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Crueldad simbólica y provocación política en la ultraderecha chilena

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En relación con el fallo judicial que absolvió a Claudio Crespo, el ex teniente coronel de Carabineros a quien se ha señalado como uno de los responsables de los disparos que provocaron la pérdida total de la visión de Gustavo Gatica, hoy diputado electo por el Partido Comunista, se configura en mi experiencia una imagen ineludible que remite a una forma específica de crueldad asociada a la ultraderecha chilena. A saber: el registro visual posterior al fallo absolutorio, donde Crespo realiza gestos de celebración junto a adherentes que exhiben banderas nacionales, ejecutan saludos de inspiración nazi y entonan el himno nacional en un ambiente festivo, como si el acto mismo que se le imputó fuese objeto de conmemoración colectiva. Este despliegue simbólico se inscribe en una narrativa de victimización, por sectores de derecha y ultraderecha, para resignificar la violencia estatal.

No obstante, la expresión más extrema de esta lógica se manifiesta en la circulación de memes y burlas posteriores, donde no se trata únicamente de la ostentación del triunfo o del silencio cómplice, sino de la utilización activa de plataformas digitales para ridiculizar a una persona a la que se dejó ciega. La imagen de un montaje gráfico que representa una lápida con el rostro de Gustavo Gatica, acompañada por un gesto manual y la inscripción irónica de optimismo, condensa una violencia simbólica de gran intensidad y revela un patrón de deshumanización que excede el caso individual.

Este tipo de representaciones activa asociaciones con episodios de la historia reciente de Chile que permanecen latentes en la memoria colectiva. Vuelve a aparecer, por ejemplo, la escena en que el general Pinochet responde de manera burlona a una pregunta sobre los restos hallados en Pisagua, trivializando el horror con un comentario cínico (“¡Qué economía más grande!”). Se reactiva también el recuerdo de manifestaciones por los detenidos desaparecidos en las que mujeres afines al pinochetismo exhibían huesos de animales como gesto de escarnio hacia las víctimas y sus familiares. La imagen asociada a Claudio Crespo se inscribe en esta misma genealogía de la humillación, configurando una continuidad histórica de prácticas destinadas a ridiculizar el sufrimiento ajeno.

Lo que resulta preocupante (aunque no sorprende) es la escasa problematización pública de estas escenas por parte de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, que rara vez las presentan como éticamente reprobables y normativamente inadmisibles. La divergencia de ideas constituye un componente saludable del conflicto democrático, aunque la mofa sistemática de la tragedia ajena excede cualquier marco legítimo de controversia. Este fenómeno, que ha permanecido durante largo tiempo en una zona subterránea del espacio público, encuentra hoy condiciones de posibilidad para su expansión y normalización, favorecidas por un contexto internacional marcado por el segundo mandato de Donald Trump, donde estas performatividades de ultraderecha estrechamente vinculadas a la violencia tienden a ser relativizadas.




Estas manifestaciones poseen un objetivo político preciso, orientado menos a la argumentación que a la provocación performativa. No buscan deliberación ni persuasión racional, buscan el impacto, la burla y la desestabilización del espacio público, operando de manera análoga a los ejércitos de bots que proliferan en plataformas digitales y medios de comunicación chilenos. El efecto acumulativo de estas prácticas erosiona la capacidad deliberativa de la democracia y refuerza la idea preconcebida de que la política solo puede ejercerse mediante formas autoritarias de imposición.

En este escenario, las izquierdas enfrentan un desafío estratégico de gran envergadura. Estas deben reconocer la multiplicidad de conflictos que atraviesan a las sociedades contemporáneas y evitar repliegues “melancólicos” que paralicen la acción política. En el caso chileno, tanto la izquierda institucional asociada al gobierno de Boric, cuya promulgación de la ley Naín Retamal contribuyó a generar condiciones favorables para la absolución de Crespo, como las izquierdas de base popular, se ven interpeladas a recomponer estrategias con celeridad para superar esta situación de derrota relativa (“la derrota es siempre breve”, decía Patricio Manns).

Ello implica, para cerrar, además, abandonar la lógica de la autoafirmación identitaria dirigida exclusivamente a públicos ya convencidos y asumir el desafío de interpelar a sectores apolíticos o incluso ideológicamente distantes. El horizonte organizativo no puede reducirse a la confirmación de certezas compartidas, debe orientarse a la construcción de un espacio político capaz de disputar sentidos en una sociedad profundamente fragmentada.

* Fabián Bustamante Olguín es doctor en sociología y académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía de la Universidad Católica del Norte, Coquimbo

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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