
Belfast: Un refugio frente a la pantalla en tiempos de crisis
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«Para los que se quedaron. Para los que se fueron. Y para todos los que se perdieron».
Esta dedicatoria de la película Belfast resonó en mí un sábado por la tarde, mientras me sentía hastiado de la oferta habitual del cable: esas cintas de Hollywood que repiten fórmulas de amor barato, violencia normalizada o invasiones extraterrestres donde los «malos» siempre son otros. Decidí entonces romper mi lista de pendientes y adentrarme en esta joya estrenada en plena pandemia.
Escrita y dirigida por Kenneth Branagh, la cinta es un poema cinematográfico dedicado a su ciudad natal. Ambientada en los años 60, retrata el estallido de «The Troubles», la pugna religiosa en Irlanda del Norte que estuvo al borde de la guerra civil. Sin embargo, Branagh elige contarnos este drama desde una mirada íntima y autobiográfica: la de Buddy, un niño de nueve años que vive en una calle donde, hasta entonces, católicos y protestantes compartían juegos y fiestas en relativa armonía.
La película juega magistralmente con dos planos. Por un lado, la vida de barrio y la convivencia social que se ve súbitamente inundada por la violencia. Por otro, el mundo interior de Buddy, protegido por el amor de sus padres (Pa’ y Ma’) y sus abuelos, y alimentado por su pasión por el cine y un tierno amor platónico.
El núcleo del relato es el dilema de la migración. El padre, presionado por las deudas y la exigencia de los grupos radicales para que tome partido, ve en Londres la única salida. La madre, en cambio, se resiste a perder su identidad: «En Belfast sé quién soy… Si nos vamos, los estarás lanzando a un lugar donde siempre serán extranjeros», le recrimina en un diálogo desgarrador.
El clímax llega cuando la violencia toca directamente a los hijos. Es ahí donde Buddy pierde la inocencia y la familia debe elegir entre la identidad y la supervivencia. La despedida de la abuela Granny (una espectacular Judi Dench) con su «Ve. No mires atrás», cierra un ciclo emocional difícil de olvidar.

La fiesta barrial luego del funeral del abuelo.
Filmada en un blanco y negro de fotografía impecable, la película reproduce los claroscuros de la capital irlandesa con un romanticismo que incluso rescata su particular acento. Belfast es una invitación a constatar que el buen cine aún existe y, sobre todo, una oportunidad para mirarnos a nosotros mismos. En tiempos donde es fácil agitar el odio social y difícil detenerlo, los irlandeses —y nosotros— tenemos mucho que aprender de nuestra propia experiencia en tragedias y exilios.
Edison Ortiz





