Columnistas

El arma más letal de Netanyahu y Trump: la creación de hambre epidémica

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 40 segundos

Hace ya 80 años un destacado médico e intelectual brasileño, Josué de Castro, quien recibió merecidamente el premio Nobel de la Paz, publicó una obra fundamental en las ciencias sociales y de amplia repercusión mundial, su título «Geografía del Hambre». En ella describió la realidad del hambre en Brasil y representó un hito fundamental en la comprensión de este flagelo. La obra no solo describió la realidad del hambre en su país, sino que revolucionó la forma de abordar el problema al demostrar que sus causas son principalmente sociales, económicas y políticas, y no una fatalidad natural o una consecuencia inevitable del crecimiento poblacional.

Con un novedoso enfoque interdisciplinario, integró conocimientos de la medicina, la fisiología, la nutrición, la geografía humana, la sociología y la economía política para analizar el fenómeno. Para él, la alimentación no es sólo una necesidad biológica, sino un fenómeno social y político profundamente desigual, moldeado por estructuras económicas injustas. Encontrando sus causas más profundas en las relaciones de poder, la concentración de la tierra y el modelo económico imperante.

Una de las distinciones más importantes que nos aportó fue distinguir dos tipos de hambre.

  1. Hambre Epidémica (o Total): Es la forma más visible y aguda, asociada a guerras, sequías severas o catástrofes naturales que provocan una escasez generalizada de alimentos y hambrunas espectaculares.
  2. Hambre Endémica (o Parcial): Es la forma más común pero también más invisible y, según Castro, la más perniciosa. Se trata del hambre crónica y permanente que padece una población de manera cotidiana. Se caracteriza por una alimentación precaria, carente de los nutrientes esenciales (proteínas, vitaminas, hierro, calcio) para un desarrollo saludable. Esta desnutrición continua no mata de forma inmediata, pero condena a las personas a una «vida a medias»: las vuelve más vulnerables a enfermedades (anemia, raquitismo, infecciones), limita su capacidad de aprendizaje y su fuerza para trabajar, perpetuando así el ciclo de la pobreza.

El núcleo de la tesis de Josué de Castro es que el hambre no es un problema de producción, sino de distribución y acceso. El mundo produce alimentos más que suficientes para toda su población. Por lo tanto, el hambre es una creación social.




Mientras el conjunto de la humanidad ha buscado, poner fin al flagelo del hambre, durante las ocho décadas pasadas, combatiendo sus causas estructurales, dos gobernantes de países cuyos gobiernos se autodefinen como democráticos y defensores de los valores occidentales, hacen uso consciente y deliberado de métodos de acción destinados a producir hambruna en la población de países considerados enemigos. Usando como arma política y militar la creación sistemática de hambre epidémica. Uno de ellos es Netanyahu que lo ha hecho con la población Palestina en Gaza. El otro es Trump haciéndolo hoy con la población cubana.

Es conveniente al recordar la Geografía del Hambre, que es mucho más que un estudio descriptivo. Es una obra pionera que desmontó mitos, como las teorías neomalthusianas que culpaban al crecimiento demográfico, y colocó el dedo en la llaga de las verdaderas causas: la injusticia social y la desigualdad económica. Castro concluyó que la solución al hambre pasaba necesariamente por transformaciones estructurales profundas, como una reforma agraria que democratizara el acceso a la tierra y la producción de alimentos, y por la conquista de la soberanía alimentaria de los pueblos. Su obra sigue siendo un llamado a la reflexión y la acción para construir un mundo más justo y sin hambre.

Sin embargo, paradójicamente, quienes mejor utilizan su trabajo y sus ideas, son quienes hacen uso del hambre como un instrumento para alcanzar sus objetivos políticos, como es el caso del primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu y del presidente de Estados Unidos Donald Trump.

Tal vez a quienes nunca han pasado hambre en sus vidas, a quienes no han sentido jamás a sus tripas reclamarles pidiendo alimentos, a quienes se han olvidado de la parábola del mendigo Lázaro y el rico Epulón (Lucas 16: 19-31), lo que aquí escribo, les suene como un grito de protesta y reclamo injustificado. Pero es terrible y preocupante pensar que estamos viendo, hoy en vivo y en directo, la repetición de las peores vergüenzas en la historia reciente de Occidente: la Inquisición, la caza y quema de brujas, los pogromos, el bombardeo de Guernica y los hornos crematorios de Auschwitz, cuando hemos sabido y observado los asesinatos de niños y ancianos en la franja de Gaza y los recientes asesinatos del ICE en Minneapolis.

Hambrear a poblaciones para alcanzar objetivos políticos es inmoral, sucio y deleznable, y quienes lo hacen unos psicópatas. ¿Qué adjetivo se merecen quienes los aplauden? ¿Y quienes guardamos prudente y discreto silencio?

 

Antonio Elizalde

 

 



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *