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Desempleo y pobreza en Chile: Un análisis de clases sociales

Publicado el 31 Agosto 2018
Escrito por Maximiliano Rodríguez

 

 

Las últimas cifras de empleo publicadas por el INE situaron la tasa de desocupación de julio pasado en un 7,3%, marcando un aumento de 0,1% respecto a junio y de 0,4% en relación al mismo período de un año atrás. Así, en lo que va de este año 2018 este indicador ha oscilado entre un 6,5% y un 7,3%.

 

A continuación, se presenta un análisis de las cifras de desocupación desde una perspectiva de clases sociales usando la misma información recogida por la estadística oficial de empleo.

 

 

 

Desempleo y capitalismo

 

El desempleo, tal como se presenta en nuestros días, es un fenómeno propio de las economías capitalistas. El hecho de que exista una masa permanente de personas que teniendo la capacidad y la necesidad de trabajar para ganarse la vida no puedan hacerlo es un fenómeno que surge con este régimen social de producción. Nunca antes la humanidad lo había experimentado.

 

Podemos decir además que este no afecta por igual a los distintos miembros de la sociedad. Estos lo padecen de forma distinta dependiendo de cómo y en qué condiciones concurren a la producción, y particularmente según el tipo de relaciones que establecen entre sí.

 

Por ejemplo, la manera y probabilidad de sufrirlo serán muy distintas dependiendo de si se concurre a la producción –o se pretende ser parte de ella– con un monto de ahorro previo o en posesión de algún activo que genere ingresos que permitan subsistir por algún tiempo mientras no se encuentra trabajo, que si se acude a ella solo con la fuerza de trabajo y con una familia que alimentar a cuestas. En el primer caso incluso se puede llegar a emprender alguna actividad independiente generadora de ingresos; en el segundo, en cambio, esto resulta imposible.

 

La estructura de clases del Chile actual

 

                  Naturalmente la estadística oficial de empleo no está elaborada desde una perspectiva de clases sociales. Esta se rige por un marco conceptual distinto. Sin embargo, a partir de la información que ella captura es posible llevar a la práctica las categorías del enfoque teórico que nos interesa.

 

Para dichos efectos se ha recurrido a la Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) de 2017. Esta encuesta se lleva a cabo entre octubre y diciembre de cada año. En estricto rigor esta constituye una extensión realizada una vez al año de la Encuesta Nacional de Empleo (ENE), las misma con la cual el INE elabora mensualmente las estadísticas oficiales de ocupación, desocupación, composición de la fuerza de trabajo, etc. Se cuenta, por tanto, con información detallada de alcance nacional sobre empleo e ingresos con la cual aproximarse a la estructura de clases del capitalismo chileno.

 

A partir de las características de los empleos de las personas ocupadas, se obtuvo la estructura de clases de la sociedad chilena. Para tal objetivo se establecieron una serie criterios separadores de las distintas relaciones establecidas en el ámbito de la producción. El primero fue el de la propiedad de los medios de producción. Así, la realización de una actividad independiente como trabajo principal fue el indicador usado para establecer si la persona se enfrentaba a la producción en calidad de propietario o no. En la misma línea, se consideraron también los ingresos derivados de la propiedad. Si esta condición se cumplía, el segundo criterio identificador correspondió a la capacidad de emplear a otros individuos (más allá del círculo familiar inmediato) para llevar a cabo dicha actividad autónoma. Para aquellas personas sin capacidad de realizar una actividad independiente, en tanto, se consideró si esta era empleada en las labores generales del Estado (administración pública), por los hogares o por una actividad privada. Cruzando todos estos criterios se obtuvo finalmente una estructura compuesta de 11 clases sociales.

 

Ahora bien, las clases no se circunscriben exclusivamente a aquellos miembros de la sociedad que se hallan ocupados –o con la intención inmediata de poder serlo–. Estos también tienen y pertenecen a familias, cuyos miembros pueden estar o no insertos en la producción social. En esta línea, se hizo extensible la clasificación de clase a todos miembros del hogar no ocupados, incluyendo así a la población menor de 15 años, desocupados que buscan trabajo por primera vez e inactivos.

 

Los resultados obtenidos se detallan en el siguiente cuadro:

 

Cuadro n° 1:

Estructura de clases sociales Chile, 2017

 

Clase social

n° de personas

Peso relativo, %

Burguesía

84.588

0,45

Cuadros directivos capitalistas

155.910

0,84

Clase dirigente estatal

23.032

0,12

Rentista

334.240

1,80

Pequeña burguesía explotadora

1.172.735

6,30

Clases medias

3.469.752

18,64

Pequeña burguesía tradicional

3.294.082

17,70

Funcionariado público

872.456

4,69

Clase obrera

8.232.346

44,22

Servidumbre doméstica

954.829

5,13

Población marginal

20.914

0,11

Total

18.614.885

100

 

Fuente: Elaboración propia a partir de ESI 2017, INE.

 

De acuerdo a lo anterior, para una población total estimada de 18,6 millones de personas, aquellas clases situadas en el pináculo de la pirámide social del capitalismo chileno (la burguesía, los cuadros directivos capitalistas y la clase dirigente estatal), las denominadas clases dominantes, no superan en conjunto el 1,5% de la población[1].

 

Como contracara, las clases proletarias (el funcionariado público, la clase obrera y la servidumbre doméstica), o sea aquellas que entran desposeídas a la producción en posiciones de subordinadas a través de la venta de su fuerza de trabajo, constituyen el 54% de la población, teniendo en su centro a aquella clase que vende su capacidad laboral al capital: la clase obrera.

 

Finalmente, si ampliamos la mirada a todo el espectro de clases populares –proletariado más la pequeña burguesía tradicional (personas que llevan a cabo actividades independientes sin contratar trabajadores más allá de su círculo familiar) y la población marginal–, se llega al 71,9% del total de la población.

 

La ciencia económica y el desempleo

 

Antes de analizar las cifras es necesario entender que el desempleo es un fenómeno consustancial de las economías capitalistas. No se trata de una “falla de mercado” fruto de la ausencia de competencia, información poco transparente o rigideces. Ni siquiera es consecuencia de una mala política económica del gobierno de turno, aunque esta puede agravarlo. Es, por el contrario, un resultado característico de la propia dinámica de la acumulación del capital. No se puede escapar de él mientras rija este régimen social de producción.

 

Con el keynesianismo la economía burguesa pensó en su momento haber encontrado la piedra filosofal que finalmente le permitiese cuadrar el círculo: acabar con el desempleo y mantener las relaciones capitalistas en la producción simultáneamente. Si bien reconocía el despilfarro de recursos y la tragedia social que este fenómeno significaba, su fracaso ante él fue al final del día total.

 

Sin embargo, ante la contundencia de los hechos la economía académica no tuvo más remedio que reconocer a regañadientes la inevitabilidad del fenómeno del desempleo en las sociedades modernas. Naturalmente este fue asimilado de forma torcida y mistificada, reduciendo las causas de este al ámbito de las decisiones individuales de las personas, a las “fricciones” propias del mercado laboral y de las intervenciones distorsionadoras del Estado en la economía. Fue así como en los 60’ Friedman incorporó el concepto “tasa natural de desempleo” en las teorizaciones de la ciencia económica.

 

A contrapelo de dicha visión, son las condiciones sociales que presupone y sobre las que se mueve y potencia la acción del capital en la producción las que generan el desempleo. Su tendencia característica de revolucionar y tecnificar constantemente la base productiva de la economía tiene como resultado inevitable la expulsión de enormes contingentes de trabajadores de esta esfera, generando así una sobrepoblación relativa –o “ejército industrial de reserva”– de carácter permanente.

 

Esta no es solo –como sostiene el keynesianismo– un despilfarro de recursos, en el sentido de que gente que pudiendo y queriendo –o más bien, necesitando– trabajar, no lo hace. Sí, es eso. Pero es también una condición necesaria para las sucesivas expansiones de la economía. Es un grupo de potenciales trabajadores que constituyen materia dispuesta y disponible para ser explotada por el capital en cualquier momento. Presionan además a los que se encuentran en servicio activo, recordándoles en cada momento que sus demandas no pueden traspasar ciertos límites que la búsqueda de ganancias le impone a la actividad económica so pena de seguir sus pasos.

 

Las cifras de desocupación en Chile a la luz de las clases sociales

 

Como fenómeno característico del capitalismo, el desempleo afecta con particular fuerza a la clase que es por antonomasia el producto de dicho régimen social de producción: la clase obrera.

 

Y efectivamente, si aplicamos a las distintas clases sociales los mismos criterios que el INE establece para la determinación de la tasa de desocupación para toda la población, se observa que entre las clases asalariadas la obrera destaca por sobre el resto. De hecho, a excepción de los rentistas y la población marginal, es la única clase social cuya tasa de desocupación se sitúa por sobre la del promedio nacional (ver cuadro n° 2). Así, si en el trimestre móvil de octubre-diciembre de 2017 la tasa de desocupación nacional alcanzó un 6,4%, en el mismo período este indicador se situó en un 9% para la clase obrera. Esto es una tasa 40,3% superior al del promedio nacional. Si hiciéramos la extrapolación simple usando las últimas cifras publicadas por el INE se llegaría a una tasa de desocupación que rondaría el 10,2% para la clase obrera.

 

Cuadro n° 2:

Composición de la fuerza de trabajo y tasas de desocupación por clase social, trimestre móvil octubre-diciembre 2017

 

Clase social

Fuerza de trabajo

Tasa de desocupación, %

Ocupados

Desocupados

Total

Clases asalariadas

Cuadros directivos capitalistas

62.744

2.882

65.626

4,4

Clase dirigente estatal

11.903

0

11.903

0,0

Clases medias

1.814.312

119.817

1.934.128

6,2

Funcionariado público

348.218

20.323

368.541

5,5

Clase obrera

3.576.219

352.575

3.928.794

9,0

Servidumbre doméstica

313.262

20.950

334.212

6,3

 

Clases no asalariadas

Burguesía

41.614

434

42.048

1,0

Rentista

9.210

2.647

11.856

22,3

Pequeña burguesía explotadora

703.953

8.254

712.207

1,2

Pequeña burguesía tradicional

1.548.949

47.187

1.596.135

3,0

Población marginal

0

888

888

100

Total

8.430.385

575.955

9.006.340

6,4

 

Fuente: Elaboración propia a partir de ESI 2017, INE.

 

El ejército industrial de reserva

 

Lo anterior, sin embargo, no agota el problema. La definición oficial de desocupación no hace del todo justicia a la categoría de “ejército industrial de reserva” mencionada anteriormente.

 

En efecto, bien puede hacer un grupo de personas fuera de la clase obrera que, aun estando ocupada según el criterio de la estadística oficial, estarían dispuestas a incorporarse a esta. Esta sería la situación de una parte importante de los ocupados del resto de las clases populares –y qué decir de aquellos miembros desocupados de estas mismas clases–. Por ejemplo, la pequeña burguesía tradicional, la tercera en importancia numérica en la sociedad chilena, constituye más que nada una clase social de “refugio” en la que termina la población que ha sido expulsada o no encuentra cabida en la producción capitalista, emprendiendo finalmente algún tipo de actividad de sobrevivencia más que un trabajo realmente productivo. De aquí la explicación de la baja tasa de desocupación (3%) que exhibe con respecto a la media nacional.

 

Una manera de operativizar y llegar a estimar la sobrepoblación relativa obrera, a partir de la estadística oficial de empleo, bien puede ser concibiéndola como un conjunto de personas ordenada en distintos niveles o “anillos” concéntricos que ejercen presión sobre los miembros ocupados de la clase obrera.

 

Así, el primer “anillo” estaría constituido por los desocupados de la propia clase, unas 350 mil personas. El segundo anillo vendría dado por los desocupados del resto de las clases populares, alrededor de 89 mil personas. El tercero, compuesto por los miembros inactivos de las clases populares que potencialmente estarían dispuestos a trabajar, abarcaría unas 513 mil personas. Y, finalmente, los ocupados de las clases populares no obreras que buscan otro trabajo con mejores condiciones, unas 150 mil personas. En base a esto, el ejército industrial de reserva que gira en torno a la clase obrera habría alcanzado, en términos gruesos, los 1,1 millones de personas. Esto es, cerca de un tercio del total de ocupados de dicha clase.

 

Pobreza y clases sociales

 

Como bien se sabe, el desempleo, se relaciona directamente con el pauperismo que aqueja a las clases populares, y especialmente a la clase obrera. Por lo mismo resulta interesante hacer la conexión con las recientes cifras de pobreza dadas a conocer por el gobierno.

 

De acuerdo a los resultados de la encuesta Casen 2017, el 8,6% de la población en Chile reporta ingresos por hogar De esa cifra, 6,3% corresponde a población pobre y 2,3% a pobres extremos.

 

Ahora bien, tomando como referencia la información de la ESI, y considerando solo los ingresos provenientes del trabajo y la propiedad más jubilaciones que aportan los distintos miembros del hogar, la proporción de la población que queda por debajo de la línea de la pobreza alcanza el 22,1%. Si bien contribuyen a cerrar la brecha entre esta cifra y el 8,6% reportado por la Casen, se excluyeron del análisis los ingresos de naturaleza distinta a los antes descritos, tales como pensiones, subsidios, subvenciones estatales y transferencias, ya que en estricto rigor estos caen más bien dentro de la beneficencia social –tanto pública (pensiones básicas solidarias) como privada (donaciones de otros hogares)–, antes que en el de ingresos derivados del esfuerzo productivo presente y pasado de los miembros del hogar[2].

 

Lo interesante, sin embargo, es notar la especificidad social que la pobreza exhibe, y cómo esta golpea con distinta fuerza a las distintas clases sociedad chilena.

 

El cuadro n° 3 muestra la incidencia de la pobreza según clases sociales. Se ha aplicado la misma metodología de líneas de pobreza que el Ministerio de Desarrollo Social utiliza en la encuesta Casen para estimar los niveles que esta alcanza entre la población.

 

Cuadro n° 3:

Composición porcentual de la pobreza según clase social, 2017

 

Clase social

No pobre

Pobre

Pobre extremo

 
 

Burguesía

96,5

2,0

1,5

 

Cuadros directivos capitalistas

96,7

1,9

1,4

 

Clase dirigente estatal

100

0,0

0,0

 

Rentista

84,2

7,1

8,7

 

Pequeña burguesía explotadora

88,4

6,1

5,5

 

Clases medias

93,9

3,0

3,1

 

Pequeña burguesía tradicional

63,6

12,7

23,7

 

Funcionariado público

78,6

11,3

10,0

 

Clase obrera

75,9

11,9

12,2

 

Servidumbre doméstica

66,5

13,4

20,1

 

Población marginal

2,9

1,7

95,4

 

Total

77,9

9,9

12,3

 
 

Fuente: Elaboración propia a partir de ESI 2017, INE.

 

Si bien dentro de las clases populares la obrera es la que, después del funcionariado público, menores niveles de pauperismo exhibe, aun así la importancia relativa de su componente no pobre (75,9%) queda bastante lejos del de las clases dominantes. En general, este componente se sitúa entre 20 y 24 puntos porcentuales por debajo del de aquellas clases, cuyos miembros casi en su gran mayoría logran escapar de la pobreza. Inclusive con respecto a las clases medias el componente no pobre obrero queda significativamente rezagado (17,9%).

 

Por otra parte, dentro de las clases populares insertas en el proceso de la producción social (o sea, excluyendo a la población marginal), es la pequeña burguesía tradicional la que mayores niveles relativos de pauperismo muestra, confirmando así su condición de “refugio” para la sobrepoblación relativa obrera.

 

De este modo, tanto por el tamaño de estas clases como por la particular fuerza con que les pega, la pobreza en Chile es esencialmente un fenómeno obrero y pequeñoburgués tradicional. En cifras redondas, 77 de cada 100 personas cuyo ingreso per cápita por hogar no superó la línea de la pobreza en 2017 provinieron de la clase obrera y de la pequeña burguesía tradicional. Esa era la forma social de su inserción en la actividad productiva del país.

 

El lugar del desempleo en el capitalismo, alcances para la política

 

En 1943, en un artículo titulado Aspectos políticos de la plena ocupación, el famoso economista polaco Michal Kalecki realizaba una sugerente reflexión sobre el rol del desempleo en las sociedades capitalistas.

 

En el caso de que efectivamente existiera una solución para el desempleo en el capitalismo –y los trabajos de Kalecki sugieren que él era de la idea de que esto es al menos teóricamente posible–, y aun siendo conocida por el gobierno, esta no sería implementada. ¿Por qué? Porque el desempleo no es solo un fenómeno económico, cumple también una función política en las sociedades capitalistas: es un mecanismo que permite disciplinar a los trabajadores. De alcanzarse el pleno empleo este dejaría de actuar, perdiendo su efectividad.

 

Keynes y sus discípulos más radicales, en el marco de su crítica a la teoría del capital, rozaron la solución del enigma al proponer la “socialización de las inversiones”. Sin embargo, como buenos economistas burgueses que a fin de cuentas eran, no pudieron traspasar los límites de dicha sociedad, la línea última de defensa sobre la que esta descansa: la propiedad privada de los medios de producción.

 

Estas fueron algunas de las razones por las cuales el keynesianismo finalmente terminó siendo absorbido por las corrientes ortodoxas de la economía. Toda la “radicalidad” original quedó reducida a abogar por un rol más activo del Estado en la economía, a través de políticas monetarias expansivas y estímulo de gasto público a la demanda. Amplios sectores en la izquierda chilena se hacen parte de dicha visión, convencidos de que “más Estado” es una política “radical” y “anti-neoliberal, cuando en verdad no es ni una ni la otra.

 

Por lo mismo, sospechosa resulta la promesa de quienes pretenden cambiar sustancialmente la realidad capitalista desde el Estado. En el caso del desempleo, su verdadera solución está fuera del alcance de toda política pública que cualquier Estado burgués pueda implementar, por más democrático y ciudadano que este sea, incluso si a la cabeza de este se encontraran Jackson, Boric y sus amigos frenteamplistas.

 


[1]Cabe advertir que, por sus propias características, puede ser que estas no queden del todo y bien reflejadas en una encuesta como la ESI. Al mirar los resultados de las estimaciones, da la impresión de que lo que aquí se captura como burguesía corresponda en estricto rigor a una burguesía de mediano tamaño. Las complejas estructuras societarias adoptadas por los grandes conglomerados redundan en que los verdaderos representantes del gran capital no aparezcan ni se declaren propiamente como “empleadores”, punto de partida utilizado aquí para identificar a la burguesía. Así también, los datos sobre la clase dirigente estatal parecen ser el resultado de una mixtura de miembros de esta clase (ministros, jueces, parlamentarios, etc.) y de representantes de las clases medias encumbrados a puestos de dirección en la administración pública.

[2]En esta misma línea véase Gonzalo Durán y Karina Narbona: ¿Y si miramos la pobreza de mercado?: las trampas del famoso “alquiler imputado”, El Mostrador, 29/8/2018. Disponible en: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2018/08/29/y-si-miramos-la-pobreza-de-mercado-las-trampas-del-famoso-alquiler-imputado/

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