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La “élite” que Andrés Velasco critica… y que lo financió: El nudo chileno de la regresión democrática

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El triunfo de José Antonio Kast no es solo mérito propio: el gobierno de Gabriel Boric, derrotado con la candidatura de Jeannette Jara en las urnas el 14 de diciembre tras una gestión marcada por errores, escándalos y una cierta desconexión con las bases sociales que lo llevaron al poder, allanó el camino con su propia debacle. Y el 11 de marzo, Francisco Pérez Mackenna, ex gerente general de Quiñenco —el holding del Grupo Luksic, uno de los conglomerados más poderosos de Chile— asumirá como ministro de Relaciones Exteriores del presidente electo. El dato no es una anécdota: es la confirmación más nítida de que las élites económicas que controlan los medios y financian la política chilena hoy ocupan directamente las palancas del Estado.

Esta realidad atraviesa como un fantasma el reciente artículo de Andrés Velasco, «La paradoja de la regresión democrática” (*). El exministro de Hacienda y actual decano de la London School of Economics diagnostica con lucidez por qué ciudadanos de democracias formales apoyan a líderes autoritarios: no es la democracia lo que rechazan, dice, sino a unas élites políticas arrogantes, distantes y encerradas en su jerga tecnocrática. El problema, según Velasco, no son las instituciones, sino las personas que las ocupan. La solución, propone, sería reemplazarlas por otras «menos arrogantes y distantes».

El diagnóstico es agudo. Pero aplicado al Chile de 2026, se estrella contra un muro de omisiones.

Porque el ascenso de J. A.  Kast —primer presidente de extrema derecha desde el retorno a la democracia— no puede entenderse sin el papel de los conglomerados mediáticos en manos de esos mismos grupos económicos. El Grupo Luksic, a través de Quiñenco y Antofagasta Minerals, no solo es uno de los holdings más poderosos del país: también es propietario de Canal 13. Durante la Rebelión Social y los procesos constituyentes, la línea editorial de ese canal operó sistemáticamente para criminalizar la protesta, deslegitimar las demandas populares y construir el relato del «caos» que allanó el camino al discurso de orden de Kast. Las élites que Velasco critica en abstracto son las mismas que, desde la propiedad de los medios, fabricaron el hartazgo que hoy las beneficia.




Y ahí aparece el punto ciego de su análisis: esas élites también financiaron parte de su carrera política. Durante su fallida campaña presidencial de 2013, su nombre figuró en las investigaciones por financiamiento irregular: los casos Penta y SQM, así como aportes del Grupo Angelini. Veinte millones de pesos del Grupo Penta por una «charla-almuerzo» días antes de las primarias; boletas de Empresas Copec a su círculo más cercano.

Y también, como si fuera poco, el nombre de Velasco aparece en los archivos desclasificados del caso Epstein. En los documentos dados a conocer por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, Velasco es mencionado en un correo de febrero de 2013 que lo describe como un «brillante economista y profesor de Harvard» de 53 años que estaba presentando su candidatura a la presidencia de Chile. El mensaje alude a la organización de una reunión en Londres con potenciales partidarios o donantes para apoyar su campaña, y el propio Epstein pregunta: «¿Es bueno este tipo?». No hay evidencia de contacto directo con el financista ni imputación alguna por los delitos que se investigaban, pero la mención lo sitúa una vez más en el círculo de las altas esferas del poder global —esas mismas que hoy critica desde su escritorio en Londres—, buscando exactamente el tipo de contactos y financiamiento que ahora señala como el problema.

El desembarco de Pérez Mackenna en Cancillería cierra el círculo. El ex número dos de Quiñenco, holding del Grupo Luksic, asume como jefe de la diplomacia chilena. La convergencia entre poder económico, poder mediático y poder político es hoy un hecho, no una sospecha.

Velasco tiene razón en una cosa: la democracia no puede sobrevivir si quienes la administran olvidan que su legitimidad reside en el pueblo. Pero su análisis omite lo esencial: mientras las estructuras de poder —la propiedad de los medios, la financiación opaca de la política, la captura corporativa del Estado por las oligarquías empresariales— permanezcan intactas, cambiar a las personas «arrogantes» por otras «menos arrogantes» será apenas un maquillaje. Las nuevas personas, o son fagocitadas por el sistema, o llegan directamente desde sus directorios, como Francisco Pérez Mackenna.

El nudo de la cuestión es este: Velasco escribió un texto sobre la arrogancia de las élites sin mencionar que él fue financiado por ellas, que su nombre apareció en los archivos de Epstein como candidato buscando apoyos en los mismos círculos de poder, que ellas controlan los medios que moldearon la derrota de Boric, y que hoy, mientras él teoriza desde Londres, un exgerente de ese mismo holding asume como Canciller en Santiago. No es que su diagnóstico sea falso; es que, para ser creíble, tendría que incluirse a sí mismo en la foto.

Leopoldo Lavín

(*) Andrés Velasco:  https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/03/10/la-paradoja-de-la-regresion-democratica/



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Leopoldo Lavín

B.A. en philosophie et journalisme, M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec, Canadá.

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