
El elusivo futuro
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La derrota en las elecciones presidenciales y la inminente llegada a La Moneda de José Antonio Kast, con todo lo que él representa, ha dejado a la izquierda chilena en un comprensible estado de desorientación frente al futuro. Aunque, muchos esperaban ese resultado, igual el impacto ha sido fuerte. La problemática situación de las fuerzas progresistas se ve todavía más agravada dado el contexto internacional: un momento de auge de la extrema derecha, tanto a nivel continental como global.
Por otra parte, ese escenario mundial tiene hoy ensoberbecida a la derecha, en especial a sus sectores más extremos. En el lenguaje y el imaginario del fascismo, el futuro ha sido siempre objeto de una fanática profesión de fe. Recuérdese ese impactante momento en el film Cabaret, donde un joven empieza a cantar el himno nazi The Future Belongs to Me (El futuro me pretenece) al cual pronto se suman otros paseantes (con una excepción) en el parque donde el joven se encontraba. Por cierto, el futuro no llegó a pertenecer a esa rama del fascismo representada por el Partido Nazi, pero las sucesivas reencarnaciones del fascismo persisten en esa noción mesiánica de que el futuro les pertenece. Desgraciadamente, si observamos el panorama del momento en el mundo, no cabe duda que este nos lleva a ver ese futuro con inquietud. Frente a esa perspectiva, no queda pues sino prepararse para enfrentar esa amenaza global la que, en el caso chileno, toma también caracteristicas específicas.
En lo inmediato, es sin duda preocupante que una de las primeras cosas que la futura oposición progresista al gobierno de Kast ha hecho, no ha sido lanzar líneas para desarrollar sus pasos tácticos y estratégicos para el escenario que se avecina, sino ponerse a pelear entre sus integrantes. Bajo esa denominación de “socialismo democrático” que a muchos de los militantes del Partido Socialista les causa repulsión, pero que tanto agrada a El Mercurio y a aquellos tránsfugas que algunas vez transitaron por los caminos de la izquierda, se ha decidido que habrá “dos oposiciones” al futuro gobierno de Kast, una, supuestamente moderada y otra la que representarían los “villanos” de esta historia: el Partido Comunista y el Frente Amplio.
Esa visión, sin embargo, lo más probable es que no llegue a parte alguna: a una derecha que “se viene con todo” en un empeño refundacional, donde es muy probable que aplique medidas de shock desde el primer momento, aprovechando la desmovilización popular, tener una oposición debilitada por rencillas internas es una fórmula para el fracaso y para que gran parte de los partidos de la izquierda se hagan irrelevantes o simplemente desaparezcan. Bien puede ocurrir, que en un tal escenario sean los movimientos de base los que tomen el protagonismo en la lucha contra las medidas de ajuste que—sin duda—el gobierno de Kast intentará implementar. Puede darse un escenario parecido al que se dio en los tiempos iniciales del final de la dictadura, cuando los partidos politicos tenían muy poco peso y eran las organizaciones de base de la sociedad civil las que marcaron la agenda de ese momento (claro está, eso hasta cuando se negoció entre dictadura y partidos y estos retomaron protagonismo).
Sin embargo, no hay que descartar del todo el accionar de los partidos de la izquierda y del progresismo en general, si es que se quiere ser eficaz en la difícil tarea de contrarrestar el accionar de una derecha cargada al extremismo. Para bien o para mal, Chile tiene una larga tradición en que los partidos políticos canalizan tanto el discurso como el accionar del quehacer público. Ciertamente, no todo el mundo comulga con ese esquema y para asegurar esa “partidocracia” de manera más o menos transversal se impuso la idea del voto obligatorio. Ahora, ese es el marco en el cual se desarrollará el accionar politico por el tiempo que viene.
En ese marco, además de las posiciones programáticas de partidos y alianzas—Chile también tiene una larga tradición de gobierno de coalición—uno de los aspectos que surge casi de inmediato, es el de los liderazgos. Se dice que ya al otro día de las elecciones presidenciales se empieza a barajar nombres de probables candidatos a los próximos comicios.
El tema envuelve no sólo nombres, sino también expectativas y cuestiones muy intangibles y dificiles de calibrar, como el carisma, incluso la prestancia que alguien puede tener para proyectarse como líder. (Incluso este vocablo es interesante de destacar: adaptación del inglés leader, el significado en español, sin embargo, tiene una connotación diferente. En inglés el puesto de “leader”—el que dirige o conduce—es producto de una decisión formal de un partido. El que dirige, por ejemplo, en un sistema parlamentario como el canadiense o el británico, es elegido por votación interna de un partido. Así también puede ser destituído. En castellano en cambio, la designación de alguien como “líder” no es necesariamente producto de una formalidad institucional de un partido. Salvador Allende era reconocido como líder de la izquierda aun cuando—por lo menos en los tiempos en que fue designado candidato—no tenía cargo alguno en su partido. El apelativo de “líder” entonces es más bien una distinción o reconocimiento que proviene de la gente, sin ser necesariamente un puesto institucional. Eduardo Frei Montalva fue también un líder en su partido, como Víctor Raúl Haya de la Torre lo fue en el APRA en Perú o Rafael Correa lo es hoy, pese a estar fuera de su país, en Ecuador).
En ese sentido entonces, pensando en ese futuro que por ahora se presenta incierto y elusivo para la izquierda, el tema de los liderazgos también se pone sobre la mesa. A este momento uno bien puede especular sobre cuál de las figuras destacadas de la izquierda actual podrían tomar ese rol. Dadas las condiciones del momento, es posible asegurar que hay un cierto consenso en que esos liderazgos tendrán que provenir de las nuevas generaciones, lo que dejaría a miembros de la vieja guardia como Paulina Vodanovic , Carolina Tohá o Ricardo Lagos Weber fuera de la carrera.
Por cierto, pese a lo oscuro del panorama para la izquierda chilena, en sus filas no faltan potenciales figuras que harían un buen papel como candidatos presidenciales. Entre las nuevas generaciones en el Partido Socialista, Daniella Cicardini, ahora senadora, y el diputado Daniel Manouchehri serían probablemente las figuras más promisorias.
Por su parte, en el Partido Comunista sus cartas más potentes podrían ser Camila Vallejo, que ha tenido una notable performance como Ministra Secretaria General de Gobierno, esto es, la vocera oficial; y Karol Cariola, también ahora senadora electa y bastante talentosa en el debate público. Daniel Jadue, ya no una figura muy joven, aunque sigue teniendo peso en el PC, no es probable que esté entre las cartas de ese partido. Tampoco debería estar allí Jeannette Jara—en el supuesto que no haya cambiado su militancia—quien aunque hizo una buena campaña, su candidatura fue más bien producto de una situación circunstancial—su buena actuación en el Ministerio del Trabajo—más que el resultado de un liderazgo con posibilidades de permanencia. Ella cumplió un rol similar al de Alejandro Guillier hace algunos años: un liderazgo coyuntural pero sin una trascendencia mayor.
En el Frente Amplio puede darse un escenario interesante, Tomás Vodanovic, actual alcalde en Maipú, altamente popular puede ser su mejor carta. Se trataría de un liderazgo joven, pero con un bagage de experiencia que no tuvo el actual presidente. Gonzalo Winter, precandidato en las primarias del año pasado es también una carta con posibilidades, se trata de alguien con talento en el debate público. Una de las mujeres del Frente Amplio que también tiene mucho potencial es Gael Yeomans, aunque es menos conocida que los otros posibles candidatos. Por cierto, en el FA también habrá quienes quisieran que Gabriel Boric fuera nuevamente el abanderado en 2029, pero quizás allí habría más debate.
Sea como fuere, al revés de las proclamas del fascismo intentando apoderarse del futuro, en la izquierda no creemos que el futuro pertenezca a nadie en particular. En definitiva eso no se puede prever, aunque eso si, observando el desarrollo histórico vemos un consistente—aunque no lineal—progreso humano no sólo en un sentido tecnológico, económico o científico sino también en una mayor racionalidad. Y ese progreso, aunque puede tardar, por definición, debería excluir la opción de retornar a formas irracionales de convivencia. El socialismo, o como queramos llamarlo, seguirá siendo una opción, aunque algunos seguramente no alcancemos a verlo.
Sergio Martínez
(temporalmente desde Ñuñoa, Chile)
Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín






Felipe Portales says:
No tiene sentido seguir definiendo como «izquierda» a organizaciones políticas que ¡durante seis gobiernos! han procedido -más allá de sus discursos- a legitimar, consolidar y profundizar el modelo neoliberal impuesto por la dictadura, con sus privatizaciones, desnacionalizaciones, gigantesca desigualdad en la distribución del ingreso, Plan Laboral, AFP, Isapres, Fonasa (con un presupuesto tan bajo que irroga la muerte de decenas de miles de personas al año en sus «listas de espera»), liceos públicos en decadencia, universidades privadas con fines de lucro, sistema tributario regresivo y que además permite la «elusión» de los más ricos, irrelevancia de los sindicatos, juntas de vecinos y del movimiento cooperativo, concentración de los medios masivos de comunicación en los grandes grupos económicos, inserción solitaria y subordinada de Chile a la globalización neoliberal, etc.