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Sobrevivir en la ciudad

Publicado el 13 Mayo 2019
Escrito por Walter Garib

Si se camina por las aceras de la ciudad, uno debe sortear infinidad de obstáculos. Jóvenes que andan en patineta, ciclistas, automóviles que se encaraman en la vereda donde estacionan, como si les perteneciera. Si usted no los esquiva, lo atropellan y de pasa lo insultan. Vendedores ambulantes, pegados al celular que ofrecen baratijas, sopaipillas que se fríen a la vista del público. Falsos mendigos, cuya habilidad para disfrazarse, supera al renegado. No obstante, el mendigo tiene dignidad y no traiciona. Ni hablar de quien circula con un carrito; nadie sabe si lo hurtó o es obsequio de los súper mercados, cuya generosidad desmiente a los críticos que los acusan de coludirse para engañar al público. En medio del torbellino, se observa a quienes pasean bebes en coches cunas. A propósito: ¿sabía usted que en la comuna de Cerrillos de Santiago, hay una calle llamada “El paseo de las guaguas”?  

 

 

Enfrentarse al desmadre de la calzada, cualquiera se convierte en torero de la pericia de Manolete y lo congratulamos por su nueva actividad, donde las verónicas suelen ser las más socorridas. ¡Olé! ¿Cómo sortear el tráfago endemoniado de la ciudad, el frenesí para arribar a destino? No despotrique y asuma la realidad. Usted en forma voluntaria, llegó de la provincia a residir en la selva. La puntualidad, ajena a nuestra cultura, nos obliga a andar a la carrera, dando saltos de mata. Ahora, si vive en un pueblo, todavía se encuentra a salvo de la vorágine citadina. Disfrute, ríase del hecho y no sienta envidia del aterrorizado habitante de la urbe. Si goza de la pensión de su querida AFP, la cual cuida su dinerillo con tacaña diligencia y le permite vivir con dignidad, debe bajar a la calle y caminar a riesgo de ser atropellado. Nos acordamos de lo sucedido a la talentosa actriz Sholomit Baytelman, arrollada por un ciclista irresponsable, el cual huyó sin auxiliarla. 

 

Y pensar que usted se queja, se malhumora, insulta hasta quienes pasean perritos, que si se descuida, pueden mearle los zapatos, y despotrica en contra del gobierno, ajeno a las urgencias biológicas de los animales. Claro. Va a proponer que se plantes árboles en calidad de letrinas, para que los perritos los rieguen. Usted habla pestes de las autoridades y las acusa de ineptas, devotas del latrocinio, aunque tenga razón. También va a tropezar con carpas instaladas en bandejones centrales de las avenidas, habitadas por indigentes. ¿Tiene la culpa el gobierno del desmadre? ¿Olvida que su primordial función, apunta a enriquecer a sus parientes y saquear las arcas fiscales? Adheridos a la teta del estado, maman a toda hora, poseídos de la pasión lactante. Todos fuimos bebé, sin caer en el latrocinio. ¿Ve andrajosos a los funcionarios, sentados en las plazas, rumiando su desdicha?

 

El caos de la ciudad es responsabilidad de todos, donde la ineptitud de las autoridades se sitúa en primer término. Han cedido a la voracidad de las empresas constructoras, por ejemplo, que “edifican edificios” —textual, dicho en un diario donde escriben académicos de la lengua— sin importar destruir las áreas verdes. El objetivo apunta a eliminar plazas, parques, cualquier lugar de esparcimiento, pues ahí se reúnen vagabundos y vendedores de droga. ¿Acaso la saturación no es sinónimo de progreso? Nuestra sociedad se ha construido en base al abuso, a la sagrada intolerancia. Queremos pisotear a quien se sitúa más abajo en la escala social, dominados por el desenfreno del arribismo. Ahora, si usted no es jubilado, se compra un automóvil deportivo, aunque tenga que pagarlo en 45 cuotas mensuales, y se lanza a atropellar a cuanto transeúnte encuentre al paso. Es dulce la venganza, como dicen los expertos, sin embargo, aún nos queda paciencia para soportar la iniquidad callejera.

 

Si se va a quedar en casita, dispuesto a expresar su fastidio, arriesga a hacer las camas, trapear, lavar la loza, el culito del bebé y enseguida sacarlo a pasear por la calle. Por último, barrer las hojas de la vereda, que podría ser un acto poético, y sentirse menoscabado en su dignidad de macho.Al concluir su faena, en el colmo de su agotamiento, puede ver TV y tragarse las estupideces diseñadas para mantenerlo idiotizado. ¿Dónde quedó su soberbia de rey destronado, por la furia del cambio? ¿Olvidó mi amigo, que despertaron las chiquillas y exigen igualdad? Un nuevo orden social se nos viene encima, convertido en cataclismo y no hay vuelta atrás. Tales afirmaciones no son antojadizas. Después de tanta palabrería hueca lanzada al tuntún, no me disgusta si usted me llama escribidor, pues tiene razón. 

 

 

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