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Un principio justo puede más que un ejército y más que un imperio

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El imperialismo existe. No es metáfora ni exageración retórica. Es una estructura histórica concreta que redujo ciudades a ceniza nuclear en Hiroshima y Nagasaki, que convirtió a Vietnam en laboratorio de fuego y químicos, que sostuvo dictaduras en América Latina mientras miles eran desaparecidos y que incendió América Central para impedir cualquier desobediencia. Eso tiene nombre. Es doctrina de dominación.

 

Cuando Cuba decidió levantarse, cuando dejó de ser enclave y comenzó a afirmarse como sujeto histórico, la respuesta fue inmediata: invasión en Playa Girón, sabotajes, bloqueo económico sistemático, asfixia prolongada. No fue un impulso circunstancial. Fue escarmiento ejemplar.

 

Desde entonces, cada dificultad cubana se presenta como prueba de un fracaso intrínseco. Se analiza la escasez sin mencionar el cerco. Se mide el desgaste sin contar los golpes. Se habla de agotamiento histórico como si no existiera una presión constante diseñada precisamente para producirlo.

 

Lo que hoy presenciamos no es solo la continuidad del asedio, sino su reconfiguración abierta. Voces como la de Marco Rubio abandonan cualquier eufemismo y formulan lineamientos neocoloniales con franqueza brutal. Y Europa, la Europa que colonizó África, que trazó fronteras con violencia y acumuló riqueza sobre la esclavitud, no guarda silencio incómodo: respalda, legitima, celebra el orden hemisférico y la reafirmación de Occidente como centro que decide y periferia que obedece.




 

Esa actitud revela algo más profundo: una crisis civilizatoria. Una cultura que se pensó ilustrada y universalista termina alineándose sin fisuras con la reafirmación desnuda del poder. La antigua metrópoli, hoy subordinada estratégicamente, reproduce el mismo principio que la sostuvo durante siglos: decidir por otros.

 

En ese escenario, Cuba vuelve a cerrar filas.

 

No desde la ingenuidad ni desde una épica congelada, sino desde la conciencia histórica. Revolución no como consigna, sino como necesidad. Como acto de soberanía que se sostiene incluso cuando el costo es alto. Como afirmación de que un pueblo tiene derecho a equivocarse por sí mismo antes que obedecer correctamente.

 

Las revoluciones no son perfectas. Son imprescindibles.

 

Sin ellas, el mundo no cambia: se administra. Se ajusta. Se maquilla. Se resigna.

 

El riesgo mayor hoy no es el error revolucionario, sino la depresión colectiva que instala la idea de que nada puede transformarse. Es la pedagogía del desaliento que repite que todo intento será aplastado. Es la invitación permanente a aceptar el perímetro trazado por el poder.

 

Ahí Cuba vuelve a ser faro. No por pureza mítica ni por ausencia de contradicciones, sino porque en medio de un mundo que naturaliza la dominación insiste en sostener la autodeterminación como principio irrenunciable.

 

Mientras exista un país que no entregue completamente su capacidad de decidir, la historia no está clausurada. Mientras un pueblo cierre filas frente al asedio en lugar de rendirse al dictado externo, el horizonte permanece abierto.

 

El imperialismo puede bombardear, bloquear, sancionar. Puede rediseñar narrativas y aplaudirse en parlamentos europeos. Puede exhibir su poder con orgullo.

 

Lo que no puede decretar es el fin del deseo de emancipación.

 

Y mientras ese deseo persista, aunque esté sitiado, aunque sea imperfecto, habrá revolución posible.

 

No como repetición del pasado.

Como necesidad del presente.

Como condición del futuro.

 

Porque, al final, un principio justo puede más que un ejército.

Y más que un imperio.

 

Delfo Acosta



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