baja en las lluvias”. La otra variable  afirma  un fenómeno también evidente: “Se espera un marcado aumento de los eventos de sequía, especialmente a partir de la segunda mitad de este siglo, proyectándose hacia fines de siglo una ocurrencia de más de 10 veces en 30 años”.

 

El gobierno de Sebastián Piñera se comprometió ante la ONU a finales del año pasado a organizar la COP 25 en diciembre próximo. Un compromiso, iniciado no sin cierta polémica que no vale detallar en estas líneas, que la prensa, las elites y la clase política se han encargado desde el comienzo de alterar. Hasta el momento sabemos más de la falta de un espacio adecuado para los seminarios y paneles, de la capacidad hotelera, de los paquetes turísticos que de las materias relevantes que se jugarán en ese espacio de debate y decisiones políticas clave.

 

Cambiar el foco de discusión es parte de las habilidades comunicaciones de los políticos y sus asesores. Alterar el debate, agregar nuevas materias, irse por las ramas o por el desvío es una estrategia habitual cuando poco o nada se tiene que decir. Que el gobierno y sus acólitos esté más inquieto en cómo atender a los invitados que en la función que tendrá el país en una materia de urgencia y de alcance global es el claro síntoma de que este anfitrión estará más ocupado en los cócteles que en los desafíos y discusiones.

 

El segundo gobierno de Piñera en su escaso año ya nos ha dado bastantes evidencias sobre su lógica y comprensión del calentamiento global. Entre ellas, la reforma al código de aguas, que mantiene en manos del mercado un derecho humano fundamental, los cambios a los procedimientos de los estudios de impacto ambiental para beneficiar aún más a inversionistas y especuladores, y otras de carácter internacional, como el retiro por la puerta lateral para no suscribir el Tratado de Escazú que obliga a los países firmantes a regirse por una serie de protocolos para proteger el medio ambiente y las comunidades.

 

A Piñera le gusta hablar de medio ambiente. Tiene hasta un parque natural de miles de hectáreas en la isla de Chiloé. Pero sus políticas van en un sentido opuesto a su retórica medioambiental, más cercana a las campañas publicitarias corporativas, aquellas que buscan mitigar los desastrosos impactos de las millonarias inversiones en extracciones mineras, por ejemplo.

 

No es solo Piñera y su gobierno. Este hombre es la expresión política de un modelo con características ubicuas apoyado por derechas, izquierdas y toda la gama intermedia de liberales y socialdemócratas que tienen como estrella guía el crecimiento económico por sobre el daño ambiental. Pero Piñera es el emblema en este trance, porque sí lo es, y es también el síntoma, pero el mal es más profundo y ya está cristalizado.

 

No hay que pedirle peras al olmo. Sí sería deseable exigir un poco de honestidad y, por sobre todo, menos codicia.

 

PAUL WALDER

 

Artículo publicado en POLITIKA