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La mala memoria, un factor de riesgo detrás de los incendios de Penco: Cómo romper el ciclo de tragedias prevenibles

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Vecinas de Villa Montahue, una población rodeada de plantaciones forestales, enfrentan incendios cada vez más frecuentes. Expertos advierten que el cambio climático, la falta de planificación urbana y un modelo forestal extractivista sin regulación convierten al territorio en una trampa repetida, mientras el país vuelve a olvidar.

 

En días despejados, Villa Montahue, desde lo alto de los cerros al sur de Penco, tiene una hermosa vista de la desembocadura del río Andalién en la bahía de Concepción y, a veces, en días de verano, una brisa marina refresca el ambiente. Pero desde hace una semana, el humo lo envuelve todo, lo penetra todo, y las llamas de los incendios de Penco y sus alrededores iluminan el horizonte a menos de un kilómetro de distancia.

Dentro de una casa, tres vecinas se reúnen para compartir un tecito; tuvieron una jornada agotadora, pero no están tranquilas. Benilde Gutiérrez y las hermanas Kimberly y Pamela Monsalve, integrantes del Comité de Salud y Medioambiente de Villa Montahue[1], saben que en cualquier momento podría encenderse una chispa a sus viviendas que colinden con las poblaciones de Lirquén, Punta de Parra donde fallecieron 21 personas y fueron destruidas más de 1.800 casas. Son más de 20.000 las personas damnificadas en la tragedia que se inició en la madrugada del 17 de enero, según el Ministerio del Interior.

En estos días el calor es insoportable, pero no pueden abrir las ventanas porque entraría aún más humo tóxico que afecta los ojos, la garganta, los bronquios y causa fuertes dolores de cabeza. En estos días las sirenas de bomberos y las alarmas de emergencia que indican salir de las zonas de peligro, suenan sin cesar; dormir es imposible y deben estar “minuto a minuto atentas a cada posible riesgo”, asegura Kimberly Monsalve.




Hace ocho años atrás, Villa Montahue vivió su primera amenaza de incendio. Y hace unos pocos meses atrás, en septiembre y octubre de 2025, también hubo intentos intencionales de quemar plantaciones de pinos y eucaliptos en los alrededores de la comuna de Penco. “A partir de 2017 hay un cambio radical, y cada año tenemos que preocuparnos de que incendien nuestras tierras. Entendemos que vivimos en una zona de sacrificio”, afirma Kimberly Monsalve.

Desde 2017 no se han modificado las condiciones de riesgo que combinan varias dimensiones humanas con factores de la naturaleza, haciendo a esta población especialmente vulnerable a los incendios.

Ricardo Barra, director del Centro de Ciencias Ambientales EULA-Chile de la Universidad de Concepción,[2] explica que “este fenómeno de los incendios tiene que ver con varias cosas que se conjugan simultáneamente”. Primero, está el cambio climático, con el incremento de las temperaturas, la reducción de las precipitaciones y la alteración de los vientos. “Tenemos ese escenario de fondo”, enfatiza, “pero no todo es culpa del cambio climático, sino también de cómo estructuramos el paisaje”. El problema central, señala el académico, es la ausencia de regulación sobre cómo se diseña y desarrolla la interfaz forestal, urbana y rural; es decir, la cercanía de las plantaciones de monocultivo con la población.

Se ensancha el cortafuego arriba de la población

Concepción ha ido creciendo alrededor de plantaciones forestales sin planificación urbana adecuada. A esto se suma la falta de regulación para establecer la distancia mínima entre una plantación forestal y las viviendas. En condiciones de lo que se denomina megasequía, estas plantaciones se transforman en combustible y en conductoras del fuego.

Esto lo saben por experiencia propia las vecinas de Villa Montahue, conjunto habitacional que nació para dar solución a la pérdida de viviendas causada por el terremoto y tsunami de febrero de 2010. Antes de esa catástrofe, Kimberly, Pamela, Benilde y muchos de sus vecinos vivían más cerca de la playa, en la población Baquedano. Tras el tsunami, huyeron con lo puesto y permanecieron varios meses como refugiados en carpas.

La solución originalmente ofrecida por el gobierno no consideró a las 43 familias que, como ellas, habían vivido como allegadas, detrás de casas de familiares. Finalmente fueron incorporadas a una población de emergencia con mediaguas inadecuadas e insalubres. Demoraron cuatro años más en recibir sus casas definitivas, sólidas y de dos pisos y en lo que hoy es laVilla Montahue. Sin embargo, Villa Montahue fue construida en un cerro, a pocos metros de una plantación de pino y eucalipto, hecho ignorado por quienes planificaron este conjunto habitacional.

El riesgo, explica Barra, no es solo la cercanía a un bosque, sino las características de estas plantaciones de monocultivo de alta combustión en el contexto del cambio climático.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el pino radiata fue introducido cerca de Lota y Coronel para construir los túneles subterráneos de las minas de carbón. También se plantó para contener la erosión de los suelos. Posteriormente se introdujo el eucalipto desde Australia. Ambas especies se adaptaron muy bien a las condiciones de esta zona de Chile, con rápido crecimiento y reproducción. Reemplazaron, a gran medida, al bosque nativo en gran parte de la zona centro-sur, lo que impulsó una importante industria forestal.

No obstante, fue el DL 701, una ley de facto impuesta en 1974 por la dictadura, lo que dio un gran impulso a las plantaciones de pino y eucalipto. Mientras entre 1965 y 1973 el Estado había invertido en parques nacionales, investigación y gestión forestal, el Decreto Ley 701 aceleró la destrucción del bosque nativo y reforzó la concentración de la propiedad en la industria forestal. Este fue un beneficio directo para la industria forestal, uno de los pilares del nuevo modelo económico extractivista instalado por el régimen militar en Chile.En 1985, otro decreto ley promovió la exportación de chips de madera (en gran parte de especies nativas), hojas de eucalipto y otros productos, con rebajas arancelarias. Este proceso fortaleció aún más a las grandes empresas forestales como Celulosa Arauco, CMPC, los grupos Matte-Angelini y Copec. A fines de 1987, el 30% de los bosques nativos costeros habían sido eliminados y reemplazados por pino, según CODEFF.

A pocos kilómetros de la Plaza de Armas de Concepción está la Reserva Parque Nacional Nonguén, un relicto del bosque nativo que antiguamente cubría la cordillera de la costa. Aquí aún se puede caminar bajo la sombra de avellanos, canelos, peumos, coigües, arrayanes, robles y olivillos, junto a un sotobosque denso y húmedo de arbustos y helechos. Barra señala que las 3.000 hectáreas de este bosque cumplen “una función fundamental que mucha gente de Concepción no conoce: proveer agua potable de muy buena calidad para la comunidad de Penco. Sin ese bosque, Penco no tendría agua”.

Las características del bosque nativo —diversidad, humedad y tipos de especies— lo hacen mucho más resistente al fuego que las plantaciones. En contraste, pinos y eucaliptos pueden arder como yesca y generan ambientes altamente combustibles al resecar el suelo.

Vecinos observan el incendio.

El Centro EULA-Chile, que el profesor Barra dirige, trabajó en el plan de acción regional para el cambio climático y advirtió este escenario. “Estos fenómenos se van a intensificar y serán mucho más frecuentes. La ciencia lo tiene claro: menos agua, más sequía, inviernos más secos. Antes había incendios, sí, pero no con esta magnitud, intensidad, frecuencia ni duración. Eso genera un problema social: los más pobres son quienes más sufren”.

Las integrantes del comité lo viven en carne propia. Estos días han preparado desayunos y almuerzos para familias que lo perdieron todo, además de ofrecer contención. Otros vecinos despejan maleza para crear cortafuegos más anchos, mientras algunos mojan las casas con mangueras. “La gente que vive en las zonas más humildes es la que más se afecta. Y nadie —ni las forestales ni el municipio— se hace cargo”, dice Kimberly.

Entre las medidas urgentes, Barra destaca la educación y la organización comunitaria. “Hay que concientizar que estamos ante un escenario socioambiental crítico que requiere acción colectiva. Hace falta trabajar colaborativamente con participación activa de las comunidades en la prevención”. Junto a esto, recomienda crear refugios incorporados en el diseño urbano: espacios despejados de vegetación hacia donde evacuar. Pero, enfatiza, la única forma de cambiar el modelo es mediante regulaciones estatales que exijan responsabilidad a las empresas. “Es un asunto que va más allá de ideologías. Cuando se quema el bosque, también se quema su negocio”.

Además, advierte otro factor humano de riesgo: “Nuestro país no aprende mucho de estas lecciones. En unos meses más, este incendio será historia. Salvo quienes perdieron una casa o un familiar, es probable que pocos lo recuerden”.

Es importante señalar que desde hace varias décadas surge en un movimiento de organizaciones que visibilizan los problemas medioambientales que afectan a la Región del Biobio. Aborda temas relacionados a la contaminación, depredación natural, monocultivo, y trabaja para preservar los humedales.  También se destaca un movimiento de Penco-Lirquen que se opone a la instalación de una minera de extracción de tierras raras y los mega-proyectos energéticos en la zona costera de Penco-Talcahuano.

Durante 30 años, Lautaro López fue coordinador de la sede Concepción de la Fundación EPES años hasta su cierre en 2024. Señala: “La tarea hoy es potenciar este movimiento socioambiental, única manera de proteger el medio ambiente y los territorios; exigiendo a lo menos, las regulaciones que deben existir, para prevenir estos mega-incendios. En general se requiere un cambio en el modelo forestal extractivista, que es un objetivo de largo plazo.”

 

Afuera, el humo sigue suspendido sobre Villa Montahue, pero dentro de las casas también circula otra cosa: organización, solidaridad, memoria viva. Las mismas mujeres que una vez fueron desplazadas por el mar hoy sostienen a otras familias frente al fuego. Puede que el país olvide, que las noticias cambien de tema y que las promesas se diluyan, pero en estos barrios la memoria se guarda en acciones concretas. Y quizás ahí, en esa comunidad unida esté la forma más esperanzadora de prevenir la próxima tragedia.

 

Maxine Lowy

[1] El Grupo de Salud y Medioambiente de Villa Montahue fue formado y capacitado en 2012 por la Fundación EPES (Educación Popular en Salud) que tuvo sede en Concepción desde 1982 hasta 2024.

[2] Ricardo Barra formó parte de la directiva de Epes-Concepción.



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Maxine Lowy

Periodista, editora y traductora Journalist, editor, translator Santiago, Chile

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