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La Tercera Guerra Mundial no declarada

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Estamos viviendo una situación radicalmente distinta a cualquier otra etapa anterior. No se trata de una repetición de los años setenta, ni de una reedición de los golpes clásicos, ni siquiera de una suma de crisis regionales mal conectadas. Lo que está en curso es una Tercera Guerra Mundial ya desplegada, aunque adopte formas fragmentadas, descentradas y no declaradas. Negarse a asumir ese marco conduce inevitablemente a lecturas lineales, insuficientes y, en el fondo, tranquilizadoras.

El rasgo central de este momento no es la fortaleza del poder dominante, sino su crisis estructural. Un sistema que ya no logra expandirse ni garantizar estabilidad recurre de manera creciente a la coerción, al desorden y a la guerra como formas normales de reproducción. La violencia deja de ser una excepción y se convierte en método. En ese contexto, las agresiones abiertas, las amenazas explícitas y la normalización de la intervención no buscan construir nuevos órdenes políticos viables, sino impedir que surjan alternativas soberanas en un mundo que se reconfigura aceleradamente.

Venezuela no puede ser leída fuera de este marco. Ya en abril de 2002, en el primer gran ensayo de esta guerra no declarada, el presidente Hugo Chávez fue derrocado y secuestrado en un golpe de Estado abierto, con respaldo externo. No se trató de una crisis institucional ni de un conflicto entre élites, sino de un acto de fuerza destinado a interrumpir por la vía inmediata un proceso político que comenzaba a desbordar los márgenes tolerables del orden hemisférico. Su restitución no fue producto de negociaciones diplomáticas ni de mediaciones internacionales: fue el resultado directo de la acción de militares leales y, de manera decisiva, de la irrupción del pueblo organizado, que bajó desde los cerros para defender a su presidente y el proyecto histórico que encarnaba. Ese episodio marcó un punto de no retorno. Desde entonces quedó claro que la confrontación no sería episódica ni coyuntural, sino prolongada, estructural y sin reglas fijas.

A partir de ese momento, el conflicto no hizo más que mutar de forma. Bloqueo económico, sabotaje financiero, intentos de magnicidio, operaciones mercenarias, secuestro de representantes del Estado venezolano, recompensas públicas por la captura del presidente en ejercicio y amenazas explícitas de intervención militar pasaron a constituir un mismo continuo de agresión. No se trata de sanciones ni de presión diplomática, sino de una guerra irregular y sostenida en el tiempo, orientada a neutralizar una experiencia que, con todas sus contradicciones, abrió un camino distinto en el siglo XXI.




Este patrón comienza ahora a extenderse de manera más visible a otros países de la región. Las amenazas directas contra Cuba confirman la persistencia de una lógica de castigo ejemplar, destinada a impedir cualquier reapertura de horizontes soberanos. Pero un elemento nuevo y especialmente significativo es la creciente presión sobre Colombia. En las últimas horas, el propio Donald Trump ha dirigido amenazas explícitas contra el presidente colombiano, utilizando un lenguaje de intimidación personal impropio de cualquier relación diplomática y propio, en cambio, de una relación de subordinación forzada.

Colombia ha sido durante décadas la principal plataforma de proyección militar y política de Estados Unidos en Sudamérica. La agresión verbal, directa y pública al presidente colombiano indica que el margen de tolerancia se ha reducido drásticamente y que la lógica de guerra comienza a imponerse.

Durante más de tres décadas, el mundo ha vivido sin proyectos revolucionarios capaces de disputar realmente el poder. Ese vacío no fue neutral. Permitió la consolidación de un orden que hoy muestra signos evidentes de agotamiento. La emergencia de procesos como el venezolano rompió, aunque sea parcialmente, esa inercia histórica. Por eso la reacción no ha sido simplemente política, sino estructural, prolongada y feroz. No se castiga a un gobierno, se castiga la posibilidad de que exista un antecedente.

En una guerra mundial en curso no hay cierres rápidos ni soluciones nacionales autosuficientes. Hay zonas de presión permanente, desgaste prolongado y disputas por recursos estratégicos que exceden cualquier frontera. América Latina, hoy, comienza a ser integrada de manera directa a esta confrontación, no como sujeto autónomo, sino como espacio a disciplinar.

Aquí aparece el desafío de fondo. No basta con reconocer las agresiones ni con enumerar las injusticias. Tampoco alcanza con apelar a la movilización espontánea o a la defensa institucional. El problema es más profundo, se ha vivido demasiado tiempo sin proyecto histórico, sin horizonte estratégico y sin acumulación real de fuerzas capaces de enfrentar un escenario de guerra prolongada. Las revoluciones, cuando ocurren, no son perfectas, pero siempre surgen en contextos de crisis sistémica. Y este es, sin duda, uno de esos contextos.

Lo que está en juego no es únicamente el destino de Venezuela, ni el de Cuba o Colombia por separado, sino la capacidad de los pueblos de la región para leer el momento histórico sin nostalgia ni voluntarismo. La Tercera Guerra Mundial ya no es una hipótesis futura; es el marco en el que se inscriben todas estas agresiones. Persistir en análisis parciales o lineales equivale a desarmarse políticamente frente a un conflicto que exige otra densidad de pensamiento, otra escala de articulación y una comprensión mucho más cruda de la etapa que se ha abierto.

Cuando el humo se ve de lejos, el fuego ya está cerca.



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