
Mientras en Sudán y Sudán del Sur: dos guerras que reconfiguran el tablero geopolítico del noreste africano
Tiempo de lectura aprox: 4 minutos, 11 segundos
En el noreste de África, dos guerras avanzan en paralelo, alimentándose mutuamente y transformando la región en un corredor de inestabilidad que se extiende desde el Sahel hasta el Mar Rojo. Sudán y Sudán del Sur, países cuyas historias están entrelazadas por décadas de conflicto, se encuentran hoy atrapados en dinámicas bélicas que ya no responden únicamente a rivalidades internas, sino a un entramado de intereses regionales, ambiciones militares y silencios diplomáticos que profundizan la crisis. Mientras la comunidad internacional desvía la mirada hacia otros escenarios, ambos Estados se deslizan hacia una fase de descomposición que amenaza con alterar el equilibrio geopolítico de toda la región.
Sudán: un Estado que se deshace entre guerras delegadas y ambiciones regionales
La visita del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, a Sudán dejó al descubierto un país desgarrado por una guerra que ha adquirido una dimensión total. Desde Port Sudan hasta el Estado del Norte, Türk escuchó testimonios que evocan las peores atrocidades de las guerras contemporáneas: violencia sexual sistemática, ejecuciones sumarias, desapariciones, torturas, saqueos y hambruna inducida. La ofensiva de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) sobre El Fasher, en Darfur del Norte, no es un episodio aislado, sino la manifestación de una estrategia de control territorial basada en el terror y la destrucción de la vida civil.
La guerra sudanesa ya no enfrenta únicamente a las RSF y a las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF). Se ha convertido en un conflicto de múltiples capas, donde milicias locales, redes criminales, actores económicos y potencias regionales intervienen directa o indirectamente. La caída de Omar al-Bashir en 2019 abrió un vacío de poder que rápidamente fue ocupado por facciones militares rivales, cada una respaldada por aliados externos con intereses estratégicos en el país. Emiratos Árabes Unidos ha sido señalado por su apoyo material a las RSF, interesadas en controlar rutas comerciales y yacimientos de oro. Egipto respalda a las SAF para evitar un colapso que desestabilice su frontera sur y afecte su seguridad hídrica. Rusia, a través de redes vinculadas al antiguo Grupo Wagner, busca acceso a recursos minerales y posiciones estratégicas en el Mar Rojo. Arabia Saudita, por su parte, intenta mantener un equilibrio que proteja sus rutas marítimas y su influencia regional.
En este contexto, los ataques contra infraestructuras esenciales, como la central hidroeléctrica de Merowe, adquieren un significado geopolítico. No se trata únicamente de debilitar al adversario militar, sino de destruir la capacidad del Estado para funcionar, fragmentando aún más el territorio y abriendo espacio para la intervención de actores externos. La guerra sudanesa se ha convertido en un conflicto por delegación, donde las potencias regionales utilizan a las facciones locales como instrumentos para avanzar sus propios intereses estratégicos.
La región de Kordofán, donde la ONU advierte que podrían repetirse las atrocidades cometidas en El Fasher, se perfila como el próximo epicentro de violencia. La combinación de hambruna, desplazamientos masivos, proliferación de drones y armamento avanzado, y la ausencia de un actor estatal capaz de garantizar seguridad, crea un escenario propicio para la expansión de grupos armados y redes criminales transfronterizas.
Sudán del Sur: el desmoronamiento silencioso de un acuerdo de paz
Mientras Sudán se desangra, Sudán del Sur enfrenta su propia crisis. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU alertó sobre una escalada militar en el Estado de Jonglei que amenaza con desmantelar lo que quedaba del Acuerdo Revitalizado para la Resolución del Conflicto (R‑ARCSS). Los bombardeos aéreos, las ofensivas terrestres y la movilización de milicias civiles han provocado el desplazamiento de más de cien mil personas desde diciembre de 2025. La destrucción de mercados, viviendas y centros médicos recuerda los peores momentos de la guerra civil que devastó el país entre 2013 y 2018.
El conflicto en Sudán del Sur no puede entenderse sin considerar la estructura del poder político. El Estado, débil y fragmentado, ha sido capturado por élites militares que utilizan los recursos petroleros como herramienta de control político. La lógica de gobierno se basa en la distribución clientelar de beneficios, lo que genera tensiones permanentes entre facciones armadas que compiten por el acceso a recursos y posiciones de poder. La militarización creciente, incluido el reclutamiento de menores, y la obstrucción sistemática del acceso humanitario muestran que el acuerdo de paz se ha convertido en un instrumento vacío, incapaz de contener las ambiciones de las élites gobernantes.
La dimensión regional del conflicto es igualmente significativa. Sudán del Sur es un actor clave en la geopolítica del petróleo del África oriental. Uganda y Kenia dependen de su estabilidad para proyectos de infraestructura regional, mientras Etiopía observa con preocupación la posibilidad de un nuevo flujo de refugiados. La guerra en Sudán, por su parte, ha debilitado la capacidad de Jartum para actuar como amortiguador, aumentando el riesgo de que los conflictos se extiendan a través de fronteras porosas.
Una región atrapada entre guerras, intereses y silencios
Aunque los contextos difieren, Sudán y Sudán del Sur comparten un mismo patrón: la indiferencia internacional ante conflictos prolongados que ya no generan titulares, pero que siguen destruyendo vidas a un ritmo devastador. La comunidad internacional parece haber aceptado que estos conflictos son “crónicos”, parte del paisaje político africano. Pero esta normalización del horror tiene consecuencias profundas. La ausencia de presión diplomática efectiva permite que actores regionales y globales intervengan sin restricciones, alimentando las dinámicas bélicas. La proliferación de armas, la expansión de redes criminales y la erosión de las instituciones estatales crean un corredor de inestabilidad que conecta el Sahel con el Cuerno de África, afectando rutas comerciales, flujos migratorios y equilibrios geopolíticos.
La región se convierte así en un tablero donde potencias regionales y globales compiten por influencia, mientras las poblaciones locales pagan el precio. La guerra deja de ser un enfrentamiento militar para convertirse en una herramienta política, económica y geoestratégica.
El hilo que resiste: la sociedad civil como último dique
A pesar del colapso institucional, ambos países muestran una resiliencia notable. En Sudán, jóvenes voluntarios organizan ayuda humanitaria con recursos mínimos, arriesgando su vida para mantener vivas a sus comunidades. En Sudán del Sur, líderes comunitarios intentan mediar entre facciones armadas para evitar masacres. Mujeres, periodistas, abogados y trabajadores humanitarios continúan su labor en condiciones extremas, desafiando la violencia y la represión.
Pero la resiliencia no puede sustituir a la responsabilidad política. Ni en Jartum, ni en Juba, ni en las capitales que financian o arman a los actores en conflicto. La región necesita una estrategia internacional que vaya más allá de la gestión de crisis y que aborde las raíces políticas, económicas y geoestratégicas de los conflictos.
Dos guerras que anuncian un futuro incierto
Sudán y Sudán del Sur se encuentran en una encrucijada histórica. Si la comunidad internacional continúa mirando hacia otro lado, la región corre el riesgo de convertirse en un corredor permanente de violencia, desplazamiento y colapso estatal. Ambos conflictos muestran que la guerra ya no es solo un enfrentamiento militar: es una herramienta para reconfigurar territorios, controlar recursos y asegurar posiciones estratégicas.
Mientras los actores armados disputan territorios y alianzas, millones de civiles —mujeres, niñas, niños, ancianos— siguen atrapados en un ciclo de violencia que parece no tener fin. La pregunta que queda en el aire es si la comunidad internacional está dispuesta a intervenir antes de que la región cruce un umbral del que ya no pueda regresar.





