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Revolución social en Chile y el Partido Revolucionario del Pueblo Trabajador

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Por primera vez en un siglo, la más reciente y masiva irrupción en el espacio político del pueblo trabajador de Chile, desplegada a partir del estallido del 18 de octubre del año 2019 y aún en pleno curso, aparece huérfana de una fuerza política revolucionaria; es decir, de una organización cuyo propósito esencial sea intentar conducirlo precisamente en estas circunstancias y que subordine siempre a este objetivo todo su accionar

Esta ausencia se origina principalmente en la participación de los partidos de centro e izquierda en gobiernos democráticos que siguieron a la dictadura, todos los cuales postergaron las reformas necesarias para acabar con su abusiva herencia y generaron así la actual crisis política nacional; es decir, la pérdida de legitimidad y con ello la autoridad, del conjunto del sistema político. Estos partidos incluyen a todos aquellos que condujeron, en diferentes alianzas y con talento universalmente reconocido, las grandes irrupciones populares del siglo XX y también al novel partido formado por la brillante generación de dirigentes estudiantiles que encabezó las movilizaciones del año 2011.

Esos gobiernos sin duda realizaron muchas obras en beneficio del pueblo y el progreso del país pero jamás intentaron siquiera acabar con los grandes abusos impuestos tras el 11 de septiembre de 1973. Buscaron, en cambio, todos ellos, explícitamente, el acuerdo con los grandes abusadores. Esa es la causa principal del estallido popular conocido como 18-O, proclamada en su brillante consigna “No son 30 pesos, son 30 años”. 

Como queda en evidencia en la investigación histórica y teórica publicada en el libro Revolución Social en Chile y el Partido Revolucionario del Pueblo Trabajador, de Luis Corvalán Marquez y el suscrito, que resume el ciclo homónimo de conferencias CENDA desarrollado a lo largo del año 2024, ello inevitablemente provocó la deslegitimación del sistema democrático mismo, arrastrando a dichos partidos e impidiendo, hasta ahora, que puedan conducir hasta su culminación un curso de solución progresista de la crisis política actual. 




El cauce que el sistema político democrático chileno –fiel a su secular tradición de flexibilidad– abrió tras el 18-O, con el acuerdo constitucional del 15 de noviembre de 2019, conocido como 15-N, se frustró asimismo, principalmente, por la opción paralela del gobierno del Presidente Boric de continuar la senda de sus predecesores y postergar nuevamente las reformas necesarias para acabar los grandes abusos, buscando, en cambio, acuerdos con los principales abusadores.

Esta estrategia, exaltada como “política de los acuerdos”, que puede haber resultado adecuada en la primera década de la recuperada democracia, caracterizada como una fase de “calma chicha” en el ciclo de actividad política popular (Harnecker 1985), acabó siendo, en cambio, la causa principal del 18-O y también del fracaso del 15-N. 

La insistencia en esta estrategia por parte del gobierno del Presidente Boric, en plena fase desplegada del ciclo de actividad política popular, agudizó la deslegitimación de la autoridad política democrática. Arrastró a ella al nuevo gobierno y a la propia Convención Constitucional, situación que se ha extendido en mayor o menor medida a todas las instituciones del Estado. Ello torna hoy la vida insoportable y mantiene a la ciudadanía en estado de crispación en todos los ámbitos de la vida del país.

En las primarias presidenciales de 2025, el pueblo trabajador de Chile irrumpió nuevamente en el espacio político de modo inesperado y sorprendente, como siempre sucede. Sin preguntar nada a nadie, abrió un cauce democrático inédito para resolver la crisis política nacional en curso. Sencillamente votando, depositando su confianza en una persona, en una mujer que reconoció como una de las suyas, otorgándole de este modo la autoridad requerida para conducir al conjunto de las fuerzas democráticas y progresistas chilenas y realizar de una vez por todas las postergadas reformas necesarias para acabar con lo que se inició el 11 de septiembre de 1973.

Pero la historia no cursó por ese camino. La formidable coalición de fuerzas políticas democráticas, progresistas y revolucionarias de Chile, sufrió en cambio una de las mayores derrotas de su larga y honrosa historia, con justicia reconocida y admirada en el mundo entero. Esta derrota resulta tanto más dolorosa por cuanto les fue propinada por su propio pueblo.

La misma ha traído a la memoria el 11 de septiembre de 1973, la mayor derrota popular de la historia de Chile, cuya experiencia y al cabo de un tiempo su triunfal superación en alas de la renovada irrupción de su pueblo en política, templaron para siempre a sus protagonistas. Para enfrentar ésta y otras derrotas seguidas de nuevas resistencias y victorias, sostenidas siempre en la actividad política del pueblo, que sin duda sufrirán y podrán saborear en el futuro. Para volver a conducir o impulsar desde afuera del gobierno, el continuado progreso de la sociedad y el país, como lo han venido haciendo durante un siglo. Ello es inevitable, simplemente porque así es la vida de las personas y los pueblos.

El 16 de noviembre del año 2025, fecha que probablemente será denominada 16-N, junto al 22-S del plebiscito constitucional, serán recordadas como grandes derrotas, en ambas ocasiones el pueblo de Chile concurrió a las urnas a manifestar con su voto, en forma masiva e inapelable, a estas fuerzas políticas; su rechazo. Fue una más de la treintena de elecciones nacionales celebradas en el último quinquenio, pandemia mediante, con el mismo resultado; el rechazo. 

Todas desarrolladas con la emocionante disciplina, orden, tranquilidad y amabilidad colectivas; mismas cualidades cívicas que permitieron al pueblo derrotar la pandemia. Organizadas ambas de manera impecable por los servicios públicos respectivos, electoral y de salud, los que han logrado mantener y acrecentar así su bien notable legitimidad, en medio de una crisis política nacional. 

Es el mismo pueblo que, en forma menos amable, el 18-O irrumpió masivamente en el espacio político, en el Metro, en las calles, plazas y por doquier, a lo largo de todo el territorio; a manifestarle al sistema político; su rechazo, a la continuación de lo que esta coalición y otra de inspiración derechista pero con programas no muy diferentes, habían venido haciendo por treinta años; desde que el pueblo les confió la administración del Estado, organizado nuevamente como una democracia, tal como ha sido tradicional en Chile después de la Independencia. 

La democracia fue reconquistada por la precedente irrupción masiva en política de este mismo pueblo, la Rebelión Popular, conducida brillantemente en forma clandestina, formal e informal, por esta misma coalición política formidable, tras casi dos décadas de heroica resistencia primero y ofensiva popular masiva abierta después, desplegada en todos los terrenos, utilizando todas las formas de lucha, bien aprendidas, practicadas y ciertamente no olvidadas.

Al igual que sucedió desde el mismo día 11 de septiembre de 1973, la experiencia de este nuevo aporreo colectivo sufrido por esta coalición, debe estrechar aún más, de abajo a arriba, los fuertes lazos de sus protagonistas. Para reforzar así, aún más, el resistente tejido de experiencias conjuntas, buenas y malas, que ha hecho de esta coalición una fuerza política que sus propios adversarios reconocen como formidable.

Asimismo y al igual que entonces, corresponde a estas fuerzas políticas analizar con profundidad las causas de su derrota y corregir lo que es de su propia responsabilidad, pero sin permitir que ello altere en lo más mínimo sino, por el contrario, refuerce más aún, la solidez de su tejido. Ello se facilita porque este análisis es ya compartido en buena medida y no sólo por las fuerzas políticas que conforman esta coalición. Como ha advertido en recientes declaraciones a un medio internacional el presidente de uno de los partidos que acaban de ganar la elección, «si la derecha no puede cumplir con las demandas de los chilenos, entraremos en territorio desconocido en términos de frustración», dijo. «Lo que está en juego durante los próximos cuatro años es la fe de la gente en nuestro sistema político».  

Estas demandas ciertamente no se reducen a un listado de pequeñas reivindicaciones sino que requieren acabar con los grandes abusos que se originaron el 11 de septiembre de 1973. Mismos que no intentaron siquiera corregir los gobiernos de los “30 años” ni tampoco el que les siguió y que hoy termina. Todos realizaron sin duda muchas cosas en beneficio del pueblo y el país, pero ninguno se atrevió a enfrentar a los grandes abusadores y acabar con los mayores abusos. Muy por el contrario, todos estos gobiernos buscaron, explícitamente, ponerse de acuerdo con los grandes abusadores y como era de esperar, acabaron gobernando principalmente para ellos.

Mucho menos lo hará el gobierno que viene tras la derrota. De partida, al igual que hizo en el infame segundo proceso constitucional, quien lo dirige no se dará cuenta que el pueblo no votó por él sino en contra del sistema político. Por añadidura, no sólo no tocará a los grandes abusadores ni con el pétalo de una rosa sino que gobernará abierta y descaradamente para ellos, puesto que son los mecenas que los han prohijado y a quienes sirven fielmente a sueldo. 

De manera cobarde y canallesca, buscarán en cambio desviar la justa ira del pueblo contra los grandes abusadores y el sistema político en general, hacia los inmigrantes, grupo minoritario muy respetable y necesario que por primera vez en la historia constituye una parte significativa del pueblo trabajador de Chile. Este nuevo abuso miserable contra una parte hermana, diferente y más débil, del pueblo trabajador de nacionalidad chilena, debe ser impedido a todo trance.

Todo lo anterior se agrava por el terremoto geopolítico internacional en curso por estos precisos días. La principal potencia global se ha visto forzada a replegarse tras reconocer la nueva realidad en la correlación de fuerzas mundial, producto del gradual pero inevitable avance del mundo emergente, cuyos principales protagonistas han alcanzado ya un poderío comparable a las potencias que por tres siglos han hegemonizado al mundo entero, simplemente porque accedieron antes al moderno modo de producción. 

La principal potencia en retirada estratégica pretende enfrentar a sus nuevos rivales de mejor manera afirmando su hegemonía sobre el “hemisferio occidental”, que incluye a América Latina, sobre la cual y sus recursos han resuelto poner en práctica su vieja doctrina de “América para los americanos”, rebautizada oficialmente como “Monroe-Trump”. Han declarado que se proponen asegurar esa hegemonía mediante intervenciones directas, como la que hoy dirigen contra Venezuela y también mediante lacayos locales como el que inspira y apadrina al flamante presidente electo de Chile.

La formidable coalición democrática y progresista ayer derrotada debe asumir rápidamente esta nueva situación estratégica y proponerse defender asimismo y por sobre todo la soberanía nacional así gravemente amenazada, estableciendo en la región y en el mundo emergente las alianzas sólidas que hoy resultan indispensables para enfrentar el riesgo que este giro de la principal potencia representa para la seguridad nacional de Chile. 

Para recuperar la confianza del pueblo, la formidable coalición democrática y progresista chilena debe asumir plenamente asimismo lo que hace un siglo reclamaba con elocuencia y sin que nadie le hiciera entonces mucho caso, el Presidente Arturo Alessandri Palma: “no hay excepción a la ley de la historia que conduce a los pueblos a la hecatombe cuando postergan las reformas necesarias”.

Para ello debe superar el cretinismo político que la ha venido afectando por décadas y asumir nuevamente su condición revolucionaria que le permitió conducir las grandes irrupciones masivas del pueblo trabajador en política durante el siglo XX. No debe olvidar nunca más que la necesidad de tal partido revolucionario del pueblo trabajador se funda hoy y continuará haciéndolo por mucho tiempo, en el hecho bien evidente que, a cada tanto, las revoluciones sociales suceden. 

La Revolución Social

El libro referido es un esfuerzo por ayudar en ese proceso político, resumiendo y reafirmando la plena vigencia de estos conceptos centrales de la ciencia política e ilustrarlos con las grandes irrupciones del pueblo trabajador de Chile en ese espacio. 

Las revoluciones sociales suceden. Son la manera en que el pueblo trabajador se hace respetar por “los grandes” (Maquiavelo 1513). Constituyen la expresión culminante de la base esencial de la actividad política de las sociedades humanas. Constituyen “la fuerza directamente propulsora de la historia” (Harnecker 1985), pues permiten resolver en un sentido de progreso las continuas pugnas entre fracciones de “los de arriba” (Harnecker 1985), en favor de aquellas dispuestas a realizar las reformas necesarias para el continuado progreso de cada sociedad en el momento que ocurren. 

Las revoluciones sociales suceden. Son la culminación de los ciclos de actividad política del pueblo, los que se suceden periódicamente unos a otros en todas y cada una de las sociedades y en todas épocas a lo largo de toda la historia. Estas grandes corrientes de actividad política popular no siguen nunca una trayectoria suave y rectilínea sino que avanzan a través del oleaje de constantes flujos y reflujos, avances y retrocesos, victorias y derrotas. 

Los ciclos que se suceden durante los períodos de transición de una época histórica a la que le sigue, en cada sociedad determinada, conforman allí su “era de revoluciones”; las que no sólo incluyen gloriosas victorias sino también trágicas derrotas y períodos de reacción y restauración, los que más temprano que tarde son aventados por nuevas revoluciones; que les distinguen de los ciclos y sus correspondientes revoluciones que ocurren a lo largo de cada época histórica. Entre las revoluciones en que culminan los ciclos ocurridos durante las eras de revoluciones, hay una que los pueblos que las realizan y surgen de ellas transmutados, distinguen como la madre que los parió, la llaman su Revolución y la escriben con mayúscula; aunque usualmente se toman su tiempo en hacerlo.

Aunque los ciclos de actividad política popular son propios de cada formación social en forma singular, presentan asimismo cierta sincronía en la medida que fenómenos globales las afectan a todas. Si  bien cada ciclo de actividad política popular puede durar algunas décadas, las eras de revoluciones en cada sociedad determinada se extienden a lo largo de medio siglo o más. Dichas eras no suceden simultáneamente en todos los países y regiones, sino en unas primero y en otras después, de modo que la transición de una época y modo de producción al que le sigue en la historia siempre se extiende a lo largo de varios siglos. 

El texto referido hace estas y otras constataciones acerca de la revolución social, después de que el curso pesado de la historia se impusiera —a fines del siglo XX y también mediante irrupciones masivas del pueblo trabajador en el espacio político— al asalto al cielo intentado por los Bolcheviques, de brincar por encima de una época y un modo de producción completo; reafirmando así el aserto clásico que ninguna época deja paso a la que les sigue en la historia mientras no hayan dado de sí todo lo que pueda dar, en la humanidad en su conjunto alrededor de todo el planeta. 

La transición desde los viejos señorialismos agrarios a la modernidad urbana, mercantil y burguesa, es un proceso que recién se encuentra a medio camino, su caprichosa trayectoria alrededor del planeta a lo largo de tres siglos es iluminada por los fogonazos de las grandes Revoluciones Modernas. Cuando se complete y ésta época haya dado de si lo que puede dar, sin duda dejará paso a una nueva sociedad donde las clases antagónicas se acaben, junto la explotación del hombre por el hombre y la prehistoria de la humanidad. Ello sin duda será impulsado por la última de las eras de revoluciones de clases, conducida por partidos revolucionarios del pueblo trabajador.

El Partido Revolucionario del Pueblo Trabajador de Chile

Las revoluciones suceden pero no son fenómenos naturales ni mecánicos. Muy por el contrario, constituyen la más elevada manifestación de la acción colectiva de millones de seres humanos y engendran fuerzas políticas que conscientemente las conducen. 

La ocurrencia misma de las revoluciones, así como su carácter y el curso del ciclo de actividad política popular, ciertamente comprenden en forma esencial los estados de ánimo colectivos, sin embargo, son fenómenos objetivos en el sentido que están determinados por fuerzas que exceden la capacidad de control de personas o grupos de personas. No obstante, las revoluciones sociales también engendran fuerzas políticas revolucionarias, cuya acción consciente es capaz de incidir levemente en su trayectoria y pueden eventualmente determinar su desenlace; estas constituyen su factor subjetivo (Harnecker 1985).

Sea cual sea la forma, entre las muchas y muy variadas que asume y las ideas que la inspiran, dicha fuerza política cumple el papel del pequeño timón en un pesado transatlántico que, sostenido con acierto y firmeza, puede incidir en forma leve  y lentamente modificar gradualmente su trayectoria. Pero ello puede resultar suficiente para evitar trágicas colisiones y conducirlo a puerto, sano y salvo.

El partido revolucionario del pueblo trabajador de Chile, es decir, la fuerza política que ha conducido sus sucesivas irrupciones masivas en este espacio, nunca ha sido un único partido político, tampoco un grupo guerrillero, una institución religiosa o un caudillo. El partido revolucionario del pueblo trabajador de Chile siempre ha sido una amplia coalición de partidos políticos progresistas y revolucionarios, que representan a diferentes sectores sociales y se inspiran en ideologías políticas y concepciones del mundo muy diversas. 

Todos esos partidos han participado regularmente en el sistema político en sus diversas instancias, aprovechando el carácter singularmente democrático del Estado que es un rasgo secular del mismo en Chile, originado probablemente en la inexistencia secular de grandes señoríos en este magro y accidentado territorio.

Sin embargo, durante las sucesivas crisis políticas nacionales, es decir, en las principales situaciones revolucionarias del siglo XX, estas amplias coaliciones de partidos políticos han logrado ser hegemonizadas por liderazgos revolucionarios del pueblo trabajador, han asumido como propio su programa mínimo y lo han impulsado en cada coyuntura con la determinación heroica que sella el legado universal del Presidente Salvador Allende.

En tiempos normales, en cambio, a lo largo de un siglo y más en el caso de algunos, todos estos partidos han participado activamente en el sistema democrático chileno. Los principales formaron parte asimismo, en varios momentos, de gobiernos progresistas que dirigieron el país en distintos períodos. Estos gobiernos tuvieron poco o nada de revolucionarios ni corresponde que lo fueran, puesto que asumieron en fases de baja o nula presencia masiva del pueblo en política, como sucede a lo largo de la mayor parte del ciclo de participación popular en política. 

Es decir, se trata de partidos políticos democráticos progresistas, generalmente de definición social demócrata y, en el caso de Chile, demócrata cristiana. Similares a los que han conducido los principales Estados modernos a lo largo de la mayor parte de su existencia, en los países que accedieron en forma pionera a esta época histórica.

Con una excepción significativa a lo largo del siglo XX: el Partido Comunista de Chile (PC). Este partido más que centenario es de raíz auténticamente popular. Fue fundado en 1912, inicialmente como Partido Obrero Socialista, denominación que modificó a Partido Comunista en 1920, por un hombre del pueblo, Luis Emilio Recabarren (1876-1924). El PC siempre ha asumido un programa máximo declaradamente anticapitalista y ha sido sin duda un partido revolucionario profesional del pueblo trabajador, en el sentido más arriba definido.

El PC ha participado activamente en el sistema político democrático chileno desde su creación en 1912. Logró usualmente una representación parlamentaria respetable y en ocasiones significativa y ha dirigido muchos gobiernos locales, participando regularmente en casi todos. Todo ello no obstante haber sido objeto de diversas persecuciones, incluyendo más de tres décadas de ilegalidad y clandestinidad, una a mediados del siglo pasado y dos tras el golpe de 1973. A ello se suman dos décadas de exclusión del sistema democrático posterior a la dictadura, a cuya recuperación ningún partido contribuyó más que el PC.

Sin embargo, durante todo el siglo XX, participó en el gobierno de modo determinante sólo en una ocasión: en el gobierno de la Unidad Popular (UP), encabezado por el Presidente Allende, que condujo la Revolución Chilena. 

Como ha sido recordado por estos días, en el marco de la lucha antifascista global durante la Segunda Guerra Mundial, el PC contribuyó asimismo, decisivamente, a la formación del Frente Popular en Chile. Tuvo asimismo una participación menor en los tres gobiernos de esa coalición, desde fines de los años 1930 y hasta el término de la Segunda Guerra Mundial e inicio de la Guerra Fría. En esta última circunstancia y bajo presión estadounidense, el PC fue puesto fuera de la ley durante más de una década, por uno de los presidentes que había contribuido decisivamente a elegir.

En cambio, en el siglo XXI el PC sí ha participado de modo relevante en dos gobiernos post dictatoriales. Su presidente, Guillermo Teillier, resaltó que el primero de estos fue el único gobierno del cual el PC participó hasta su término legal, sin perjuicio que esa coalición fuera desplazada entonces por un gobierno de centro-derecha. En el gobierno actual, el PC ha tenido su presencia más significativa desde el gobierno del Presidente Allende y sin duda va a completar nuevamente el período presidencial.

Todas las fuerzas que conformaron el partido revolucionario del pueblo trabajador durante el siglo XX, han participado plenamente en gobiernos de “los 30 años”, incluido el PC, que han tenido un papel preponderante en la coalición de gobierno actual. 

Sin duda, los dos gobiernos en que el PC ha participado en este período han hecho muchas cosas positivas en interés del pueblo pero, ciertamente, ninguno de estos se ha declarado ni menos actuado como una conducción revolucionaria. Como sí lo hizo, en cambio, el gobierno del Presidente Salvador Allende. A pesar de que tanto aquel gobierno como el actual fueron elegidos y se desenvolvieron en medio de una fase desplegada de participación del pueblo trabajador en política; ambos asumieron en medio de una crisis política nacional.

Por su parte, el conjunto de nóveles partidos surgidos de las movilizaciones estudiantiles de la segunda década de este siglo y hoy agrupados en el Frente Amplio, que en el año 2021 logró que uno de sus principales liderazgos, el joven exdirigente estudiantil Gabriel Boric, fuera elegido Presidente de la República, cometió el error estratégico garrafal de pretender gobernar como en los años 1990, en circunstancias que el país atraviesa ahora una profunda crisis política nacional.

El Presidente Boric es un político joven, culto y reflexivo, que ha justificado recientemente esa decisión en el hecho que, en las elecciones parlamentarias de noviembre de 2021, celebradas en conjunto con la primera vuelta presidencial en la que él pasó a segunda vuelta en segundo lugar tras el candidato de extrema derecha que hoy es presidente electo, las fuerzas políticas de derecha y extrema derecha lograron la mitad de la Cámara de Diputados y una leve mayoría en el Senado (Boric 2025). 

Eso es verdad, sin embargo, ese razonamiento no aprecia el factor más importante, que es la fase del ciclo de actividad política popular en la que le corresponde asumir. En efecto, la elección misma del Presidente Boric fue posible precisamente porque se dio en el marco de la crisis política nacional desplegada el 18-O y él fue la figura central en la foto del acuerdo del 15-N, que intentó abrir un cauce democrático para resolverla. 

Es decir, Boric asume exactamente en la situación opuesta a la que asumió Aylwin en 1990, cuando el ciclo de actividad política popular se retrajo por largo tiempo tras su masivo despliegue en todos los terrenos durante los años 1980, una irrupción heroica y en lo principal victoriosa porque acabó con la dictadura. Sin embargo, Boric se convence de actuar igual que Aylwin.

La gran lección de la Unidad Popular y del Presidente Allende, fue justamente comprender que asumen el gobierno en una situación revolucionaria, lo que se reflejaba acertadamente en su programa mínimo de 40 medidas. Empezaron a ponerlas en práctica de inmediato y sin vacilar un instante, ejerciendo a fondo las amplias atribuciones del poder ejecutivo. A pesar de haber ganado Salvador Allende la elección presidencial por un margen mínimo, con apenas un tercio de la votación nacional y haber asumido tras un intento fallido de golpe de Estado gatillado desde los EE.UU. 

El Gobierno Popular demoró apenas 57 días en presentar la ley de nacionalización del cobre a un Parlamento en el cual no contaba con la mitad de los escaños, como Boric, sino sólo un tercio de los mismos. El resultado es conocido, con el apoyo desplegado del pueblo, dicho proyecto fue aprobado seis meses después por la unanimidad del Parlamento. Algo parecido sucedió con todos los otros aspectos del programa mínimo de 40 medidas (CENDA 2023).

Desde el 18-O, la participación masiva del pueblo de Chile en política atraviesa su etapa desplegada a lo largo de los últimos seis años. A través de una pandemia aterradora, la que derrotó con la extraordinaria disciplina que exhibe cuando se lo propone, con una conducción política flexible por parte del sistema democrático en su conjunto, la que incluyó reformas como la Pensión Garantizada Universal (PGU) y especialmente los “retiros 10%” de fondos AFP, que transfirió desde los grandes grupos financieros a millones de personas trabajadoras afiliadas a dicho sistema, el equivalente a medio año de salarios. A lo largo de estos años, el pueblo ha participado masivamente en una treintena elecciones nacionales, en todas las cuales ha manifestado su rechazo creciente al actual estado de cosas.

La gran tarea política de hoy es reconstruir de inmediato una fuerza política popular, nacional y antiimperialista, democrática y revolucionaria que, encauzando la inmensa energía de un pueblo trabajador que ha irrumpido en espacio político, enfrente a los poderosos y realice las reformas necesarias. Es decir, esa fuerza política debe persuadirse del programa mínimo del pueblo trabajador e impulsarlo con la determinación del presidente Salvador Allende.

En concordancia con la historia política chilena, dicha fuerza política no puede ser otra que una basada en la amplia coalición que fue derrotada votando Apruebo en el primer plebiscito constitucional, resultó ampliamente victoriosa votando En Contra en el segundo realizado pocos meses después y fue derrotada el 16-N —en todos estos casos con voto obligatorio. Es la misma coalición que condujo la Revolución Chilena por una inédita vía democrática y luego, ampliada con la DC, derrotó a la dictadura conduciendo la Rebelión Popular en los años 1980. 

Sin embargo, para ello resulta indispensable que esta fuerza política formidable, como la ha calificado El Mercurio, sea persuadida de asumir la conducción de la actual irrupción masiva del pueblo en el espacio político y realice las reformas necesarias para acabar con los abusos que se iniciaron el 11 de septiembre de 1973, con la determinación del Presidente Allende.

Esta coalición, que con su participación y conducción de casi todos los gobiernos de “los 30 años”, a los que se suma el gobierno actual, que al postergar sucesivamente las reformas necesarias condujeron al sistema político democrático a su hecatombe actual, no se va a convencer de hacer las cosas de otro modo con buenas palabras o argumentos, por elocuentes y certeros que sean. Sólo hechos políticos categóricos como la reciente derrota y la agresión imperialista en curso son capaces de convencerles. 

En tiempos de crisis política como estos suceden cosas extraordinarias. La historia se acelera. Como en Chile tras el 18-O puede suceder en treinta días lo que no aconteció en treinta años. Como en Chile en 1970, cuando en tres años se realizaron transformaciones irreversibles que en tiempos normales demoran siglos. 

Junto a todo lo anterior, desde luego, los partidos revolucionarios del pueblo trabajador se sumarán siempre, junto a otras fuerzas políticas, en apoyo decidido a todas las causas nobles y progresistas de cada momento, nacionales y mundiales. La principal entre estas, sin duda, será lograr que la época de transición a la modernidad que vivimos a nivel global, pueda desarrollarse en paz, evitando los horrores en que culminó en la ilustrada Europa, el primer continente donde se completó. 

La dedicación a la actividad revolucionaria profesional constituye la forma más elevada de la actividad política y esta por su parte es la más noble e imprescindible de las actividades humanas, puesto que el resultado de su acción puede determinar el curso de la acción colectiva y determinar así el destino de millones.

 

Manuel Riesco, 13 de enero del año 2025



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Manuel Riesco

Economista. Vicepresidente de Cenda

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