
La derecha abusa impúdicamente de la mentira como estrategia política
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Hace algunos años atrás, alertábamos sobre el uso y abuso de la mentira en la política que realiza la derecha y, especialmente, la ultraderecha (La mentira como forma de acción política). Podríamos hacer un largo inventario de mentiras que se han difundido en este último periodo por parte de los representantes de la extrema derecha en Brasil y en el mundo. En efecto, la versión conservadora radical de la derecha ha venido utilizando la mentira no solo para engañar a los ciudadanos y electores, sino que sobre todo lo ha hecho con la finalidad de perturbar los hechos, construir una realidad paralela y desarticular a los adversarios.
Tal como nos advierte el sociólogo brasileño Jessé Souza en su libro El pobre de derecha, “la mentira es un arma de guerra utilizada no solamente contra el enemigo de ocasión, sino con la finalidad de adolecer a la sociedad como un todo, llevándola a un estado de guerra latente y así quebrar todos los acuerdos morales implícitos sobre los cuales se apoya la vida social”. No se trataría en este caso de un simple recurso marginal, sino de una técnica sistemática de dominación simbólica.
Cuando Trump anuncia el secuestro del presidente Maduro, debido a que sería un narcoterrorista y liderar el Cartel de los Soles, la verdad se deturpa de una forma tan grosera que la mayoría de las personas con algún grado de apego a la realidad quedan perturbadas o paralizadas con esas mentiras. Luego, el propio Departamento de Justicia vino a desmentir esa versión que justificó el secuestro diciendo que Nicolás Maduro es más bien parte de una cultura de la corrupción presente en el régimen venezolano.
El aspirante a tirano planetario se ha dedicado a mentir persistentemente para sus seguidores y el resto del mundo, tanto así que en su primer mandato el Washington Post se dio el trabajo de contar el total de mentiras esparcidas durante su gestión de 4 años y llegó a establecer la escalofriante cifra de 25 mil falsedades diseminadas por Trump durante ese breve periodo. La repetición constante y progresiva de afirmaciones falsas por parte de Trump y sus asesores, evidencia que el objetivo de tergiversar los hechos, no busca convencer racionalmente, sino por el contrario, polarizar, saturar y confundir. Como señalaba Hannah Arendt, cuando todo parece mentira, nada puede ser refutado.
La extrema derecha mundial utiliza la mentira para desprestigiar la política misma, especialmente aquella política que busca los cauces democráticos como vía para expresar las opiniones y propuestas del conjunto de la comunidad. La idea de que todos los políticos son corruptos es la fórmula común manoseada por figuras como Jair Bolsonaro, Javier Milei, Juan Antonio Kast o Nayib Bukele, solo por mencionar a algunos de esta parte del mundo. Sus visiones radicales convergen en la idea de que la democracia no sirve para administrar las diferencias existentes en las sociedades y que los derechos humanos solo terminan protegiendo a los delincuentes. Se atribuyen la cualidad de anti políticos y finalmente se transforman en lideres autoritarios que utilizan la violencia y la represión contra quienes piensan diferente.
En ese contexto, se encargan invariablemente de producir enemigos ficticios, hacia los cuales depositan todo su odio y su desprecio. Ese enemigo es deshumanizado y transmutado en un riesgo para una supuesta paz y armonía social. Son los migrantes, las feministas y su ideología de género, las minorías sexuales, los sindicatos, las organizaciones ambientalistas, los movimientos indígenas, los estudiantes, los partidos de izquierda, los intelectuales críticos, o inclusive en el caso de Brasil, los ministros de la Corte Suprema.
Utilizan los medios de comunicación y las redes sociales para diseminar ataques y construir escenarios artificiales. Este verdadero ecosistema comunicacional apela a sentimientos de rabia, impotencia y resentimiento para atraer seguidores entre segmentos vulnerables de la sociedad: los trabajadores precarizados, los miembros de familias desintegradas, los individuos frustrados por falta de oportunidades. Invocan lemas fáciles de aprender como Dios, familia y Patria para seducir a auditorios carentes de identidad y sin reconocimiento. Con mensajes emocionales, breves y agresivos han sido capaces de seducir a masas de electores hacia promesas de realización, prosperidad y auto emprendimiento que se mostraron completamente vacías, pero que siguen generando esperanzas entre los desesperados.
Naturalizan la mentira y transforman fenómenos o situaciones falsas en verdades. Para ello se apoyan en un axioma enunciado brevemente por el sociólogo estadounidense William I. Thomas que señaló hace casi un siglo que “si una situación es definida como real, ella es real en sus consecuencias”. Este teorema revela el alto potencial que puede tener una creencia para determinar el comportamiento de las personas sin necesidad de contar con evidencias demostrables. De este modo, los embustes proferidos incansablemente son capaces de crear realidades para quienes las escuchan y la frontera tenue entre la verdad y la pos verdad oculta los hechos como ellos son. La extrema derecha difunde la narrativa de que existen muchas verdades, creando un manto de incertidumbre y desconfianza generalizada entre los ciudadanos. Así, la verdad deja de ser un terreno común y se vuelve una trinchera más, favoreciendo a aquellos que poseen mayor poder comunicacional y control de los medios.
La mentira ha provocado una simplificación grotesca de la complejidad de la vida política, económica, social y cultural de los países. El discurso sobre la meritocracia se ha transformado en la gran falacia de estos tiempos y los gurús de la ultraderecha se han dedicado a difundir que las capacidades y destrezas se encuentran distribuidas equitativamente en la humanidad, es solo querer y proponerse ser un triunfador para alcanzar el éxito en la vida.
En última instancia, la mentira cumple la función de ocultar lo que muchos no pueden observar por su mayor complejidad, es decir, que existen relaciones de dominación que configuran formas de desigualdad estructurales que no es posible contornar sin enfrentar directamente a las elites que concentran la riqueza y el poder, junto con las formas de racismo, clasismo y opresión patriarcal que le dan sustento a esa hegemonía. La mentira por lo tanto no es un error, es una estrategia de conservación del orden social.
La mentira en tiempos del bolsonarismo
En Brasil, el bolsonarismo se convirtió en un verdadero laboratorio de la mentira como forma de hacer política. No solo por medio de centenares de noticias falsas, sino especialmente por constituir un camino sistemático para transformarse en una fuerza dominante por medio del convencimiento de que la composición de partidos y la política llevarían inevitablemente a la destrucción del país. Así, una de las principales banderas de campaña del ex capitán, lo situaba como un político antisistema, que enfrentaría la corrupción y la inmoralidad de la clase política, acabando con el fisiologismo representado por los partidos del “Centrão”. Todo engaño para los electores. Al final Bolsonaro fue el mejor cómplice de dicho conglomerado y durante su mandato se produjo el mayor repase de recursos a los parlamentarios que condicionaron su apoyo a ese gobierno retrogrado. Por medio de una serie de transferencias desde el gobierno central hacia legisladores corruptos -el nefasto “presupuesto secreto”- la ultraderecha estuvo a punto de conseguir reelegirse para un segundo mandato.
Anteriormente, Bolsonaro se había aprovechado de la crisis sistémica heredada del gobierno ilegitimo de Michel Temer para crear la falsa ilusión de que un “antipolítico” pudiera sacar al país del atolladero en que se encontraba. Y por cierto fue capaz de unificar un bloque social heterogéneo que había emergido en las manifestaciones de 2013, aglutinando el malestar y el hartazgo acumulado con expresiones de odio y virulencia contra el Estado, la política y los políticos. Electo a fines de octubre de 2018, el (des)gobierno de Bolsonaro fue una sucesión infinita de horrores y destrucción de las políticas públicas en todos los ámbitos del acontecer nacional. En el plano de la salud, fue el principal instigador del negacionismo de la pandemia causada por el Coronavirus, provocando decenas de muertes adicionales por demorar la compra de las vacunas necesarias para enfrentar dicho flagelo. También fomentó la tala ilegal de árboles en Amazonia, Mata Atlántica, Serrado y otros ecosistemas con efectos gravísimos sobre el medioambiente. Descontinuó o extinguió programas de combate al hambre de los gobiernos anteriores, colocando a Brasil de nuevo en el Mapa del Hambre. Aumentó considerablemente la pobreza y la extrema pobreza que había sido disminuido drásticamente durante las administraciones del Partido de los Trabajadores. Fomentó el uso de armas entre la población y estimuló el uso desmedido de la violencia por parte de las fuerzas policiales. Al final de su mandato, refutó ante embajadores de muchos países la idoneidad de las urnas electrónicas y, por último, desconoció el resultado de las elecciones de 2022, tratando de infringir un Golpe de Estado con sectores de las Fuerzas Armadas, Policiales y agrupamientos radicales acampados frente al Cuartel General del Ejército en Brasilia. Por este motivo, se encuentra condenado a 27 años y 3 meses de reclusión.
En la actualidad, los abogados de Bolsonaro mienten descaradamente cuando dicen que Bolsonaro nunca intentó cuestionar los resultados de las elecciones en que fue perdedor y que las conversaciones claramente sediciosas mantenidas en el departamento del General Braga Netto no pasaban de una conversación entre amigos en un bar. Además, argumentan sus defensores, si el Golpe de Estado no se consumó, mal podrían culpar al ex capitán de ser el líder de una organización criminal que se articulaba para obtener algo que finalmente no logró su objetivo. O sea, el intento de algo que fracasó no sería crimen de acuerdo a estos profesionales del derecho. Un argumento demasiado burdo que, a pesar de todas las pruebas en contrario, todavía es asumido como verdadero por una parte significativa de los brasileños.
Pero al final las mentiras caen por su propio peso. Es solo ver el destino patético de Jair Bolsonaro, aquel personaje que aparecía como el “mito”, el macho alfa siempre empuñando un fusil para enfrentar el peligro rojo; el presidente que decía que el Covid 19 era solo una gripecita o resfriadito y que su histórico de atleta lo dejaba inmune; el gobernante impiedoso que descalificaba a la población que lloraba a sus muertos porque él no era sepulturero; el sujeto grosero que afirmaba que Brasil tenía que dejar de ser un país de maricas, etcétera, etcétera. Pues bien, este mismo ser nefasto se queja hoy en día porque se encuentra detenido en dependencias de la Policía Federal con todas las regalías de un ex presidente. Exige prisión domiciliaria debido a que no consigue dormir, se cae de la cama y vive constantemente aquejado por el hipo y la acidez estomacal.
Ese es el Bolsonaro real, un cobarde disimulado que nunca asumió responsablemente sus opiniones, su índole despótica, su conducta siniestra y su falta de empatía por los otros. A esta altura, con todo lo que se sabe, la extrema derecha brasileña sigue apoyando a Bolsonaro y su clan, mintiendo sobre su historia de pésimo militar y su biografía de político mediocre. Su hijo Flavio ha tomado el bastón de reemplazo, pero una parte mayoritaria del país dejó de creer en el mito fabricado y se depara con el hombre real sin cualidades, en el embuste que crearon sus propagandistas, en el personaje que representa finalmente la síntesis del falsario oportunista que se aprovechó de la conspiración jurídica-política perpetrada por la extrema derecha contra el actual presidente Lula da Silva, que resistió con dignidad y sabiduría la condena que le fue aplicada injustamente.
Fernando de la Cuadra





