
Coimeros en su salsa
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En estos tiempos de zafacoca, nada funcionaría en Chile, sin la coima. ¿O usted discrepa? Vieja y mañosa institución, dentro de la clandestinidad, la cual surge para aceitar los engranajes de las relaciones comerciales, políticas y sociales. Toda una intriga. Es decir, pagar favores al margen de la ley. Aparataje colmado de artimañas, trampas y vericuetos, cuyo objetivo es introducir dinero en las faltriqueras del prójimo. Entonces, las relaciones del poder y sus súbditos, funcionan a pedir de boca. “Todo tiene su precio”, dice el proverbio, aunque nos duela. Ahora que, en la ciudad de San Felipe, se encuentre una calle con el nombre Coimas, no significa que ahí viva gente dedicada al oficio de coimeros. Se refiere a la batalla de las Coimas, donde los patriotas chilenos repelen al ejército realista, el 17 de febrero de 1817.
Nadie puede negar que la institución llamada coimas en nuestro país, posee embrujo y disimulo, donde toda la tramoya se realiza en clandestinidad. Entre cuatro paredes, en las sombras o a la luz del día. No hay heridos, muertos o desaparecidos, mientras el dinero cambia de mano. Fluye. De no ser así, el espíritu de la institución se sumiría en el desprestigio. A menudo se utilizan sobres, donde se introducen los billetes, sean pesos, euros o dólares, pues no dejan huellas. Nada de cheques, regalos ostentos, sean yates o casas en Reñaca y fiestas en El Caribe. La argucia y sutileza es una condición necesaria al establecer el contacto. Bien se puede usar un maletín, una mochila o un baúl, si la coima es demasiado cuantiosa. Depende de la estatura de la persona a la cual se va a coimear. A una magistrada no se le puede entregar la coima envuelta en papel de diario. Tiene que ir en una cartera Christian Dior, acompañada de una caja de bombones. A de saber usted, como es el caso de las peluquerías, que hay tarifas en este tema. Teñirse el pelo, depilarse las axilas o arreglarse los bigotes, tienen distintos precios. También en la gastronomía, no es lo mismo comer una empanada en un boliche, en vez de una centolla de Punta Arenas, en un restorán de Vitacura.
A modo de establecer categorías en el buen manejo de las coimas, hay quienes han creado el vademécum dentro de esta disciplina. Como se trata de una institución llamada a perdurar en nuestras costumbres, debe disponer de reglas claras. Nada al tuntún, por tratarse de una corporación, cuyo objetivo apunta a facilitar las relaciones humanas en nuestro país. No es igual coimear al cagatintas autor de un pasquín, que a un parlamentario. Menos a una jueza, involucrada en la trama, llamada: “Muñeca bielorrusa”. Algo así como una novela de intrigas, espionaje, aun cuando todavía no hay muertos ni desaparecidos. Nadie, ni el más imaginativo pendolista, puede sospechar el desenlace de esta coima, servida en vajilla de porcelana.
Tiemblan y se agrietan las instituciones a las cuales se creían impolutas. Se resquebraja a pedazos la república, el Poder Judicial, notarios, conservadores de Bienes Raíces, testaferros, agencias de viaje, casa de cambios, lazarillos y suches, conforman lo que se puede llamar, viaje al Edén. Como final de esta bochornosa historia, todo caerá al albañal y al cabo del tiempo, el olvido premiará a los culpables. A lo sumo, concurrirán a clases de ética o de las buenas costumbres. Admirados por quienes viven al margen de la ley, una y otra vez, serán aceitados. En esta orgía de coimas e intrigas, la corrupción muestra el pus, la escondida miseria humana. El dinero, todo lo corroe.
Walter Garib





