Poder y Política Portada

Operación fractura: cómo la derecha y sus aliados buscan dividir al Partido Comunista

Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 46 segundos

La derrota de Jeannette Jara frente a José Antonio Kast no cerró el ciclo político del oficialismo: lo abrió. Y lo abrió en un terreno complejo, áspero y profundamente estratégico. A menos de un mes del cambio de mando, el debate ya no es solo cómo reconstruirse tras la derrota, sino qué tipo de oposición emergerá frente a un gobierno que no es de derecha tradicional, sino de ultraderecha declarada.

En ese contexto, el Partido Comunista se ha convertido en el epicentro de una operación política y mediática que no puede leerse como un simple conflicto interno. Ex Ante, La Tercera y El Mostrador —medios de distinto origen pero coincidentes en este punto— han instalado una narrativa: el PC está fracturado, enfrenta una “caza de brujas”, vive un ajuste de cuentas entre “ortodoxos” y “borichistas”, y podría sufrir un quiebre estructural.

Demasiada coincidencia.

La operación: fracturar para debilitar

El portal Ex Ante, identificado con posiciones de ultraderecha, enfatiza la disputa entre Daniel Jadue y los ministros comunistas Camila Vallejo, Nicolás Cataldo y Jaime Gajardo. Subraya la idea de “disidencia debilitada”, habla de rearticulaciones futuras y pone el foco en el rol opositor frente a Kast. El mensaje es claro: el PC estaría al borde de una ruptura entre una línea más dura y otra más institucional.




La Tercera refuerza esa lectura, destacando los reproches públicos de Daniel Núñez a Jadue y sugiriendo un clima de deterioro interno. El Mostrador, desde una vereda distinta pero convergente, habla incluso de “purga”, “chistka”, “vieja guardia versus borichismo” y reabre la discusión sobre Cuba como detonante ideológico.

Tres medios, tres énfasis distintos, pero una misma dirección: agitar la interna comunista.

¿Por qué ahora?

Porque el Partido Comunista, junto al Frente Amplio, podría transformarse en el núcleo de una oposición dura frente al gobierno de Kast. Y eso es precisamente lo que ciertos sectores buscan evitar.

El quiebre previo: Socialismo Democrático toma distancia

El contexto es clave. Hace semanas el Socialismo Democrático —Partido Socialista y PPD principalmente— marcó un quiebre con el Frente Amplio y el PC al definir su rol opositor. La fórmula fue clara: “oposición constructiva”.

La expresión no es inocente. En la práctica significa disposición a negociar con el gobierno de Kast en determinadas materias.

Pero aquí surge la pregunta central: ¿qué espera la ciudadanía que votó por Jeannette Jara?

Cinco millones de personas respaldaron una candidatura que enfrentó a la ultraderecha en una elección polarizada. No votaron por una moderación negociada. No votaron por una cohabitación institucional con un proyecto que ha reivindicado explícitamente el legado pinochetista, que habla de “gobierno de emergencia”, que prepara una agenda de shock en seguridad, migración y recortes fiscales, y que ya ha anunciado que responsabilizará al gobierno saliente de todos los males estructurales.

En ese escenario, una “oposición constructiva” puede transformarse rápidamente en una oposición funcional.

Kast no es Piñera

Hay un punto que parece olvidarse en ciertos análisis: Kast no es Sebastián Piñera. No representa a la derecha liberal-conservadora clásica. Representa una derecha ideológica, identitaria, que se articula internacionalmente con Viktor Orbán, Giorgia Meloni y el ecosistema de las derechas radicales.

Su discurso en Bruselas, donde atacó al “feminismo ideológico”, al “ambientalismo extremo” y al “indigenismo radical”, no fue retórico. Fue programático.

El 11 de marzo no comienza un gobierno conservador tradicional. Comienza una administración que se asume como cruzada cultural.

Y frente a eso, la ciudadanía que votó por Jara difícilmente espera matices diplomáticos.

La disputa por el liderazgo opositor

Aquí aparece la tesis central: quien ejerza una oposición real, coherente y firme frente al gobierno de Kast será quien capitalice políticamente el descontento que inevitablemente generarán sus medidas.

Porque el programa ultraconservador no será neutro. Tendrá costos sociales. Habrá conflictos en derechos laborales, en políticas sociales, en memoria histórica, en libertades civiles.

Y cuando eso ocurra, la oposición no se jugará solo en el Congreso. Se jugará en la calle.

Si el Socialismo Democrático opta por acuerdos sistemáticos, el espacio para una oposición más confrontacional será ocupado por el Frente Amplio y el Partido Comunista.

Por eso el foco sobre el PC no es casual.

El PC bajo presión

Las tensiones internas existen, como en cualquier partido que ha gobernado y ha sufrido una derrota. Pero transformarlas en un relato de fractura terminal cumple un objetivo político: debilitar al actor que podría encabezar la oposición más consistente frente a Kast.

La discusión sobre Cuba, el rol de Jadue, las críticas a los ministros, todo ello es elevado a categoría de crisis estructural.

Lo que está en juego no es solo la línea internacional del PC. Es quién conduce la oposición en los próximos cuatro años.

Un PC fracturado, dividido entre “renovados” y “ortodoxos”, sería un actor menos eficaz. Un PC cohesionado y articulado con el Frente Amplio, en cambio, podría transformarse en el eje de una oposición nítida.

¿Negociación o confrontación?

El dilema de fondo es político y estratégico: ¿se puede negociar con un gobierno que busca retroceder en derechos y redefinir el consenso democrático?

La historia reciente muestra que cuando la ultraderecha gobierna, la ambigüedad suele ser castigada electoralmente. Las oposiciones tibias pierden credibilidad.

No se trata de rechazar todo por principio. Se trata de comprender la naturaleza del adversario.

Si Kast impulsa recortes sociales, endurecimiento penal selectivo, debilitamiento de políticas de género o relativización del pasado dictatorial, la respuesta no puede ser meramente técnica.

Debe ser política.

El beneficiado final

Es probable que en los primeros meses el Socialismo Democrático busque marcar perfil propio, distanciarse del PC y proyectarse como alternativa moderada para el próximo ciclo electoral.

Pero el tiempo político no se mide solo en declaraciones.

Si el gobierno de Kast radicaliza su agenda y genera conflictividad social, la oposición que se perciba como genuinamente enfrentada a ese proyecto será la que acumule legitimidad.

En ese escenario, quien ejerza una oposición real —no testimonial, no negociada, sino estructural— será quien capitalice el malestar.

Y esa oposición, hoy por hoy, parece estar más cerca del eje PC–Frente Amplio que de quienes apuestan por la “constructividad”.

La disputa no es menor. No es solo una pelea interna de partido.

Es la batalla por el liderazgo moral y político frente a un gobierno que se asume heredero ideológico de una tradición autoritaria.

Y en esa batalla, los intentos de fractura no son ingenuos.

Son estratégicos.

La pregunta es si el Partido Comunista resistirá la presión externa e interna y logrará definir una línea clara.

Porque en política, cuando se enfrentan proyectos de sociedad antagónicos, la claridad suele pesar más que la moderación.

Y la ciudadanía que votó contra Kast lo sabe.

Paul Walder



Foto del avatar

Paul Walder

Periodista

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *