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Ha partido Jürgen Habermas, ¿“el último gran filósofo europeo”?

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Nos ha dejado el filósofo y sociólogo Jürgen Habermas (1929-2026). Quizá el pensador e intelectual alemán y europeo más importante en vida. Lo señalamos no por el prurito de exitomanía o rankingmanía ―tan en boga en el ideologismo actual dominante―, sino para poner las cosas en su lugar y ver que, en este pensador, por su diversidad temática e integración de perspectivas, hay materiales que siempre podemos rescatar a la hora de repensar los derroteros de nuestra dependiente y heterodoxa modernidad.

No es fácil presentar una breve reseña de su pensamiento en el marco de una columna. No solo por el espacio sino también porque la sociedad chilena y sus medios de comunicación no tienen por hábito (a diferencia de otros países) dar un lugar de importancia al filosofar en el espacio público. Los lectores entonces me disculparán por el uso de algunos términos propios de la disciplina, aunque mi interés sea llegar al público más amplio posible.

El otro motivo que hace difícil una presentación de la obra de Habermas que no sea esquemática, es la forma que utiliza para el logro de sus objetivos. Esos objetivos no tienen que ver con el manejo especialista de escuelas o pensadores, sino con su propósito de dar cuenta de manera comprensiva, crítica y reflexiva de la evolución del proceso de modernidad occidental y su deriva de crisis modernizante. Tarea para la cual no le basta ni el encierro académico ni tampoco un enfoque unilateral. Por eso, la dificultad para muchos en su lectura: resulta el más filósofo de los sociólogos y el más sociólogo de los filósofos. Dicho de otra manera: uno de los aspectos que hemos destacado siempre en su modo de abordar, entender y señalar pistas de salida a la crisis del proyecto moderno occidental es su permanente esfuerzo por mantener el diálogo de ida y vuelta entre las ciencias sociales y el filosofar; algo que, a pesar de la prédica por lo interdisciplinar, cuesta mucho practicar en los centros de estudio superiores.

Es por lo anterior que sus inquietudes y trabajos van desde disputas en torno a las relaciones entre teoría y praxis, hasta el intento por descifrar las formas de socialización comunicativa de la identidad de las personas en sociedades complejas, pasando por un esfuerzo permanente por entender las recurrentes crisis del proceso de modernización capitalista y sus patologías. En función de las interrogantes que se plantea respecto a las sociedades occidentales es que echará mano del marxismo crítico, la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, la hermenéutica, el “giro lingüístico”, el psicoanálisis y la teoría de sistemas de N. Luhmann. Todo esto con la intención de redireccionar los procesos de modernización y pensar cómo poder delimitar la hegemonía creciente de una racionalidad instrumental y su extensión colonizadora a los distintos subsistemas. Desde la economía hasta la política misma.




Bien, estos son, expuestos de manera esquemática, algunos temas de sus motivaciones de base como pensador e intelectual público destacado, alguien siempre atento a los signos de los tiempos, al cual no eran ajenos ningunos de los temas acuciantes que nos afectan como humanidad. En buena medida, su tarea central se volverá la búsqueda de otra teoría de la racionalidad, tanto en su aspecto sociológico como filosófico, ético y político.

Destaquemos, rápidamente, tres universos temáticos que se entrelazan mutuamente en su proyecto de trabajo y de búsqueda. Primero, la formulación de su teoría de la acción comunicativa. Se trata aquí, a través del descubrimiento filosófico/social de la radical comunicabilidad de toda razón, de entender el uso del lenguaje (nivel pragmático) como esencialmente orientado al entendimiento mutuo, sea en forma de acuerdo y/o desacuerdo, en torno a las normas que pueden regular ―de manera legítima―, la vida en común. Lo particular aquí es que la noción de acción comunicativa presupone que todos los miembros de una comunidad de comunicación tienen igualdad de derechos y piden ser reconocidos como personas dignas en igualdad de condiciones. Un segundo tema será su idea de sociedad en dos niveles: vista como sistema y también como mundo de la vida. Una tercera cuestión será la continuidad de sus reflexiones mediante la formulación (bajo influencia y en conjunto con su colega y amigo, el filósofo K. Otto Apel) de una ética discursiva o comunicativa. Esta es una propuesta orientada a demostrar la posibilidad de fundamentar la universabilidad de las normas éticas a partir de su filosofía de la comunicación. A través de esta estrategia metódica, se cumpliría también otro objetivo importante, cual es mostrar lo insostenible de las posiciones solipsistas y/o irracionalistas en el espacio ético/político. A partir de aquí, Habermas tiene herramientas para observar e intentar comprender la realidad de las democracias modernas como democracias en permanentes crisis y/o conflictos, vaciadas de sentido y significado, hegemonizadas por una racionalidad de cálculo de poder por el poder, y desde este diagnóstico ofrecernos su ideario de democracia radical, o de una democracia y política deliberativa que, a nuestro modo de ver, está muy cerca del ideario de un republicanismo democrático.

Para terminar ―y agradezco si han llegado hasta aquí― esta esquemática presentación y homenaje a J. Habermas, damos la palabra al propio filósofo:

Las utopías tienen una función práctica en la medida que penetran como orientaciones en los movimientos sociales (…). La sociedad tiene que ser de tal forma que todos puedan caminar erguidos, incluso los miserables y los ofendidos, los desposeídos y los humillados. En este contexto, el empleo utópico de una imagen sirve para introducir un concepto preciso, el de la dignidad humana (…). Es un ejemplo de la función crítica que cumplen las imágenes prometedoras (…). Prometedor quiere decir que la dignidad ha de traspasarse desde un mundo feudal, en el que solamente les va bien a los dignatarios, a un mundo burgués y socialista, en el que también los desposeídos y humillados puedan caminar erguidos: aquí y no en un futuro.

*Pablo Salvat B es doctor en Filosofía Política (U. Católica de Lovaina) y profesor en la Universidad Alberto Hurtado y la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en Santiago de Chile.



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