
La derecha chilena contra Bachelet: mezquindad local frente a una apuesta global
Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 43 segundos
La oficialización de la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas, respaldada formalmente por Chile, Brasil y México, no solo abrió un nuevo capítulo en la proyección internacional de América Latina, sino que también dejó al desnudo una reacción tan previsible como preocupante de la derecha chilena. Particularmente desde el Partido Republicano, pero también desde sectores de Chile Vamos, la respuesta fue una mezcla de desdén, descalificación y cálculo político menor frente a una iniciativa de alcance global.
El lunes 2 de febrero, desde el Palacio de La Moneda, el presidente Gabriel Boric anunció la inscripción formal de la candidatura de la exmandataria ante la ONU, acompañada por el canciller Alberto van Klaveren y los embajadores de Brasil y México. No se trató de un gesto simbólico ni improvisado: el respaldo de los dos países más poblados de América Latina —gobernados por Lula da Silva y Claudia Sheinbaum— sitúa la postulación de Bachelet como una apuesta regional por fortalecer el multilateralismo en un contexto internacional marcado por guerras, crisis humanitarias, colapso climático y debilitamiento de los organismos globales.
Sin embargo, en Chile, la reacción de la derecha fue inmediata y reveladora. Desde el Partido Republicano, su presidente Arturo Squella calificó la candidatura como “nacida muerta”, mientras otras figuras del sector apuntaron a supuestos errores diplomáticos del gobierno de Boric, a la trayectoria política de Bachelet o incluso a su pasado como Alta Comisionada de Derechos Humanos, cargo desde el cual incomodó a gobiernos autoritarios y a sectores conservadores en distintos países.
Más que un análisis serio de viabilidad internacional, las críticas parecen responder a una lógica estrictamente doméstica: debilitar cualquier figura asociada al ciclo progresista, incluso cuando esa figura goza de reconocimiento transversal fuera de las fronteras chilenas. La derecha no discute la experiencia de Bachelet en Naciones Unidas, ni su conocimiento del sistema multilateral, ni su trayectoria como jefa de Estado en dos períodos. Lo que incomoda es otra cosa: que una figura identificada con la centroizquierda chilena encarne una alternativa de liderazgo global desde el Sur.
El contraste con la cobertura internacional es elocuente. Medios como El País destacaron el respaldo de Brasil y México como un gesto político relevante que busca devolver protagonismo a América Latina en la gobernanza global. En esa lectura, la candidatura de Bachelet no es solo personal, sino parte de un esfuerzo por reposicionar a la región como actor colectivo en un mundo crecientemente fragmentado. Esa dimensión está completamente ausente en el discurso de la derecha chilena, atrapada en su propia trinchera ideológica.
La crítica republicana también revela una tensión más profunda: la incomodidad de la ultraderecha con el multilateralismo mismo. Para sectores que conciben la política internacional desde el prisma de la soberanía cerrada, el orden, la seguridad y el alineamiento acrítico con potencias hegemónicas, Naciones Unidas es vista más como un obstáculo que como un espacio de cooperación. No es casual que la figura de Bachelet —asociada a derechos humanos, enfoque de género y cooperación internacional— sea blanco de ataques tan virulentos.
Resulta especialmente llamativo que estas descalificaciones surjan cuando Chile logra articular un respaldo regional significativo, algo cada vez más escaso en la diplomacia latinoamericana. En lugar de valorar el posicionamiento del país y la posibilidad de que una chilena llegue al cargo más alto del sistema multilateral, la derecha opta por el boicot discursivo, incluso a costa de debilitar la imagen internacional de Chile.
La paradoja es evidente: quienes se presentan como defensores del prestigio y la seriedad institucional del país son los primeros en relativizar una candidatura que, objetivamente, fortalece la presencia chilena en el escenario global. En ese sentido, las declaraciones del Partido Republicano no solo resultan mezquinas, sino también profundamente provincianas.
La candidatura de Michelle Bachelet no está exenta de desafíos. El proceso para elegir al próximo secretario o secretaria general de la ONU es complejo, atravesado por vetos, equilibrios geopolíticos y negociaciones entre potencias. Pero reducirla a una maniobra política interna o a una supuesta inviabilidad automática es una forma de negar deliberadamente el peso de su trayectoria internacional y el respaldo político que hoy la acompaña.
En tiempos de crisis global, la pregunta de fondo no es si Bachelet “le acomoda” a la derecha chilena, sino si Chile está dispuesto a jugar un rol activo en la reconstrucción de un orden internacional más cooperativo. La reacción de la derecha parece responder con claridad: prefieren la pequeñez del conflicto interno antes que asumir una mirada de país.
Más que una crítica a Bachelet, lo que se expresa es una resistencia a cualquier proyecto que desafíe el repliegue nacionalista y la política del resentimiento. Y en ese gesto, la derecha chilena vuelve a confirmar algo que ya es evidente: su incapacidad para pensar más allá de sus fronteras ideológicas





