Corrientes Culturales

Un texto que genera un contexto

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La Araucana (1589) es un poema épico español que incide en el origen de Chile como una república soberana e independiente. Francisco Antonio Pinto, militar y político liberal, uno de los firmantes del Acta de la Independencia de 1818, en sus Memorias recuerda el impacto que le causó a su generación la obra de Ercilla: “nos reuníamos –dice- en corrillo para saborear su lectura…esta obra fue la que comenzó a despertar en nuestros corazones amor patrio, sentimientos guerreros, sed de gloria y un vago conato por la Independencia”. La valoración de los araucanos como un pueblo indómito y libertario fue inspiración en las primeras campañas contra el ejército realista. Llevó a considerárselos como un ancestro legendario, perfilando una tradición araucanista que fue funcional a la elite criolla, en una perspectiva de Independencia y construcción de la nación. Ideario que operó, entre otros, en José Miguel Carrera, Bernardo OHiggins, Camilo Henríquez, Francisco Antonio Pinto y Juan Egaña.

José Miguel Carrera vinculaba la Independencia de Chile con la independencia de Arauco. De allí que, en el primer escudo nacional, ordenado por él en 1812, estén simbólicamente presentes el pasado araucano y el ideal republicano. Durante su gobierno se gestionó la primera imprenta traída a Chile y la publicación de La Aurora, cuyo editor Camilo Henríquez, sacerdote imbuido de un espíritu ilustrado, escribió artículos alabando a los araucanos usando el seudónimo de Patricio Curiñanco, padre de Lautaro. En una carta de la Sociedad de Patriotas a La Aurora del 16 de julio de 1812, los miembros de esa Sociedad recuerdan que “en derecho el suelo que habitamos no nos corresponde” en consecuencia, dicen, es necesario que desde ahora “nos llamemos todos indios…para que nuestros hermanos conozcan el digno aprecio que hacemos de ellos”. En el período de la Patria Vieja (1810-1814) el adjetivo araucano llegó a ser –como señala Mario Góngora- un modo poético de decir “chileno”. El proceso de glorificación idealizada, que tiene su origen en la obra de Ercilla, se manifestó en publicaciones y nombres de navíos que aluden a esa identificación. El periódico que en 1813 sucedió a La Aurora se tituló El Monitor Araucano, también hubo otras publicaciones esporádicas: El correo de Arauco, Década Araucana, Ilustración Araucana e Insurgente Araucano. Varios de los navíos que formaron parte de la primera Escuadra Nacional fueron bautizados con nombres de los héroes ercillanos. Más tarde el primer diario oficial se llamó El Araucano (1830-1877).

Cabe preguntarse ¿se condicen estas menciones y esta glorificación idealizada con la situación real de los habitantes de Arauco? ¿Hubo conciencia de ello en los patriotas de la Independencia? En El Monitor Araucano (1 de julio de 1813) se publicó un documento gubernamental con el tituló de “Reglamento a favor de los ciudadanos indios”. Documento que obedeció según señala “a los ardientes conatos con que el gobierno (de Carrera) “proclama la fraternidad, igualdad y prosperidad de los indios”. El gobierno, según el Reglamento, desea destruir por todos los medios las “diferencias de casta en un pueblo de hermanos”. Plantea la necesidad de asimilarlos, incorporándolos a la nación. Señala que la “clase ruda y miserable de los indios ha sufrido transgresiones de deslindes por los fuertes hacendados que los rodean”. El origen del documento es la constatación de la “extrema miseria, incivilidad, falta de moral y educación en que viven” los habitantes de Arauco. Plantea que los sacarán de sus rucas y se les construirá en la proximidad villas, entregándoles una yunta de bueyes con arado e instrumentos de labranza y semillas. Firman el documento, a nombre del gobierno, Camilo Henríquez, Juan Egaña y Mariano Egaña.

El autor Bernardo Subercaseaux

Se hace patente una paradoja: la misma voz que glorifica e idealiza a los araucanos advierte en ellos una condición paupérrima y miserable que requiere apoyarlos y civilizarlos. Se instala así un contexto en que opera un doble discurso, por una parte, glorificación idealizada que tiene su fundamento en la obra de Ercilla, imaginario que fue utilizado para acentuar una tradición de lucha con el pasado español. Por otra parte, se apunta a una realidad de vida expoliada y miserable, una ciudadanía política simbólica y discursiva que nunca fue real (el Reglamento habla de “ciudadanos indios”). Un doble discurso que de alguna manera se proyecta hasta el día de hoy en estatuas, calles, pueblos que honran a los araucano-mapuche a lo largo del país, incluso en el nombre del equipo de fútbol más popular de Chile. Pero, por otra parte, se advierte un tratamiento que no se condice con esos homenajes. Y que trasunta una perspectiva asimilacionista, tal vez bien intencionada, pero en cierta medida ineficaz, debido a que no responde a las demandas araucano-mapuche de autonomía y libertad, que son precisamente los valores que se les ensalza simbólicamente como pueblo indómito.




En la poesía mapuche contemporánea hay un poeta urbano, David Aniñir, que emblemáticamente indica la persistencia de este doble discurso. En su poemario  Mapurbe (2005) un verso dice:

“Somos los nietos de Lautaro/ tomando la micro para ir a hacerle el jardín a un rico”

Verso que marca la distancia entre el héroe legendario (de Ercilla) y el lugar degradado que ocupan sus descendientes en la modernidad urbana.

 

Bernardo Subercaseaux

 

 

 

 



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