
La lógica de la radicalización para la conquista y el exterminio
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El mundo vive momentos críticos, en importante medida por el seguidismo de Trump a la estrategia del primer ministro Netanyahu y la derecha nacionalista israelí. Esta no es defensiva ni de protección legítima de la integridad de Israel y sus habitantes, que como todo el mundo tienen derecho a un hogar nacional y a la seguridad. Es una de predominio regional mediante la fuerza, con una población ampliamente minoritaria, en alianza con los intereses de Estados Unidos y en parte los de las antiguas potencias coloniales europeas.
Se sustenta en el sionismo, un nacionalismo peculiar basado en una idea mesiánica: en el Génesis, Dios promete a Abraham una tierra que se extiende “desde el río de Egipto hasta el Éufrates”, mientras otros textos religiosos describen reinos que abarcan Palestina, el Líbano, partes de Jordania, Siria y Egipto. El nacionalismo israelí moderno adoptó con éxito el principio de aceptar menos hoy para poseer más mañana: un Estado judío parcial sería solo el comienzo, ya que los límites de las aspiraciones territoriales no podían ser fijados por ninguna entidad externa, aunque fuera a costa de multiplicar enemigos. El problema es que este Estado judío, indispensable para dar seguridad a los sobrevivientes del holocausto en Europa, se creó por la ONU en 1948 allí donde los judíos habían sido expulsados 20 siglos atrás, en territorios considerados como ‘Tierra Santa’ por las tres religiones monoteístas. Para el cristianismo, se trata del lugar donde Jesús nació, predicó, hizo milagros y murió. Para el Islam, Jerusalén es una de las tres ciudades más importantes de su religión junto a La Meca y Medina, hasta donde cabalgó Mahoma en sueños en un caballo alado subiendo al cielo. Los judíos lo consideran su epicentro espiritual por El Muro de las Lamentaciones, los últimos restos del templo construido por Herodes sobre las ruinas del Templo de Salomón. Esto es una fuente de conflictos entre conquistadores y conquistados basados en la religión y la condición étnica, lo que dificulta cualquier compromiso territorial razonable. Además, el conflicto palestino-israelí involucra una región, el Medio Oriente, que produce un 31% del petróleo (y un 18% del gas) y posee un 56% de las reservas. Es un insumo altamente estratégico, cuyo control es apetecido por las potencias imperiales desde que es la base de la energía y la industria a partir de inicios del siglo XX, aunque esté lentamente en vías de sustitución por otras energías porque amenaza gravemente la estabilidad del clima.
Desde su creación, el Estado de Israel ha acumulado enemigos a partir del desplazamiento inicial de 700 mil palestinos, lo que dio lugar a un conflicto político y étnico-religioso crónico. El territorio de Israel se extendió progresivamente mediante la conquista violenta más allá de lo estipulado por la ONU, y sin el consentimiento de la población y de los nacientes Estados árabes. Después de las guerras de 1967 y 1973, Egipto terminó por aceptar reconocer a Israel en 1980, iniciando una nueva etapa, que es la que Netanyahu y la derecha nacionalista israelí procuran desviar para mantener el diseño mesiánico del Gran Israel: su estrategia es hacer todo lo que está en sus manos para impedir un camino de coexistencia entre pueblos en la antigua Palestina.
En el corto plazo, este diseño busca impedir a toda costa la creación de un Estado Palestino y debilitar y ojalá desplazar a Siria, Iraq, Irán y Turquía del juego de poder en el Medio Oriente y de control del petróleo, buscando su dispersión como Estados mediante conflictos étnicos constantes. Israel procura a lo más algún esquema de acuerdos con Egipto y Arabia Saudita y los Estados del Golfo Pérsico aliados a Estados Unidos. Necesita en esta fase terminar con el poder de Irán y reducir su infraestructura a escombros, quien sea que gobierne ese país, más allá de impedir que se transforme en un poder nuclear (condición que Israel tiene, dicho sea de paso). No solo busca exterminar a la actual dirigencia iraní, sino impedir la emergencia de líderes dispuestos a trazar algún tipo de compromiso de paz en la región.
En esa lógica, Netanyahu ya había por años hecho todo lo posible para ampliar la colonización ilegal en Cisjordania y debilitar a la Autoridad Palestina de orientación laica, apoyando su desplazamiento por el integrismo musulmán de Hamas, hasta que lo logró en Gaza a partir de 2007. Además de aplicar la consigna de “divide y reinarás”, el objetivo era impedir toda posibilidad de compromiso que llevara a una coexistencia pacífica entre israelíes y palestinos, como la que se abrió con los acuerdos de Oslo de 1993. Su meta es la permanente fuga hacia adelante para tener al frente a un enemigo a exterminar, con lo que ha asegurado su supervivencia política -debe enfrentar juicios por corrupción- en base a cohesionar a su nación como el adalid contra los enemigos de Israel.
Netanyahu ha logrado finalmente destruir Gaza -sus hospitales, escuelas, mezquitas, universidades y viviendas- y ha masacrado de manera programada a 72 mil personas, de los cuales más de 21 mil son niños, luego del ataque de los integristas de Hamás destinado a mostrar una capacidad de resistir el bloqueo del territorio desde 2007. Este se realizó con asesinatos indiscriminados de población civil israelí y extranjera en octubre de 2023, sin tampoco justificación posible ni legitimidad de guerra alguna. Netanyahu aprovechó el error estratégico y la brutal violencia contra civiles de Hamás para culminar su política de castigo colectivo y lograr que el mundo no le impidiera hacer de este enclave un territorio arrasado mediante crímenes de guerra, cercado y ocupado, exterminando a su dirigencia y desarticulando toda la vida civil. Es una de las destrucciones programadas más cruelmente devastadoras de la historia. El objetivo es terminar por anexar a Gaza -lo que eventualmente incluye el delirio de Trump de hacer de este lugar densamente poblado un enclave turístico estadounidense junto al mar- junto a Cisjordania, en el diseño mesiánico del Gran Israel que persigue Netanyahu y que viola toda la legalidad internacional vigente. Los métodos son los de la guerra de conquista mediante crímenes de guerra sistemáticos, que tienen a Netanyahu bajo una orden de arresto de la Corte Internacional de Justicia.
Esta guerra se extiende desde hace décadas hacia al sur del Líbano, planeando ahora terminar de sembrar el caos, como lo hizo en el pasado durante la guerra civil libanesa y contribuyó a hacerlo en Siria e Iraq, e inviabilizar a esa nación multi-religiosa en nombre del exterminio de los chiitas musulmanes libaneses agrupados en Hezbolá. Esta organización posee una fuerza de milicias propia asociada a los chiítas de Irán, los que a su vez están comprometidos con la destrucción de Israel desde la llegada en 1979 del régimen de los ayatolas, además de buscar dominar la región.
Ahora Netanyahu ha logrado asesinar a Ali Larijani, presidente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, el dirigente de facto del país después de que los bombardeos aéreos estadounidenses e israelíes mataran, al comienzo de la guerra actual, a las cúpulas del gobierno y del ejército, incluyendo al guía supremo Ali Jamenei. Según Hamidreza Azizi, experto del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, esto “significa una militarización aún mayor del sistema”, pues Larijani habría sido esencial para crear consenso y buscar una salida a la guerra. “Ahora que parece que todo está en manos de la élite militar, es muy difícil imaginar cómo, y si acaso, pueden llegar a formular algunas ideas, o si pueden mostrar suficiente flexibilidad como para aceptar las ideas de la otra parte y poner fin a la guerra”, sostiene. La estrategia de Israel de eliminar a las principales figuras políticas de Irán busca la radicalización mediante el exterminio de toda elite gobernante y la desarticulación del país: “en este proceso de adelgazamiento de la élite, cada capa que se elimina hace que la siguiente capa sea más dura”, según este analista.
Recordemos que el régimen teocrático está cuestionado por buena parte de la sociedad iraní, cuyas manifestaciones fueron respondidas con masacres intermitentes, la más grave de las cuales sucedió en enero pasado con miles de muertos, proceso de resistencia civil que quedó paralizado por la guerra.
El seguidismo por parte del Estados Unidos de Trump del diseño de Netanyahu de dominio mesiánico y violento del Medio Oriente, ha quedado hoy expuesto con la renuncia de Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo del gobierno republicano. Este anunció su alejamiento por oposición a la guerra con Irán y la influencia de Israel sobre las políticas de la administración Trump. “No puedo, en conciencia, apoyar la guerra en curso contra Irán”, escribió Kent: “Irán no representaba una amenaza inminente para nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y de su poderoso lobby estadounidense.”
Gonzalo Martner





