
La muerte de un rebelde y el silencio de los poderosos
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Un buen retrato de estos tiempos de tránsfugas, marranos y traidores ha sido el silencio desplegado por el gobierno y sus partidos ante la muerte de un hombre de nuestros tiempos, el periodista y revolucionario, Manuel Cabieses Donoso.
Solo los llamados medios alternativos, es decir esos que funcionan por la porfía de sus participantes y hacen esfuerzos por entregar opiniones y reforzar ideas en un país en que la banalidad ha ganado los espacios y en el que los medios de comunicación son extensiones orgánicas de los poderosos, se han referido a la muerte de quien fue en América Latina y el mundo un hombre respetado y querido.
En los medios hegemónicos no hubo espacio para ese acontecimiento que sí fue cubierto por innumerables sitios de organizaciones y colectivos sociales, culturales y de trabajadores de Chile y América Latina.
No se ha sabido de mucho más en términos de cobertura a un hecho que sin duda tiene una repercusión histórica si se conoce, aunque sea un poco, de la trayectoria limpia y hermosa de Manuel.
No se trata de numerar aquí las historias de un hombre íntegro y consecuente.
Se trata de mostrar la miseria de quienes han hecho como si en este 26 de febrero no ha pasado nada de trascendencia en la traqueteada historia de nuestro país.
He ahí que desde el gobierno nadie dijo nada tras la paletada. El diario El Siglo, del Partido Comunista aún en el gobierno, publicó una escueta nota con la noticia.
Manuel se eleva por sobre toda esa miseria como un ejemplo que necesariamente debería avergonzar a quienes hoy intentan ocultar esta variante hermosa de ser humano, de la que no son ni serán jamás capaces. Esos que remedan una causa que no es.
Porque esta democracia con todo y sus infinitas falencias y traiciones, en gran medida y en la parte más puramente liberada del asedio de los malditos, es legítima propiedad moral del aporte de Manuel y los que se le parecen.
No se vio al presidente decir una palabra impostada de solidaridad y reconocimiento. No se supo de una ministra que haya dicho su sentir, aunque haya sido en el falsete de las formalidades.
No hubo nota alguna que consignara la muerte de Manuel en las páginas compradas y vendidas de los oligopolios de la desinformación y el fraude.
Este es el retrato de este largo repliegue de quienes alguna vez se propusieron cambiar al mundo de fase y pagaron alto precio por la osadía. Y que se sigue pagando al comprobar esa semilla vana que hoy se yergue en parte del poder.
Pequeños sujetos haciendo pinitos por salir en la historia. Gente poca cosa que se ha afirmado en lo que otros muchos hicieron y por lo que murieron o fueron azotados por la maldad pura.
Aspirantes a hombres de Estado en proceso de perfeccionar la genuflexión y aceitado de la bisagra del sí señor. Tránsfugas que cambiarán de piel y de canciones no más la tortilla comience a volver. Sujetos que temen del pueblo porque simplemente no saben de qué va eso. Acomodados de barrios gentrificados con salitas luciendo fotos del Ché y tejidos indianos pero que desprecian al guerrillero y el olor a humo del indio.
Esos nuevos poderosos que en los asados de los domingos escuchan la música que cantaron los que fueron fusilados hace medio siglo. Esos que aprendieron que la revolución es válida y bella en otros países y solo a veces.
No.
Esa gente no estuvo entre quienes despidieron a Manuel y bien que haya sido así.
Fueron los que lo quisieron, es decir, quienes conocieron a Manuel y su humanidad basada en una consecuencia a prueba de todo, los que acompañaron su ataúd.
Llevaron y guardaron su féretro esos que traen en los ojos el cansancio de media historia de intentos y sobre sus hombros la gravedad de las decepciones. Pero que de buenas ganas partirían de nuevo.
Esos hombres y mujeres cuyas canas cuentan la historia que emerge del polvo de los caminos, la dureza de la prisión, la cercanía de la muerte y la tibieza de la pólvora. Gente buena. Gente solidaria. Gente valiente.
Sobrevivientes y testigos de una historia que los cobardes quieren enterrar para no pasar por la vergüenza de no haber sido capaces de algo siquiera parecido.
Algo inefable se va con Manuel. Y algo hermoso se queda de él entre nosotros. Porque este muerto portentoso es nuestro. No de los que se ocultaron en el silencio de la cobardía para no sentir la profunda voz de Manuel que avisa y que también acusa.





