
Demócratas se entrega a Kast: un gesto oportunista que amenaza la propia supervivencia del partido
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El partido Demócratas —liderado por Ximena Rincón y conformado en buena parte por exmilitantes de la Democracia Cristiana y figuras de la exconcertación como Jorge Tarud y Carlos Maldonado— oficializó esta semana su apoyo a José Antonio Kast para la segunda vuelta presidencial. La decisión, que sorprendió incluso a parte de sus propias bases, revela un giro abrupto hacia la derecha en un partido que se había definido como “de centro reformista”, distante tanto del oficialismo como de los extremos políticos. Y también expone una paradoja: lo que se presenta como una jugada pragmática podría terminar siendo un acto de autodestrucción política.
El anuncio fue entregado durante un encuentro con Kast en su comando, donde Rincón declaró que las diferencias ideológicas deben “quedar de lado” frente a lo que, según ella, es la urgencia nacional en materia de seguridad, economía y gobernabilidad. Para justificar la decisión, la directiva habló de “coincidencias programáticas” con el candidato republicano, aunque sin especificar cuáles serían, más allá de alusiones genéricas al orden público y a la eficiencia del Estado.
Sin embargo, más que coincidencias programáticas, lo que aparece a primera vista es un gesto calculado de posicionamiento político. Demócratas fue creado recientemente, tras la fractura de la DC y el desgaste del bloque de centro en la exconcertación. Su apuesta era ocupar un espacio vacante en un electorado moderado, cansado de la polarización y del deterioro de los partidos tradicionales. Pero con este giro hacia Kast, la colectividad arriesga expulsar a parte de ese electorado y quedar atrapada en una zona mucho más riesgosa: el pantano de la ultraderecha, donde los partidos pequeños tienden a diluirse bajo el peso de un liderazgo dominante.
Un partido pequeño en una jugada demasiado grande
Demócratas es una tienda de tamaño reducido: sin gran músculo electoral, sin redes territoriales consolidadas y con escaso peso parlamentario. Su influencia proviene, sobre todo, de la visibilidad mediática de sus dirigentes históricos y de su capacidad para presentarse como una alternativa “seria y moderada” en un sistema político fragmentado.
Pero la decisión de apoyar a Kast modifica por completo esa narrativa. La incorporación explícita a la candidatura de un líder de la derecha radical —cuyo proyecto económico y social se sitúa claramente fuera del marco de la exconcertación tradicional— transforma al partido en un actor subordinado dentro de un bloque en el que no tiene historia, ni arraigo, ni garantías de sobrevivencia.
Para parte de la opinión pública, el gesto es simplemente un acto de oportunismo electoral: apostar por quien aparece como favorito en todas las encuestas. Pero para Demócratas puede ser un salto al vacío. En política, el oportunismo tiene costos, especialmente cuando se abandona un proyecto fundacional para abrazar uno con el cual no existen compatibilidades estructurales. Y esos costos suelen pagarse caro en la próxima elección parlamentaria.
El riesgo de desaparecer bajo la ola ultraderechista
El mayor riesgo para Demócratas no es quedar mal con el oficialismo —del que ya estaban lejos— ni perder coherencia programática —un terreno siempre ambiguo en partidos nuevos—, sino desaparecer absorvido por la ola conservadora que acompaña la posible llegada de Kast a La Moneda.
La historia electoral chilena ofrece precedentes claros: los partidos pequeños que se alinean con un liderazgo presidencial fuerte tienden a perder identidad, visibilidad y, finalmente, existencia. El PRI, Evópoli bajo el primer gobierno de Piñera, el PRO, Ciudadanos y otros movimientos emergentes son ejemplos de cómo un espacio sin arraigo territorial puede evaporarse cuando el liderazgo presidencial no deja margen para agendas propias.
Si Kast triunfa, será él quien defina la hoja de ruta. Demócratas pasará a ser un aliado accesorio, útil para mostrar amplitud política pero sin poder real de incidencia. Y si Kast pierde, el costo será incluso mayor: la colectividad quedará marcada como un soporte fallido de la ultraderecha, sin espacio para reconstruir un camino de centro.
El quiebre con la tradición demócrata-cristiana
La figura de Ximena Rincón simboliza este giro. Exministra, exsenadora DC, protagonista de décadas de política de centro en la exconcertación, hoy se alinea con un candidato que ha cuestionado pilares fundamentales del legado democratacristiano: el sistema de derechos sociales, la agenda de derechos humanos, la independencia de poderes del Estado y la capacidad regulatoria del Estado en materias sensibles.
Lo mismo ocurre con dirigentes como Tarud y Maldonado, históricos representantes del progresismo liberal concertacionista, ahora posicionados en un proyecto que propone un Estado mínimo y un ordenamiento social anclado en el conservadurismo moral. La contradicción es evidente y debilita la credibilidad de la colectividad frente a aquellos votantes que valoraban justamente su identidad de centro.
Kast gana, Demócratas pierde
Desde la óptica del comando de Kast, el apoyo de Demócratas es una victoria simbólica: permite mostrar apertura hacia figuras históricas de centro y reforzar su discurso de gobernabilidad. Pero para Demócratas, el cálculo es menos prometedor.
Si Kast triunfa, su bloque político tendrá poco incentivo para ceder espacios. Y si pierde, Demócratas habrá renunciado a su autonomía para alinearse con un proyecto que no logró convencer a la mayoría. En ambos casos, el desgaste interno y externo será significativo.
Un giro que revela la crisis del centro político
Finalmente, la decisión de Demócratas no es solo un gesto individual de oportunismo. Es también la expresión de una crisis más profunda: el desplome del centro político chileno, incapaz de articular un proyecto propio en un país cada vez más polarizado. Entre una izquierda que lucha por recomponer su coalición y una derecha fortalecida por el miedo y la inestabilidad, el centro político se fragmenta en movimientos pequeños que buscan sobrevivir aun a costa de renunciar a su identidad histórica.
Demócratas apostó alto. Pero en su intento por no quedar fuera de la foto del poder, puede haber firmado su propia invisibilidad futura.
Simón del Valle





