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El Escudo de las Américas: el retorno del patio trasero

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La reunión llamada “Escudo de las Américas”, convocada por Donald Trump en Miami, no fue una cumbre diplomática más. Fue algo bastante más revelador y preocupante: la escenificación de un nuevo alineamiento continental bajo la dirección directa de Washington.

Conviene decirlo sin rodeos. Aquello no fue una instancia multilateral. No fue un espacio de deliberación entre países soberanos. No fue una mesa redonda donde cada gobierno pudiera exponer su posición, como ocurre al menos formalmente en organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas o la Organización de los Estados Americanos.

Nada de eso ocurrió en Miami.

Allí habló el anfitrión.
Habló Trump.
Y habló su secretario de Estado, Marco Rubio.




El resto escuchó.

El pretexto oficial fue la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado y la migración. Pero lo que realmente se estaba configurando era algo mucho más profundo: la incorporación de varios gobiernos latinoamericanos a una línea de mando estratégica definida por Estados Unidos en el continente.

Entre los asistentes destacaban algunos de los gobiernos más alineados con Washington y con una agenda política cada vez más autoritaria: Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador y la presencia entusiasta de José Antonio Kast desde Chile. Junto a ellos participaron otros gobiernos alineados, como los de Paraguay, Panamá, Costa Rica, República Dominicana, Honduras, Guyana, Bolivia y Trinidad y Tobago.

Pero lo que define políticamente esta reunión no son solo los que estuvieron. También son los que no fueron invitados.

Quedaron fuera países centrales del continente como México, Brasil y Colombia, economías fundamentales del hemisferio cuyos gobiernos han cuestionado en distintos momentos la política exterior de Washington. Tampoco estuvo Uruguay, ni por supuesto Venezuela, país que en los últimos meses ya fue objeto de una intervención directa que culminó el 3 de enero con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, lo que sitúa a ese país en una situación de control y sumisión.

La fotografía política que deja esta reunión es bastante clara: un grupo de gobiernos ideológicamente alineados con Washington integrándose a un esquema de coordinación política y militar bajo liderazgo estadounidense, mientras que los países que mantienen posiciones más autónomas quedan fuera de ese diseño. En síntesis, una línea de mando directa.

No estamos hablando, por lo tanto, de una simple cooperación regional.

Estamos hablando de un mecanismo de subordinación continental.

Un vasallaje.

Un esquema donde Washington define la estrategia y ciertos gobiernos latinoamericanos se integran disciplinadamente a esa línea política y militar.

La historia de América Latina conoce demasiado bien este tipo de estructuras. Durante el siglo XX ya existieron mecanismos similares en los que Estados Unidos organizaba redes de coordinación política y militar con gobiernos aliados en el continente, muchas veces con consecuencias devastadoras para nuestros pueblos.

La diferencia es que hoy este alineamiento ocurre en un momento histórico particularmente crítico.

El capitalismo atraviesa una fase de crisis profunda que muchos analistas caracterizan incluso como una crisis terminal. En ese contexto, Estados Unidos enfrenta una crisis de hegemonía de gran envergadura. Esa situación lo empuja a intentar recomponer su dominio global mediante una escalada permanente de presión política, sanciones económicas, desestabilizaciones e intervenciones militares.

La confrontación en torno a Irán forma parte de esa dinámica. El cierre del Estrecho de Ormuz ya ha provocado una fuerte escalada en el precio del petróleo y amenaza con empujar al planeta hacia una crisis económica aún más severa.

En ese escenario global, Washington busca reafirmar su control sobre lo que históricamente ha considerado su zona de influencia: el continente suramericano.

Y eso es exactamente lo que representa el llamado Escudo de las Américas.

No una alianza entre iguales.
No una cooperación soberana.
Sino una estructura de alineamiento político y militar bajo mando estadounidense.

El riesgo mayor de la situación internacional actual no proviene de una escalada simétrica entre potencias. La dinámica de confrontación ha sido impulsada fundamentalmente por Estados Unidos, que durante décadas ha intervenido, bombardeado, sancionado y desestabilizado países en distintas regiones del planeta.

Esta escalada no comienza ahora con Irán. Es la continuidad de una política de expansión militar y presión geopolítica que se ha intensificado en los últimos años y que hoy se vuelve aún más peligrosa en medio de la crisis estructural del sistema.

En ese escenario aparece nuevamente un fantasma que la humanidad creía relativamente contenido: la posibilidad de una guerra nuclear.

El peligro no es abstracto.

El peligro es que, en medio de esta lógica de confrontación creciente, Estados Unidos termine usando armas nucleares, desencadenando una escalada que podría arrastrar al planeta entero hacia una catástrofe irreparable.

La dinámica actual muestra a una potencia que intenta reorganizar el mundo bajo su liderazgo precisamente en el momento en que su hegemonía comienza a resquebrajarse.

Por eso el momento histórico que vivimos es extraordinariamente grave.

No estamos frente a simples tensiones diplomáticas ni a conflictos regionales aislados. Estamos entrando abiertamente en una fase de guerra imperial.

Las recientes amenazas de Trump, afirmando que después de Irán podrían venir otros objetivos como Cuba, no hacen más que confirmar la dirección de este proceso.

La humanidad ya vive una crisis humanitaria profunda. No es una abstracción. Basta observar la devastación de Gaza, las guerras abiertas en distintas regiones del planeta y el deterioro económico que afecta a millones de personas.

Si esta dinámica continúa, no solo veremos más guerras. También veremos crisis energéticas, colapsos económicos y posiblemente una depresión global de enormes proporciones.

Por eso la responsabilidad histórica es enorme.

Particularmente para quienes se dicen revolucionarios.

Porque el mundo está entrando en una etapa extremadamente peligrosa y, frente a esa realidad, ya no basta con describir lo que ocurre. Es necesario comprender la profundidad de la crisis histórica que atraviesa el sistema y las consecuencias que puede tener para la humanidad.

Lo que está en juego no es simplemente la estabilidad de un país o de una región.

Lo que está en juego es algo mucho mayor.

La posibilidad de que el mundo sea arrastrado hacia una espiral de guerras cada vez más amplias, impulsadas por una potencia que intenta preservar su hegemonía en medio de una crisis histórica del capitalismo.

Detener esa deriva no es solo una tarea política.

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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