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Biobío en llamas: la emergencia que confirma que los incendios ya no son una excepción, sino una condición estructural

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La Región del Biobío vuelve a vivir un escenario crítico marcado por incendios forestales de gran magnitud, con viviendas destruidas, miles de hectáreas quemadas y una Alerta Roja regional que confirma una realidad cada vez más difícil de ignorar: el fuego dejó de ser un evento extraordinario del verano para convertirse en una amenaza permanente, estructural y profundamente ligada al modelo territorial y productivo del país.

Durante las últimas horas, el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SENAPRED) declaró Alerta Roja para toda la región del Biobío, lo que implica la movilización de todos los recursos disponibles del Estado para enfrentar la emergencia. La decisión se adoptó ante la simultaneidad de varios focos activos, su rápido avance y el riesgo directo para centros poblados, especialmente en el Gran Concepción.

Concepción en el centro de la emergencia

Uno de los incendios más complejos es el denominado “391 Trinitarias”, que afecta a las comunas de Concepción, Penco y Tomé. De acuerdo con información oficial entregada por CONAF y recogida por medios nacionales como Radio Bío Bío y Emol, este siniestro supera las 2.100 hectáreas afectadas y se mantiene en estado de combate, con un comportamiento errático que ha obligado a redoblar esfuerzos aéreos y terrestres.

El impacto ya no es solo ambiental. Autoridades comunales confirmaron la destrucción total de al menos siete viviendas en Concepción, particularmente en sectores de interfaz urbano-rural como Puente 1, donde el fuego avanzó rápidamente hacia zonas habitadas, obligando a evacuaciones preventivas y a un despliegue de emergencia de Bomberos y Carabineros.




A este foco se suma el incendio “Rancho Chico”, también en la comuna de Concepción, con cerca de 737 hectáreas quemadas, que ha generado preocupación por su cercanía a áreas residenciales y por la dificultad de acceso en algunos sectores.

Una crisis que supera lo coyuntural

Según balances difundidos por CONAF y replicados por Emol, el Biobío ya supera las 26 mil hectáreas quemadas en la presente temporada, una cifra que grafica la magnitud del daño acumulado y que sitúa a la región entre las más afectadas del país. A nivel nacional, se reportan decenas de incendios activos, varios de ellos en combate, con un patrón que se repite año tras año en la zona centro-sur.

Para expertos y organizaciones territoriales, el problema va mucho más allá de las condiciones climáticas o de la intencionalidad puntual de algunos siniestros. El avance del fuego expone una combinación peligrosa: expansión desregulada de zonas urbanas hacia áreas forestales, monocultivos altamente inflamables, falta de cortafuegos efectivos, escasa planificación territorial y una prevención que sigue siendo insuficiente frente a la escala del problema.

Alerta Roja: más recursos, mismas preguntas

La Alerta Roja regional permite reforzar el despliegue de brigadas, aeronaves, maquinaria pesada y apoyo logístico, además de facilitar la coordinación entre CONAF, SENAPRED, Bomberos, municipios y Fuerzas Armadas. Sin embargo, cada nueva emergencia vuelve a instalar las mismas preguntas de fondo: ¿por qué las viviendas siguen construyéndose en zonas de alto riesgo?, ¿por qué la prevención no avanza al mismo ritmo que la expansión inmobiliaria y forestal?, ¿por qué el costo de estas crisis lo siguen pagando principalmente las comunidades más vulnerables?

En sectores como Santa Juana, Florida, Laja, Coronel y Penco —comunas que en años anteriores ya han vivido tragedias similares— la sensación es de déjà vu. Las llamas regresan, los recursos se despliegan, pero las soluciones estructurales siguen postergadas.

El fuego como síntoma de un modelo

Más allá de la emergencia inmediata, los incendios en el Biobío vuelven a poner en evidencia una verdad incómoda: el fuego no es solo un fenómeno natural, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y territoriales acumuladas durante décadas. La tierra convertida en mercancía, la planificación subordinada a la rentabilidad y la falta de una política integral de ordenamiento territorial crean las condiciones perfectas para que cada verano sea más destructivo que el anterior.

Mientras las brigadas combaten las llamas y las familias afectadas intentan dimensionar sus pérdidas, la región enfrenta una realidad que ya no admite eufemismos. El Biobío no está ante una emergencia pasajera, sino frente a una crisis ambiental y social permanente, donde cada incendio confirma que el problema no es solo apagar el fuego, sino cambiar las condiciones que lo hacen inevitable.

Fuentes: SENAPRED, CONAF, Radio Bío Bío, Emol, municipalidades de Concepción y Penco



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