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Venezuela, medios y mentiras

Publicado el 02 Febrero 2019
Escrito por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

En todos los conflictos agudos los actores principales son la mentira, la desolación y la muerte: en la Primera Guerra Mundial los sobrevivientes de las batallas tóxicas terminaban con sus rostros destruidos y el sistema nervioso deshecho. George W. Bush ordenaba esconder a los muertos en sacos de basura, durante la sangrienta guerra  de Irak, a fin de rebajar el efecto mediático en las familias norteamericanas. Hoy, el Presidente Emmanuel Macron, que no logra detener la ya onceava manifestación de los “chalecos amarillos”, está provocando la aparición de caras rotas, al igual que en la 1ª  Guerra Mundial, (en la Plaza de la República el dirigente Gerardo Rodríguez perdió un ojo, en una manifestación, y así muchos casos más). Donald Trump oculta las jaulas donde encierra a los niños centroamericanos.

 

 

 

 

 

Todos los medios de comunicación de Miami y del mundo –incluido Chile, claro está – hablan de las dictaduras de Nicolás Maduro y Daniel Ortega, pero callan el tremendo robo electoral del ahora Presidente Juan Hernández, en Honduras. Ya muy pocos recuerdan el éxodo de los centroamericanos en busca de sobrevivencia, y ningún periodista escribió acerca de la muerte de niños hondureños y salvadoreños en la frontera sur de Estados Unidos.  El tema del día a día es sobre la diáspora venezolana.

 

 

 

Los diarios se ríen de las frases para el bronce que Maduro transmite, en un espanglis anormal, pero nadie recuerda que Sebastián Piñera y Mauricio Macri dicen más estupideces, a veces en un inglés perfecto. Pocos periodistas traen a colación que la oposición venezolana y sus líderes son, quizás, de los más tontos que han existido en América Latina, y que Carlos Andrés Pérez, Jaime Luchinski, Rafael Caldera y otros mandatarios  robaban mucho más que los chavistas.

 

 

 

Las únicas democracias que merecen ese nombre en América Latina, las de Uruguay y Costa Rica, (esta última carece de ejército, pues donde hay militares dificulto que se pueda hablar de democracia). Nadie niega que en Chile, Argentina y otros países se hable de  democracia, pero están infestadas por el pacto y la herencia de los tiranos Videla y Pinochet. (Por ejemplo en Chile, a cuarenta años de supuesta democracia, recién venimos a descubrir que el Presidente Eduardo Frei Montalva fue víctima de un magnicidio, y sabemos que aún hay miles de demócratas que, ni siquiera, han podido velar a sus parientes.

 

 

 

¿Puede Estados Unidos dictar cátedra sobre democracia cuando reconoció cuanta dictadura existió? ¿Puede llorar por los muertos venezolanos y los crímenes de Estado cuando el Presidente Trump se ha hecho el desentendido frente al asesinato del periodista saudí, nacionalizado norteamericano, Jamal Khashoggi, cuyo cuerpo fue salvajemente torturado y asesinado, en la embajada de Turquía? Al menos la situación del petróleo venezolano es tan asquerosa como en Arabia Saudita.

 

 

 

En todo conflicto, así se recubra con ideologías y con la hipocresía de los derechos humanos, la moral deja de existir. Ya Weber escribía en su obra El político como vocación que hay una moral de la convicción, es decir, las ideas por las cuales se lucha, y otra, la de la responsabilidad, y en la segunda, el político debe pactar con el diablo para conservar el poder, que siempre es coerción y el derecho a provocar la muerte. En el caso venezolano, la política de la convicción es un subproducto de la ideología militar; en este país, el militarismo recubierto de conceptos progresistas,  y en Estados Unidos y sus yanaconas, de conceptos imperialistas de sed continua de invasión.

 

 

 

Quien es más susceptible de  ganar la guerra es el que miente más; además, puede comprar más periodistas que difundan inteligentemente esas mentiras. Durante la guerra civil española existió  la historia del “oro de Moscú”, es decir, el traslado de las reservas de oro y monedas valiosas por parte de los gobiernos socialistas de Francisco Largo Caballero y Juan Negrin, desde Cartagena pasando por Odesa, a Moscú, a fin pagar por las armas enviadas por J. Stalin a Barcelona.

 

 

 

Hoy, en Venezuela, se puede recrear la misma historia con el famoso avión de pasajeros instalado en el aeropuerto de Maiquetía, en Caracas; está claro que los mercenarios periodistas en Miami no se atreven a exagerar el monto de los lingotes de oro, como lo hace el historiador franquista  Pío Moa, quien acusa al Dr. Negrín y a Indalecio Prieto, del PSOE, de haberse enriquecido con el “oro  de Moscú”.

 

 

 

En Chile entre los socialistas de la década 50-60, que eran anticomunistas, uno puede encontrar las peores diatribas contra la URSS en textos de Raúl Ampuero Díaz que acusaban a los comunistas de vivir del “oro de Moscú”.

 

 

 

En el tema del narcotráfico y la relación entre la política y el dinero, muy pocos periodistas, políticos, empresarios…tienen derecho moral para lanzar la primera piedra. La familia Uribe Vélez, en Colombia, muy amados por Estados Unidos, son los reyes de la  narcotráfico-para-política, (los padres de Uribe eran amigos del narcotraficante Pablo  Escobar). ¿Quién puede aplicar la ética de la convicción a los traficantes de narcóticos? Pablo Escobar ayudaba tanto a los guerrilleros del entonces M-19, en Colombia, a los sandinistas en Nicaragua, como a la ultraderecha colombiana.

 

 

 

Por desgracia, en las sociedades anómicas, es decir, no existe ninguna norma, quien primero paga las consecuencias en los conflictos supuestamente ideológicos es la ética y la moral, que es lo que, lamentablemente, está ocurriendo en Venezuela.

 

 

 

“Y llegaron los sarracenos y los molieron a palos, porque Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Todo lo que puede traer la agudización del conflicto venezolano – invasión de Estados Unidos y sus secuaces, Colombia y Brasil – o bien, guerra civil, serán daños tanto para Venezuela, como para el resto de América Latina.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

 

02/02/2019 

 

 

 

 

 

 

                         

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