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El ajuste en el peor momento: las medidas serán “muy, muy dolorosas”

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Hay decisiones económicas que se explican por convicción. Y otras que, con el paso de los días, comienzan a parecer una negación de la realidad. El ajuste fiscal impulsado por el gobierno de José Antonio Kast empieza a ubicarse peligrosamente en esta segunda categoría: una apuesta ideológica aplicada justo cuando el contexto internacional exige lo contrario.

No es solo timing. Es estructura.


La austeridad como dogma

El programa económico del gobierno ha seguido una lógica clara: reducir el tamaño del Estado. Rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23%, eliminación del impuesto a las ganancias y un recorte del 3% en el gasto ministerial configuran un giro clásico hacia la ortodoxia fiscal.

En condiciones normales, el debate sería legítimo. Pero el problema no es la teoría: es el contexto. Incluso el exministro Andrés Velasco, reconocido neoliberal, dijo que este no era el momento para darse un «gustito» fiscal. 




Chile no produce petróleo. Depende completamente de su importación. Y el escenario internacional —marcado por tensiones en Medio Oriente y el estrecho de Ormuz— proyecta un precio del crudo que podría escalar sobre los 150 dólares.

Ahí es donde la decisión deja de ser técnica y pasa a ser crítica.


La contradicción estructural: menos Estado, más exposición

El gobierno defiende la responsabilidad fiscal como principio rector. Pero al mismo tiempo desmonta herramientas que precisamente permiten amortiguar crisis externas.

El caso del Mepco es elocuente. Diseñado para suavizar el impacto de los combustibles en la economía doméstica, hoy está bajo revisión por su costo fiscal. El ministro José García Ruminot lo dijo sin rodeos: mantenerlo es “un problema”.

La contradicción es evidente:

  • Se reduce la capacidad fiscal (menos impuestos)

  • Se recorta el gasto

  • Y luego se cuestiona el único mecanismo que evita que el shock externo golpee de lleno a las familias

En nombre del orden, se debilita la protección.


El traslado del costo

El propio García lo anticipó: las medidas serán “muy, muy dolorosas” para muchas familias. No es una advertencia menor. Es el reconocimiento de que el ajuste no se queda en la macroeconomía, sino que baja directamente al bolsillo.

Porque el alza del petróleo no es solo un problema energético. Es inflación sistémica:

  • Transporte

  • Alimentos

  • Logística

  • Servicios básicos

Todo se encarece.

Y sin un mecanismo robusto de amortiguación, el traslado es directo. Sin escalas.


El argumento heredado

El gobierno ha intentado anclar su narrativa en la supuesta “estrechez fiscal” heredada de la administración de Gabriel Boric. Sin embargo, hasta ahora, esa afirmación carece de una validación clara y transversal.

Más que una certeza técnica, aparece como un recurso político: explicar el ajuste como obligación, no como decisión.

Pero incluso si el diagnóstico fuera correcto, la pregunta persiste: ¿era este el momento para reducir ingresos fiscales en medio de una tormenta global?


Escalar el problema

Lo que comenzó como una discusión sobre el Mepco ya se transforma en algo mayor:

  • Fragilidad fiscal autoinducida

  • Alta exposición a shocks externos

  • Reducción de herramientas de contención social

Es un patrón.

Y ese patrón no es nuevo en experiencias de derecha más dura: priorizar equilibrio fiscal inmediato aun cuando eso amplifica los costos sociales en escenarios de crisis.


La política de las decisiones duras

El Presidente lo planteó en términos casi pedagógicos: hay que elegir. Educación, reconstrucción o subsidios. Como si el dilema fuera inevitable.

Pero esa inevitabilidad también es una construcción.

Porque las decisiones fiscales previas —bajar impuestos, reducir ingresos— condicionan precisamente ese margen de elección. No es solo que falten recursos. Es que se decidió tener menos.


Memoria y advertencia

La historia económica reciente está llena de episodios donde la austeridad aplicada en momentos de crisis no corrigió desequilibrios, sino que los profundizó.

Cuando el Estado se retrae justo cuando más se le necesita, el mercado no llena el vacío: lo amplifica.

Y entonces la pregunta deja de ser técnica y se vuelve política.

Si el costo de la estabilidad es trasladar el riesgo completo a las familias, ¿sigue siendo estabilidad… o es simplemente otra forma de inestabilidad disfrazada de orden?

Paul Walder



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Paul Walder

Periodista

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