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Un punto de inflexión

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El día después del domingo planteará escenarios muy distintos para Jara, dependiendo de quién de la derecha será su contrincante y qué diferencia tendrá con quien le secunde. Pero también, el nuevo periodo presidencial será un parte aguas para el progresismo, que deberá resolver cómo y hacia dónde encamina sus propuestas políticas.

¿Solo una primera etapa?

Las votaciones del domingo 16 son algo más que la primera parte de un proceso que culminará el 14 de diciembre. La candidata del oficialismo Jeannette Jara tiene asegurado su paso al balotaje y todavía a estas alturas se mantiene la duda respecto de quien pasará a segunda vuelta por la derecha.

Claramente, la elección de segunda vuelta, que como todos indican es una elección diferente, tendrá componentes simbólicos y programáticos completamente diferentes, dependiendo estas diferencias de quien sea el candidato de derecha que acompañe en la papeleta de segunda vuelta a Jara.

Por supuesto, la derecha tendrá un mantra común: cargar a Jara con la mochila del gobierno, por lo que Jara ya adelantó en el último debate su estrategia de segunda vuelta: distanciarse del gobierno y la figura presidencial. Sin embargo, tendremos tres tipos de elecciones diferentes, según quien de la derecha pase al balotaje.

Si como mayoritariamente las encuestas indican quien pase a segunda vuelta es Kast, esta se transformará en una competencia marcada por las ideologías, estatismo versus neoliberalismo, lo que nos retrotrae a una disputa anclada en el pasado que no es capaz de dar cuenta del nuevo mundo que vivimos. Una elección en que se buscará acrecentar los miedos y la polarización.

Si pasa a segunda vuelta Matthei nos encontraremos en una elección en que los énfasis estarán dados sobre cómo gestionar de manera más eficiente el Estado, en cierto sentido más tecnocrática, donde el miedo seguirá siendo la emoción dominante, pero donde se buscará demostrar al votante quien tiene una mayor capacidad técnica y pragmatismo para solucionar sus problemas cotidianos.

Si como algunos sostienen, Kaiser da la sorpresa y se instala en segunda vuelta, nos iremos a una campaña de soluciones radicales y experimentales, incentivado además por el sorpresivo éxito de Milei en su última elección, después de un doloroso ajuste en su economía. No debemos confundir neoliberalismo con libertarismo y es bueno tener esto presente si se da esta elección en segunda vuelta. El neoliberalismo busca un estado pequeño pero firme, el libertarismo lo considera inmoral y prescindible; para libertarios el mercado es casi una entidad moral que recompensa el mérito y castiga el error, para los neoliberales, es un mecanismo técnico de asignación de recursos; en el neoliberalismo, la libertad es la posibilidad de elegir dentro de un marco institucional, en el libertarismo, la libertad es casi metafísica: toda coerción (impuestos, leyes laborales, Estado) es inmoral. De ahí su discurso apocalíptico contra la “casta” y la idea de que la política es, por naturaleza, corrupción. El neoliberalismo es globalista y pragmático, cree en el libre comercio y en la cooperación internacional (representados por organismos como el FMI, OMC, UE), el libertarismo es anti-globalista en lo político, aunque ultra-globalista en lo económico, comercio libre sin Estado ni integración supranacional.

Cada una de estas posibilidades representa una diferencia cualitativa en su resultado y un cambio probablemente para el Chile de los próximos años. De hecho, ante un escenario de baja de Kast y alza de Kaiser ya se escuchan voces de adherentes de Matthei que ante la posibilidad de que Kaiser sea electo, apuntan a que es mejor apoyar a Kast.

Mirando resultados

Respecto de los resultados del 16 de noviembre y proyectando posibilidades de segunda vuelta para Jara, quien es la única candidata que tiene su boleto asegurado para el balotaje, será interesante tener presente la diferencia entre ella y el segundo. Si es una diferencia superior a 10 puntos, significará un envión anímico a su campaña. Las mayorías parlamentarias también serán importantes ya que son activos para la segunda vuelta. Una gran cantidad de nulos y blancos o una alta abstención puede significar posibilidades para Jara ya que es un voto en disputa.

Por supuesto, hay variables de largo plazo para la política que habrá que mirar: la lucha por las hegemonías en la izquierda y la derecha, la UDI ya cumplió su ciclo y este es el tiempo de republicanos, el PC logrará ser la fuerza principal en la izquierda imponiéndose al PS. El FA emergerá como la fuerza principal en el progresismo. O si hay partidos que seguirán su camino a la irrelevancia o detendrán su caída, el PPD, PR, PH entre otros.

Nuestro país viene hace tiempo con problemas estructurales que el quiebre del pacto elitario de los ‘90 simplemente aceleró, y esta elección puede acrecentar esa caída o permitir revertir este proceso. No hay muchas razones para el optimismo.

Un progresismo sin claridad

Las fuerzas progresistas deben necesariamente construir una nueva propuesta que dé cuenta de los cambios de la sociedad, en solo cinco años pasamos de una sociedad que creía que el bienestar dependía del Estado a una que considera que depende de la responsabilidad individual. El gran éxito del modelo es que todo lo dejó en el ámbito individual, si triunfas es gracias a tu esfuerzo y si fracasas es también tu responsabilidad. Como indica Mauro Basaure, que “la demanda de justicia se exprese con más fuerza como exigencia de reglas claras y antipituto, antes que como expansión de apoyos estatales”.

Hay que sumar la realidad de las generaciones jóvenes, la que algunos llaman la “generación de los tres trabajos”, quienes trabajan más, tienen contratos menos estables, ingresos insuficientes, sin certeza de vivienda, sin expectativas claras de ascenso social. Esa tensión existe en Chile semejante a muchas economías maduras o en transición.

La tecnología y la globalización han acelerado la acumulación de riqueza en pocas manos, han ampliado la polarización de ingresos y oportunidades, y han dejado intacta o incluso debilitada la clase media en numerosos países. Eso genera malestar, resentimiento, expectativa de cambio.

En este contexto existen dos riesgos, que la promesa de progreso pierda credibilidad (porque la estructura económica no cambia) y que el electorado, hastiado de promesas vacías, opte por alternativas que desafían la normalidad del sistema ya sea desde la derecha populista, desde la izquierda radical o desde movimientos híbridos.

En este contexto se explica el impacto de la elección de Mamdani como alcalde de Nueva York, que puede leerse como un síntoma de ese malestar global. Jóvenes, barrios populares, comunidades diversas que sienten que el statu quo (la “élite”, la burocracia, los que dirigen desde arriba) no les representa. Su campaña puso la vivienda, el costo de vida, la redistribución, la participación activa como ejes.

Por ejemplo, “rent freezes”, “free buses”, “childcare universal” en Nueva York. Además, una campaña generacional, digital, que movilizó jóvenes, comunidades inmigrantes, sectores urbanos populares.

Así que ese fenómeno nos da una “lupa” para mirar Chile y particularmente cual es la oferta de la izquierda.

Como indica Basaure “el país se movió desde un mérito-garantía (igualar antes, premiar después) hacia un mérito-procedimiento (reglas limpias y esfuerzo visible), sin renunciar al piso social. Mientras la derecha respira mejor ese aire, la socialdemocracia no está condenada: debe reaprender el idioma del mérito –arbitraje estatal exigente, métricas y consecuencias– y reponer su aporte propio: que nadie se quede sin escalera cuando por fin la cancha parece nivelarse. Solo así el péndulo cultural no se convertirá en péndulo electoral permanente”.

Esta elección presidencial debe servir para que la izquierda entre en un proceso de definiciones que le permitan navegar esta realidad. Ojalá avancemos en esa dirección.

Por Rolando Cárdenas

Fuente: El REgionalista



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