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Argentina y el último golpe de Estado: 50 años son nada

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Reza el tango de Le Pera que «Veinte años no es nada, que, febril la mirada, / errante en las sombras te busca y te nombra…”, poema que resuena mientras se piensa que para ciertos desgarros el paso del tiempo a veces no resulta en sanación. Así, este 24 de marzo se cumplen 50 años del último golpe de Estado en Argentina, que devino en la dictadura encabezada por una Junta Militar, primero liderada por Videla, de 1976 a 1983.

A medio siglo de ese hecho, es importante resaltar sus rasgos y efectos centrales. Ahí destaca lo siguiente: la asonada militar contra Estela Martínez de Perón no fue singular, sino que profundizó una inercia iniciada en 1954 con el golpe a Árbenz, en Guatemala, donde élites latinoamericanas, en consonancia con la política de contención anticomunista de Estados Unidos, buscaron replegar proyectos desarrollistas, aunque no fueran comunistas.

También, el golpe en Argentina consolidó otra etapa en ese proceso, porque con el pinochetismo ―que había tenido vínculo con grupos violentos de ultraderecha argentinos previos a 1976, como la Triple A― dieron pábulo a la Operación Cóndor, que formalizó la coordinación entre varias dictaduras para efectuar una represión selectiva trasnacional. La brutalidad de Pinochet y de la Junta argentina ―que se ensañó incluso contra adolescentes y recién nacidos― acumuló el mayor número de muertos, desaparecidos y crímenes en los sangrientos registros de los regímenes militares del Cono Sur en la segunda mitad del siglo XX, lo que contribuyó a su desprestigio internacional.

El rasgo ideológico de esa dictadura argentina ―vinculado al anticomunismo geopolítico de la Guerra Fría― fue, como señala Ernesto Semán, contener una “agresión marxista y populista”, que implicó validar una persecución contra izquierdistas y debilitar a los sindicatos. La violencia inadmisible se buscó justificar principalmente con dos mentiras: que no era represión, sino “guerra” entre fuerzas simétricas, donde la “subversión” izquierdista inició todo.




En ese sentido, a diferencia de otras dictaduras del Cóndor, Argentina sí llevó a juicio y castigó a varios de sus represores, hecho histórico en la región que incluyó a varios militares encerrados (Videla murió en la cárcel mientras Pinochet como senador vitalicio en Chile, por ejemplo) y el singular caso de un jerarca eclesiástico castigado por su participación en crímenes dictatoriales, como el capellán policial Christian Von Wernich, el cura del diablo, que justificaba el desaparecer “zurdos” (así los llamaba) para que “no se mataran entre sí”. El efecto de este hecho histórico fue el consenso del “nunca más”, gestado tras los juicios a la Junta en 1985 y fortalecido por el kirchnerismo en 2004, cuya política de memoria deslegitimó los residuos pro dictadura y reabrió causas contra sus miembros.

Hoy que se conmemora el quincuagésimo aniversario del comienzo de una etapa oscura, Argentina debería ser vanguardia de la memoria por su excepcional proceso de justicia. En vez de ello, encabeza el país Javier Milei, representante de una derecha “libertaria” cuya esquizofrenia política le permite asegurar que antes de él su país vivió “100 años de socialismo” (¡incluida la dictadura!) que destrozaron su riqueza.

Milei es la envoltura estridente que explotó la fragilidad económica y emocional de muchos votantes en el duro proceso pospandemia. Su corrimiento al centro de la política argentina y su entorno son más relevantes, porque en ellos hay un protagonismo esencial: un grupúsculo abiertamente negacionista vinculado a los crímenes de la última dictadura argentina, donde sobresalen la vicepresidenta Victoria Villarruel, pionera de la farsa de la “memoria completa” (reacción contra la política de memoria de Kirchner y que reivindica a los represores porque estaban “en guerra”); ideólogos fascistoides como Agustín Laje (que blanquea a la Junta y asume que sus crímenes son justificables, o, acaso, excesos), o alienta a que, de plano, descendientes de represores, como Ricardo Bussi en Tucumán, se sumen a la imagen de Milei (por algo será).

A este grave retroceso se suma la incontinencia verbal de Milei, donde brilla su lacayuna dependencia electoral de Trump y su postura que reivindica no al plural judaísmo, sino al genocidio que comete un ente, Israel, gobernado por fanáticos. Aquí se destaca una paradoja: la ultraderecha del nacionalismo católico argentino ―donde se formó Von Wernich― fue siempre judeófoba rabiosa. Hoy, la derecha radical de Milei se postra ante el sionismo religioso, acaso por coincidir con su supremacismo violento, que el segundo ejerce contra Palestina y el primero, en sus múltiples complejos personales, cree ostentar. Mientras un respaldo a la dictadura de 1976 exigía formación en sótanos del oscurantismo religioso, la autocomplaciente hinchada de Milei se deforma en la posverdad dañina de cloacas de Internet.

Milei nos recuerda algo. En 2022 el historiador Rafael Poch alertó con razón de cómo la rusofobia de Occidente ―más allá de la válida crítica a Putin― tenía como efecto (deseado o no) romper el consenso antifascista de la posguerra en 1945. Hoy Milei y su coro contra “zurdos de mierda” rompen el vital consenso del “nunca más” y tuercen la historia, como si los victimarios de 1976 fueran los agraviados por una herida abierta por ellos mismos hace 50 años que, como decía el tango, no son nada, mientras la febril mirada del gobierno argentino busca, en las sombras de la mentira, cómo redimir una dictadura que nunca hallará justificación en la realidad.



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