Opinión e identidades Poder y Política

Boric y el límite de la política sin conflicto

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Hay entrevistas que no buscan convencer, sino dejar constancia. No son un acto de persuasión, sino de despedida. La extensa conversación de Gabriel Boric con El País pertenece a esa categoría: no es un intento de explicar la derrota, sino de ordenar el relato antes de abandonar la escena. Y, sin embargo, en ese intento de equilibrio, se filtran verdades incómodas que ningún editorial oficialista se atrevería a subrayar.

Boric habla con honestidad, sí. Pero también habla desde un lugar peligroso: el del político que comprendió el problema cuando ya no tenía poder para corregirlo.

El diagnóstico central está ahí, dicho casi sin anestesia: la izquierda dejó de representar el orden. Y cuando la esperanza fracasa, el miedo ocupa su lugar. Kast no ganó por genialidad estratégica ni por un proyecto superior; ganó porque supo explotar un vacío que la izquierda dejó abierto durante años. La política del deseo fue reemplazada por la política del temor. Y la izquierda —que prometió transformar— terminó administrando.

Ese es el núcleo de la derrota. No el estallido. No la Convención. No Venezuela. No la prensa. La administración sin épica de un proceso que había nacido para romper el molde.




Boric insiste en que sigue siendo de izquierda, y probablemente lo sea. Pero ser de izquierda no es una identidad personal, es una relación viva con la sociedad. Y ahí está la grieta: el gobierno habló mucho de derechos, pero no logró traducirlos en experiencia cotidiana. Habló de reformas, pero no reconstruyó comunidad. Habló de cuidados, pero dejó intacta la intemperie.

La entrevista está llena de símbolos. Vinilos, Allende, Leonard Cohen, la Virgen de Schoenstatt, la bicicleta, el barrio Yungay. Todo eso compone una estética de coherencia personal. Pero la política no se juzga por la coherencia del individuo, sino por la eficacia colectiva del proyecto. Y el proyecto progresista perdió su capacidad de convocar mayorías.

Cuando Boric dice que “la política democrática no es heroísmo”, tiene razón. Pero omitió algo esencial: tampoco es mera gestión. El progresismo confundió responsabilidad con contención, gobernabilidad con renuncia, realismo con adaptación pasiva. Y así fue perdiendo músculo, calle, lenguaje y audacia.

El fracaso constitucional es presentado como una frustración compartida. Pero fue algo más: fue la prueba de que la izquierda institucional no supo dialogar con la potencia social desatada en 2019. Prefirió el orden procedimental al conflicto político. Y cuando el conflicto volvió —esta vez desde la derecha— ya no tenía cómo responder.

Hay una frase clave que pasa casi inadvertida: Boric reconoce que Kast recorrió todas las comunas. No es una anécdota. Es una confesión. La derecha caminó el territorio mientras la izquierda lo analizaba. La derecha escuchó el miedo mientras la izquierda discutía categorías. La derecha prometió orden; la izquierda explicó procesos.

El resultado está a la vista.

Y sin embargo, hay algo rescatable en esta despedida: Boric no cae en el resentimiento ni en la victimización. No culpa al pueblo. No habla de ignorancia. No invoca conspiraciones. Eso, en tiempos de derrumbe moral, es un gesto ético. Pero la ética sin estrategia no alcanza.

El problema no es que Boric entregue La Moneda a Kast. El problema es que la izquierda no supo construir una alternativa creíble antes de perderla.

Ahora vienen las preguntas difíciles. ¿Puede el progresismo volver a ser mayoría sin revisar radicalmente su forma de hacer política? ¿Puede reconstruir vínculo territorial sin instrumentalizarlo? ¿Puede hablar de orden sin parecer derecha? ¿Puede hablar de justicia sin sonar abstracta?

La entrevista deja claro que Boric quiere seguir en política. Está en su derecho. Pero su mayor aporte, si realmente quiere ser coherente, no será liderar ni opinar desde arriba, sino ayudar a que la izquierda vuelva a escuchar desde abajo.

Porque si algo demuestra esta derrota es que no se perdió por ir demasiado lejos, sino por quedarse a medio camino. Y ese es el lugar más peligroso de todos: ni transformar, ni proteger.

El país entra en un ciclo duro. Kast no es un accidente; es una consecuencia. Y las consecuencias no se combaten con nostalgia ni con estética, sino con organización, conflicto democrático y coraje político.

Lo demás —vinilos, frases, recuerdos— será apenas la música de fondo mientras la historia vuelve a acelerarse.

Y esta vez, no espera a nadie.

Félix Montano

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



  1. Felipe Portales says:

    ¿Honestidad es hacer todo lo contrario como gobernante de lo que se dijo en campaña? Ejemplos: Adhesión al TPP11; adhesión al Tratado con la UE; militarización de la Araucanía; salvataje de las Isapres; consolidación de las AFP; regalo de la mitad del litio hasta 2060; negarse a indemnizar a los dueños de «Clarín»…

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