Alrededor de la mitad de las mascarillas sanitarias que hay en el mundo son fabricadas en China, es decir, cerca de 20 millones diarias o más de 7000 millones al año (NYT). Con China como epicentro de la epidemia del COVID-19, se retuvieron las exportaciones de los cubrebocas que se necesitaban en cantidades masivas en ese país, lo que explica en parte la escasez aguda de este producto en muchos países en estos días. Alrededor del 90 por ciento de los cubrebocas médicos vendidos en Estados Unidos provienen del extranjero, de acuerdo con el Departamento de Salud y Servicios Humanos de ese país. Respecto de México, el dirigente de Careintra en México informó que se importa alrededor del 60 a 70% de las mascarillas en el mercado mexicano y el producto está agotado en todo el país.

El abastecimiento de mascarillas está trastornado también por la forma en que buena parte de ellas se producen a nivel mundial. Éstas, al igual que millones de otros productos, ya no se fabrican en un solo país, sino en distintas localidades y luego se ensamblan en alguna nación y desde ahí se exportan al resto del mundo. Pero si hay alguna disrupción en alguna parte de esta cadena productiva, se interrumpe la producción completa de estas mascarillas. La cadena podría incluir a China, Taiwán, Japón, Vietnam, Colombia e incluso México (NYT).

Más grave que el asunto de los cubrebocas es el de las medicinas y los reactivos para detectar el virus en una epidemia como la actual. La apertura comercial, la relocalización de la producción en lugares lejanos donde se pueden producir más económicamente, significa que nos hemos hecho dependientes de la importación de medicamentos y sustancias esenciales. El epidemiólogo Michael Osterholm, quien escribió el libro Deadliest Enemy: Our War Against Killer Germs (“El Enemigo más Mortal: nuestra guerra contra los gérmenes asesinos”), sostiene que hay 153 medicamentos que se requieren en forma inmediata en Estados Unidos pero son difíciles de conseguir, y eran ya insuficientes antes de la presente crisis. Estos son 100% genéricos y la mayor parte provienen de China e India. En el caso de México, la industria farmacéutica en 1987 fabricaba el 67% de los principios activos que necesitaba la industria farmacéutica en el país, pero con la apertura comercial, la competencia de activos provenientes de países asiáticos desplazó a los nacionales y actualmente se depende mucho de su importación para fabricar medicamentos –véase artículo reciente de Mauricio de María y Campos sobre política industrial para el sector farmacéutico–.

La República de Corea, que pudo controlar en forma muy rápida la epidemia de COVID-19, tiene la ventaja de tener algunas de las compañías que producen los reactivos para detectar el virus (El País). Eso les permitió aplicar las pruebas para saber si los ciudadanos estaban infectados o no con el apoyo de más de cien laboratorios para dar los resultados. Los contagios pudieron detectarse en la población en general –inclusive acudiendo a los hogares–lo que resultó en una tasa de mortalidad a causa del virus menor que la registrada en otros países como China, Italia o España.

El acceso a los productos farmacéuticos es esencial para los países en estas circunstancias y es un derecho humano reconocido a nivel internacional, pero la lógica de los costos de producción ha debilitado el acceso de los médicos y de la población a estos productos esenciales para la vida.

Lo dicho hasta ahora es sólo una parte, un fragmento menor, del descalabro ocurrido a raíz del COVID-19. La historia más amplia se origina con la revolución en el transporte y en las tecnologías de la información y las telecomunicaciones (TIC), además de una política mundial de apertura comercial que hicieron posible la dispersión geográfica de los eslabones de muchas cadenas productivas a partir de los años setenta y ochenta. Esta segmentación de la producción se hizo económicamente atractiva para las empresas internacionales, pues pudieron bajar considerablemente los costos de producción gracias a la mano de obra barata en terceros países, comenzando por China, pero hay muchos otros países involucrados, como México. Un supuesto de esta apertura fue que las cadenas de intercambio no podían sufrir interrupciones severas, lo que ha resultado completamente falso.

Es vox populi que China se ha convertido en la “fábrica del mundo” de bienes finales y una infinidad de componentes. A lo largo de las últimas cuatro décadas, el crecimiento exponencial del comercio internacional refleja, además del comercio de productos terminados, el movimiento internacional de crecientes cantidades de insumos que alimentan el proceso de producción intermedia o final en muchas partes del mundo. De hecho, el Informe sobre el Desarrollo de las Cadenas Globales de Valor de 2019 (de la OMC) estima que dos terceras partes del comercio mundial ocurre a través de las Cadenas Global es de Valor (CGV), en que la producción cruza al menos una frontera, pero más frecuentemente cruza varias antes de convertirse en producto final. En la medida en que los bienes elaborados son más intensivos en tecnología, más complejas se han vuelto las CGV.

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La participación de China en ellas ha ido aumentando, pero sus productos, ya sea terminados o intermedios pueden contener una infinidad de componentes de muchos otros países. Por ejemplo, para la producción en China de bienes TIC, se usan partes que provienen de Japón, República de Corea, e incluso otros que se originan en Estados Unidos y Europa. La CGV descrita es la que sigue dominando, aunque se vislumbran nuevos tipos de ellas, como la manufactura “distribuida” que consiste sobre todo en acercar la producción al consumidor para que éste pueda influir más directamente en los procesos productivos, transmitiendo las características personalizadas que esperan del producto. Sin embargo, la producción a gran escala de muchos productos tales como farmacéuticos, maquinaria, sector automotriz, productos de metal, entre muchos otros, se mantendrán.

La irrupción del COVID-19 en China y, luego, en el resto del mundo, ha mostrado cuán vulnerables son las cadenas de producción y proveeduría ante eventos de este tipo.

El epicentro de la epidemia COVID-19 fue inicialmente en Wuhan, en China, y de ahí se extendió a varios otros lugares dentro de ese país y posteriormente a 146 países. Wuhan es de suma importancia en las Cadenas Globales de Valor. Como indica un estudio hecho muy recientemente por Deloitte, más de 200 empresas de la lista de las 500 de Fortune tienen presencia directa en esa ciudad. Más aún, 938 de las 1000 empresas más importantes de Fortune tenían proveedores Tier-1 (proveedores directos) o Tier-2 (proveedores de los suministradores directos) en la región de Wuhan, según un informe de Dun & Bradsteet. Además, Wuhan tiene el mayor puerto en tierra firme del país, por lo que la situación afecta al transporte de muchos más productos que los elaborados allí.

Una encuesta levantada entre el 22 de febrero y el 5 de marzo por el Institute for Supply Management de Estados Unidos que obtuvo 628 respuestas, mayormente de representantes de la manufactura de ese país, mostró que cerca del 75% de esas compañías en Estados Unidos reportaron disrupciones en sus cadenas de proveedores, y un porcentaje mayor prevee que esas dificultades se agudizarán en los meses que vienen. Ello se debió tanto a la caída en alrededor de 50% de la producción en China, con el 57% del personal trabajando, como a las restricciones al transporte impuestas para detener la epidemia del coronavirus. Así, según esta encuesta, los tiempos de entrega de insumos de China requeridos directamente en la producción de empresas en Estados Unidos, se duplicaron para muchas empresas y eso se vio también agravado por la escasez de transporte para llevar los productos a Estados Unidos.

Ilustración: El Colombiano.

Las afectaciones ocurren a lo largo de prácticamente toda la cadena, empezando por el hecho de que la mitad de las empresas estadounidenses encuestadas no cuentan con información certera de cómo evolucionará la producción en China en los próximos meses ni dónde están las empresas que son sus proveedoras; casi la mitad de las empresas tenían problemas para transportar productos dentro de China; y casi la mitad reportaban tener dificultades para cargar los productos en puertos.

Ante una emergencia como la actual sería deseable que las empresas tuvieran un mapa claro de cuál es su cadena de proveedores y ver cuáles son sus eslabones más débiles. Pero en la práctica muchas empresas no saben quiénes son los proveedores de sus proveedores. Sin embargo, estas dificultades son lógicas. Un ejemplo dado por Michael Essig, un profesor de la administración de suministro de la Universidad Bundeswehr en Munich, y mencionado por Foreign Policy, estimaba que una empresa multinacional como Volkswagen tiene alrededor de 5,000 proveedores directos (Tier 1), cada uno de ellos, tiene un promedio de 250 proveedores propios (Tier 2), es decir, la compañía tiene alrededor de 1.25 millones de proveedores dispersos en el mundo, la mayoría de los cuales no conoce ni sabe dónde están.

En México, a raíz del COVID-19, ha habido afectaciones serias en líneas de producción de la industria automotriz, autopartes, eléctrica-electrónica, de la confección (textil y vestido), equipo médico, aeroespacial, electrodomésticos, metal-mecánico, muebles y remanufactura debido a la falta de insumos provenientes de Asia. En algunos contados casos, México se ha beneficiado por mayores inversiones realizadas en el país para suplir la caída en la producción en China, pero en la medida en que se extienda la pandemia en México, esto también puede cambiar.

El hecho de que el COVID-19 se haya ahora esparcido hacia el resto del mundo desde China, teniendo 146 países una mayor o menor presencia del virus, la disrupción de las CGV es mucho mayor que lo previsto inicialmente.

Ilustración: Freepik.

La acción conjunta de todos los actores de la CGV debería resultar en un aprovisionamiento cada vez más perfecto para los productores y su distribución y comercialización expedita. Es más, esta perfecta coordinación entre los muy numerosos participantes en las cadenas productivas hacen supuestamente innecesario el almacenamiento de los componentes a lo largo de la cadena e incluso del producto final, ya que todo está diseñado para que la entrega de los bienes “justo a tiempo”, lo que reduce los costos de la producción y almacenamiento al hacerse más expedito el vínculo entre oferta y demanda.

Pero en realidad, el COVID-19 nos muestra que todo este diseño ideal de una producción compartida a nivel mundial encierra tremendos riesgos. Y no sólo es la pandemia, sino una serie de eventos cada vez más frecuentes, producto del cambio climático, como grandes incendios, inundaciones, huracanes, entre otros, que dificultan el transporte, las comunicaciones y la producción misma, desarticulando las CGV.

Si se ha aprendido alguna lección del COVID-19 es que todos los países, sin excepción, necesitan proveer bienes y servicios esenciales a su población, aun cuando les signifique un costo algo mayor que si se producen a miles de kilómetros de distancia. También se necesita integrar más las cadenas de valor con mayor contenido nacional para dar mayor seguridad y calidad a los empleos. Medicamentos, mascarillas, alimentos, artículos de higiene, son sólo algunos de los productos indispensables. Una política industrial que promueva el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y software abierto pueden crear una base productiva más acorde con las nuevas condiciones mencionadas.

 

Claudia Schatan

Fuente: elsemanario.com

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