
El hilo invisible que nos une… y nos fractura
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Comienzos de 2026 es una oportunidad para mirar el año que terminó. En mi opinión, tenemos una sociedad gobernada por el miedo, el estrés y la desconfianza, donde la educación se empobrece, la convivencia se fractura y la corrupción deja de ser una anomalía para transformarse en un riesgo sistémico. Tierra fértil para la delincuencia y el autoritarismo.
En educación, el diagnóstico fue reiterado y respaldado por evidencia empírica y neurocientífica: el aprendizaje no depende principalmente de infraestructura, currículum o pruebas estandarizadas, sino del clima en el aula y en la casa. La Agencia de Calidad de la Educación lo reconoce y la neurociencia lo confirma: ambientes hostiles activan el eje del estrés, elevan el cortisol y bloquean procesos clave para la memoria, la toma de decisiones y el pensamiento crítico. Pretender mejorar la educación bajo estrés crónico es una contradicción. Una escuela y una familia que opera bajo amenaza no forma ciudadanos felices y libres; forma personas que viven aisladas y a la defensiva.
Ese mismo patrón se replica en la vida social. Vivimos intoxicados de cortisol. La percepción permanente de amenaza deteriora la empatía, intensifica la reactividad emocional y debilita la cooperación. Aquí la convivencia adquiere su sentido más profundo: no como armonía ingenua, sino como la capacidad de tramitar conflictos sin violencia. Cuando esa capacidad se pierde, las violencias ocupan su lugar. Como advertía Paulo Freire, nadie aprende ni se transforma en soledad: lo hacemos en diálogo. Pero el diálogo exige escucha, y escuchar se ha vuelto un acto contracultural. El diagnóstico está magistralmente abordado por Byung Chul Han en su libro “La Sociedad del Cansancio”.
Incluso debates que debieran ser una práctica normal en una sociedad democrática son hoy fuente de polarización por el rol que cumplen las redes sociales en la producción y amplificación de la violencia. Las RRSS emocionalizan, exacerban el miedo, simplifican los conflictos y convierten la indignación en capital político. En ese ecosistema, la violencia no siempre adopta formas físicas; se expresa en la deshumanización cotidiana del otro, en el linchamiento digital, en la validación del abuso y en la justificación del castigo sin reglas. Cuando el espacio público es colonizado por la lógica algorítmica del conflicto permanente, la convivencia —el verdadero antónimo de la violencia— se vuelve frágil y excepcional. Aún no hemos sido capaces de abordar y enfrentar a las plataformas tecnológicas que monetizan el conflicto en desmedro de la convivencia.
Este deterioro del espacio público tiene consecuencias directas sobre la democracia. Como advertía John Dewey, la democracia no es solo un sistema electoral, sino “un modo de vida basado en la comunicación y la participación”. Esa comunicación supone escucha, deliberación y reconocimiento mutuo; condiciones incompatibles con un entorno dominado por la reacción inmediata, la consigna y la polarización. Cuando la política se transforma en espectáculo emocional, la democracia pierde su función civilizatoria más básica: procesar los conflictos sin recurrir a la violencia. En ese vacío, el autoritarismo deja de percibirse como una amenaza y comienza a presentarse como una respuesta eficaz frente al miedo socialmente amplificado.
La corrupción aparece entonces no solo como delito, sino como síntoma cultural. Penetra en instituciones frágiles con gran facilidad. Y así, cuando se erosiona la confianza, el atajo se normaliza. Cuando el poder pierde la vergüenza, se borra la frontera entre lo ético, lo inmoral y lo delictivo. Y una sociedad estresada, fragmentada y cínica es terreno fértil para esa deriva.
El hilo invisible que conecta educación, convivencia y corrupción es la erosión de la confianza. Recuperarla no es un desafío técnico, sino ético y político. Exige volver a educar para la convivencia, recuperar la escucha como práctica democrática y restituir reglas que valgan para todos. Mientras el miedo gobierne, seguiremos confundiendo orden con control y seguridad con violencia. Y seguiremos tratando los síntomas, sin atrevernos a enfrentar la raíz del problema.
Marcelo Trivelli






Felipe Portales says:
En definitiva, tenemos una sociedad extremadamente neoliberal, injusta y corrupta en que luego de la imposición de dicho modelo por la dictadura, aquél ha sido legitimado, consolidado y profundizado por seis gobiernos de derecha «centro-izquierdistas».