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Más allá del juego: Cuando en el estadio hay una verdad incómoda

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El martes 17 de febrero de 2026 quedará marcado no por el resultado del partido entre el Real Madrid y el Benfica, sino por lo que ocurrió después del gol. Cuando Vinícius Jr. denunció que el argentino Prestianni lo llamó «mono», no se escribió un nuevo capítulo aislado, sino que se confirmó una tendencia alarmante. Este incidente, sumado a los sufridos por Iñaki Williams, Lamine Yamal y tantos otros en nuestras propias canchas chilenas —desde Emilio Rentería hasta Faustino Asprilla—, nos obliga a mirar una verdad incómoda: el deporte no es una burbuja. Es un espejo, y a veces, un amplificador de lo peor de nuestra sociedad. Otras veces, se amplifica lo bueno, la solidaridad.

 

Durante décadas, hemos cometido el error de creer que el racismo en las gradas es un problema de «exaltados» o de «barras bravas». Sin embargo, el análisis de la realidad actual nos muestra que estamos frente a un racismo estructural que ha mutado. Ya no se esconde; se ha institucionalizado. Lo que antes costaba la carrera política de un senador, hoy es moneda corriente en discursos presidenciales y tuits de magnates tecnológicos. Cuando líderes globales normalizan lenguaje que evoca la «contaminación de la sangre» o califican a naciones enteras como basureros, envían un permiso tácito a la hinchada para hacer lo mismo en el estadio, cuando se incrementa la bronca contra la “otra” barra o el “otro” equipo.

 

En Chile, la situación es particularmente crítica. A pesar de la Ley N° 21197 de 2020, que buscaba proteger a los deportistas contra la discriminación, seguimos sin una legislación específica contra el racismo. La justicia es lenta: un insulto sufrido en 2020 recibió condena recién en 2025. Mientras tanto, opera una peligrosa inversión de la responsabilidad: se cuestiona la reacción de la víctima (como a Vinícius) en lugar de castigar al agresor. Se celebra al atleta racializado cuando marca el gol o gana el oro olímpico, pero se le niega su humanidad plena en la vida cotidiana, tratándolo como un cuerpo mercantilizable y no como un ciudadano de plenos derechos.

A esto se suma el ecosistema digital. Las redes sociales, lejos de ser neutrales, han devenido en el principal combustible del odio. Algoritmos que priorizan la indignación y la debilitación de las políticas de moderación han permitido que el «racismo sin vergüenza»  se viralice. No es casualidad que el aumento de los delitos de odio en la sociedad global vaya de la mano con la crispación en los estadios. El discurso del «gran reemplazo» o la criminalización del migrante no se quedan en Twitter; bajan a la calle y suben a las tribunas.




Las consecuencias trascienden lo deportivo. Hablamos de salud mental deteriorada, de tejido social fragmentado y de una democracia que se debilita cuando se construye sobre la base de un «nosotros» excluyente. La impunidad es la norma: en Europa, solo el 22,6% de las víctimas denuncia, sabiendo que las sanciones son simbólicas. Algunos clubes europeos  se arrodillan antes del partido, pero miman a los grupos ultras que portan simbología nazi.

Es un cumplimiento simbólico  de las normas de inclusión por parte del estado y los clubes, que salvo excepciones, no abordan las causas profundas: la precariedad, la desigualdad y la manipulación política de buscar chivos expiatorios, para esconder causas estructurales.

 

¿Qué hacer? La respuesta no es sólo más policía en los estadios, sino más justicia social y educación en la sociedad. Necesitamos pasar de la condena moral a la sanción efectiva. Las plataformas digitales deben ser responsables de lo que amplifican. Los gobiernos deben dejar de instrumentalizar el miedo al migrante para ganar votos. Y las organizaciones deportivas deben entender que su responsabilidad social no termina con el pitazo final.

El racismo en el deporte es un síntoma de una enfermedad que amenaza la convivencia global. Como bien señalan los análisis de este fenómeno, la transformación necesaria no es solo una cuestión de derechos civiles, sino parte de una estrategia eficaz de sobrevivencia conjunta de la especie humana. Si permitimos que el odio se normalice en la cancha, donde el juego debería unir, perderemos la capacidad de jugar juntos en la sociedad. El silbato final puede terminar el partido, pero no debe marcar el fin de nuestra humanidad.

Tenemos ese enorme desafío,  todas y todos podemos contribuir a vivir mejor desde nuestro lugar en la sociedad, no tolerando el racismo en todas las formas en que se exprese.

 

Eduardo Cardoza

 

 

 

 



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