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America Alone

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“Nunca podrán tener un arma nuclear”, pregona Trump, no una, sino varias veces, el 28 de febrero en una sala de prensa tenuemente iluminada. Dedica ocho minutos a resumir la historia de las hostilidades entre Estados Unidos e Irán, explicando la maldad del régimen iraní y describiendo la nobleza de esta misión, sus palabras impregnadas de matices teológicos. Mientras habla, sus ojos permanecen perdidos en la sombra de una gorra blanca de béisbol, con las letras USA bordadas en su mercancía personal.

 

Apenas el año pasado, en la Operación Midnight Hammer, el presidente estadounidense declaró que la infraestructura nuclear de Irán había sido “completamente aniquilada”. Sin embargo, en solo ocho meses, se ordenó un nuevo ataque bajo la premisa de que Teherán estaba a solo semanas de poseer suficiente uranio enriquecido al 90 por ciento para ensamblar una ojiva nuclear funcional.

 

La versión de 2026, la Operación “Epic Fury”, posee un nombre tan serio como los hombres que intentan empuñarlo. En su primera semana, el elenco shakesperiano de ministros y personal de Trump no logró ponerse de acuerdo en su versión de los hechos sobre si esto era guerra, ni entre ellos ni con él.

El secretario del ahora acertadamente llamado Departamento de Guerra, Pete Hegseth, aparece constantemente haciendo alarde de un distintivo vibrato de Fox News en las persistentes ruedas de prensa del Pentágono, dejando claro a todos que esto no es una guerra. Pero sea lo que sea, asegura que se ganó el primer día.




Han pasado ya tres semanas desde el comienzo de la nueva guerra en Irán: el Estrecho de Ormuz está cerrado, columnas de humo danzan sobre Teherán, Beirut y Tel Aviv, y una creciente diáspora de desplazados podría señalar un desastre humanitario inminente. Es más, ninguna de las partes beligerantes muestra signo (o deseo) alguno de ceder y la diplomacia es una opción ya descartada. Esta nueva guerra en Irán, aunque no sea la primera de su tipo, arrastra al mundo consigo.

La decisión de Irán de cerrar el Estrecho de Ormuz puede debatirse como un movimiento estratégicamente sólido o un acto impulsivo de un régimen que se tambalea, dependiendo de cómo el analista o político perciba a la República Islámica. En cualquier caso, puede afirmarse que esta acción ha puesto a Trump y a su gobierno bajo una presión palpable. Es un estrangulamiento y siempre fue el as bajo la manga de Irán.

Si el Estrecho de Ormuz permanece impasable, la guerra deja de ser regional por pura consecuencia. Las repercusiones económicas potenciales del cierre del Estrecho se estiman en una pérdida del 3.15% del PIB mundial, lo cual no es sorprendente dado que el 15% del suministro global de petróleo no tiene otra alternativa que transitar por allí. Los precios del petróleo subirán, al igual que la inflación. En los Estados Unidos, algunos informes susurran un pronóstico temido: la inflación.

Hasta ahora, la administración Trump ha producido soluciones temporales para aliviar la compresión petrolera que causa el cierre del estrecho, incluyendo liberaciones récord de la Reserva Estratégica de Petróleo para enmascarar una caída del 70% en el tráfico regional de petroleros. El Tesoro de los EE. UU. incluso emitió una polémica exención de 30 días que permite la venta de petróleo ruso varado, mientras Bruselas oscila entre la indignación razonable y un pragmatismo ajustado.

Por lo tanto, si un conflicto puede tener repercusiones tan de gran alcance, su justificación debe ser sólida.

Las razones difieren según el día, un espejismo de posibilidades de por qué Estados Unidos decidió actuar primero. Sin embargo, no hay consenso hasta ahora por parte del propio Estado. Aunque, cuando los funcionarios hablan sobre el asunto, el trasfondo de su versión de los hechos parece conllevar un aire de «el bien» contra «el mal».

Los defensores de la operación sostienen que el programa nuclear iraní representa una amenaza inminente y que la disuasión diplomática ha fracasado repetidamente. Desde esta perspectiva, la acción preventiva no es una elección ideológica, sino una medida de seguridad ante un riesgo estratégico acumulativo. Pero incluso si ese argumento se acepta, la proporcionalidad, la legalidad y las consecuencias sistémicas siguen siendo preguntas abiertas.

Es importante señalar que la incompetencia percibida y el empleo deliberado de la ambigüedad no son mutuamente excluyentes. Esta operación se desarrolló como un ataque relámpago de alta intensidad y dominio múltiple, con el objetivo de interrumpir el mando y control de Irán antes de que cualquier conflicto terrestre pudiera ser considerado una «guerra».

En otras palabras esta guerra no está siendo llamada guerra no porque carezca de esa naturaleza, sino porque sería una violación directa de la Constitución de los Estados Unidos, ya que las guerras necesitan la aprobación del Congreso. No obstante, mientras no haya «botas sobre el terreno», los tecnicismos no constituyen definiciones, ni activan los mecanismos necesarios para detenerlas.

Hay varias formas de interpretar este conflicto, pero sus consecuencias se ven a través de la misma pantalla. A pesar de los rodeos de la administración Trump, la evidencia de forenses independientes e informes militares filtrados indica que los misiles Tomahawk estadounidenses alcanzaron la escuela Shajareh Tayyebeh debido a inteligencia de objetivos obsoleta, resultando en la muerte de más de 160 niños.

Para aquellos que sitúan su humanidad por encima de cualquier escudo, presenciar el costo civil de esta fugaz «no guerra» ha hecho los días más largos y tristes. Fotografías, de tierra gris abierta para sepultar a niñas y niños asesinados, de mochilas manchadas de sangre, todas capturando una masacre de lo más sagrado e inocente.

No es solo una tragedia; es un tabú.

Sin embargo, a pesar de haber ocurrido el primer día de la guerra, la rendición de cuentas, precursora de la justicia, no ha recaído sobre ningún hombro. Por ahora.

Cuando ocurren estas tragedias, tan bien documentadas gracias a la era digital, se espera indignación, más aún cuando van acompañadas de una impunidad sistemática. Las consecuencias del asesinato de una cohorte de niños de primaria posiblemente por parte de la nación más poderosa del mundo han provocado, con toda razón, una indignación global.

A pesar de la falta de respuestas claras, la base MAGA, opuesta a las «guerras eternas», es una legión leal y devota. ¿Pero cuánta fe se puede tener con hambre?

Desde hace tiempo, la crisis del costo de vida ha estado aplastando lentamente a la clase trabajadora estadounidense: inflación impulsada por aranceles, un mercado laboral débil e infraestructura pública en decadencia, y ahora el precio de la gasolina se está disparando. El Sueño Americano no aparece por ningún lado. La escalera que supuestamente se usaba para subir ha sido retirada. Con la muerte del mito de la meritocracia, la ilusión finalmente ha terminado, incluso si la verdad no ha alcanzado a todos todavía.

 

Ya no está claro si la responsabilidad recae en el escandaloso presidente o en el tipo de país que llega a elegirlo, dos veces. Después de todo, se necesitan dos; el truco del populista es inflamar un miedo latente para lograr la sumisión. Pero los inmigrantes no controlan el Estrecho de Ormuz, y si su audiencia popular no lo condena por desangrar la democracia estadounidense, bien podrían hacerlo por sus tanques de gasolina.

Encuestas recientes muestran ahora que el 56% de los estadounidenses se opone a la acción militar, con el peor índice de aprobación al inicio de cualquier guerra estadounidense. El presidente Trump hace un llamado urgente a la OTAN para que se una a una misión naval en el Estrecho de Ormuz para escoltar petroleros y limpiar minas, pero ningún estado miembro ha aceptado el llamado todavía. Aliados como Alemania y el Reino Unido se han distanciado, viendo esto como una ´guerra de elección’ unilateral en lugar de una obligación de defensa colectiva.

Incluso Israel se concentra en una gran invasión terrestre del Líbano mientras Estados Unidos se concentra en Irán. Estados Unidos está ahora mayoritariamente solo para lidiar con los ataques de represalia iraníes en Irak y Kuwait debido a este segundo frente, dispersando sus recursos. “America First” ahora parece “America Alone”.

 

Ni Teherán ni sus contrapartes regionales han mostrado disposición alguna a capitular. Donald Trump está entre la espada y la pared. La escalada militar conlleva el riesgo de expansión. La desescalada conlleva un costo político. En medio se encuentra un estancamiento, pero por todas partes es un despropósito.

La administración puede intentar refugiarse tras evasivas semánticas hasta las elecciones de medio mandato de Estados Unidos (midterm elecctions) de noviembre; después de todo, es el sello distintivo de este panorama político de la posverdad. Pero la retórica por sí sola no puede negar un cráter. Ni el lenguaje de la negación puede borrar las secuelas materiales de la destrucción, particularmente cuando los investigadores internacionales de las Naciones Unidas están documentando escombros y rastreando el origen del material militar incrustado en ellos.

A pesar de negar cuantas veces esta guerra, lo claro es que una victoria estadounidense está fuera de alcance. Cualquier «victoria» militar real requeriría una invasión terrestre a gran escala y la estabilización del régimen Iraní, un objetivo que la administración Trump no tiene ni el mandato interno para perseguir ni la coalición de aliados para apoyar. Han confundido la audacia con la estrategia, operando bajo la ilusión de que un acto de apertura ruidoso puede compensar una doctrina a largo plazo vacua.

La guerra puede negar su propio nombre, pero no niega sus consecuencias. Se desarrollan en los mercados, en los hogares, en las aulas, en los hospitales y en los funerales. La historia no recordará la terminología, pero recordará el daño.

 

Sophie Spielberger



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Sophie Spielberger

Cientista Politico especialista en Relaciones Internacionales

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