
La guerra y la violencia política: ¿condena genética o elección cultural?
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La pregunta sobre el origen de nuestra violencia es tan antigua como la humanidad misma. ¿Nacemos con un instinto asesino grabado en nuestros genes o aprendemos a odiar y matar a través de la cultura que nos envuelve? La evidencia científica apunta a una compleja interacción entre ambas dimensiones. Neurobiológicamente, poseemos circuitos cerebrales para la agresividad, pero también para la empatía y la cooperación. La cultura actúa como el gran modulador: puede exacerbar nuestros instintos más primitivos o construir diques éticos que los contengan.
Edward O. Wilson, biólogo norteamericano, definió como el verdadero problema de la humanidad el hecho de que “tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnologías casi divinas”. Lo que hoy presenciamos resulta especialmente desalentador porque no es el estallido repentino de la barbarie, sino su retorno después de siglos de construir barreras contra ella. Los avances civilizatorios que creíamos consolidados ―las Convenciones de Ginebra y La Haya, la protección de civiles, la prohibición de la tortura― se desmoronan ante nuestros ojos. Hemos olvidado que esos acuerdos nacieron precisamente para regular los excesos del pasado: los asesinatos masivos de poblaciones vencidas, las violaciones sistemáticas, el degollamiento de niños y ancianos, la esclavización. La idea de que los civiles no pueden ser objetivos militares, conquista ética fundamental del derecho internacional humanitario, hoy parece un espejismo.
Vivimos un profundo retroceso. Las lecciones que extraemos de lo que vemos en Irán, Gaza, Ucrania, Líbano o el Sahel son terriblemente perversas: si no quiero ser atacado, necesito armas nucleares. Esta conclusión lógica pero atroz impulsa una carrera armamentística sin precedentes, mientras las guerras ya no se libran solo en campos de batalla reconocibles, sino también ―y quizás principalmente― en el campo mediático. Las mentiras, las censuras, la desinformación y los engaños constituyen el nuevo frente. La victimización como arma, los insultos como estrategia, la reyerta callejera elevada a categoría política. Y así, el riesgo para nuestra supervivencia como especie, crece y crece. Los servicios de seguridad y espionaje —Mossad, MI6, CIA, KGB, FBI, STASI, ANS y sus equivalentes actuales— han devenido en nuevas formas de Inquisición, operando en las sombras mientras los ataques de falsa bandera siembran confusión sobre quién agrede realmente a quién.
La complejidad sectaria se añade al cóctel. Integrismos religiosos, nacionalismos exacerbados, conflictos étnicos de larga data y los juegos geopolíticos han creado monstruos difíciles de controlar. ¿Quién asesinó a quien emitió dos fatwas contra el desarrollo de armas nucleares? ¿Quién creó y apoyó a Osama Bin Laden para combatir a los rusos en Afganistán? ¿Quién financió a Hamás para contrarrestar a la OLP de Arafat y sabotear la solución de dos estados? ¿Quién levantó y apoyó en nuestro continente a dictadores como Somoza, Stroessner, Batista, Noriega, Pinochet, Maduro o Banzer? ¿Quién ayudó y financió la creación del ISIS (Estado Islámico)? Las mismas potencias que hoy se presentan como garantes del orden internacional han alimentado sistemáticamente el caos cuando les resultaba funcional.
Pero la pregunta más honda quizá sea otra: ¿es posible olvidar y no acumular rencor cuando han matado a tus padres, a tus hijos o a tus hermanos? La memoria del dolor es el combustible más poderoso para la perpetuación de la violencia. Admiramos el esfuerzo alemán por expiar el Holocausto, pero ese horror no surgió de la nada: venía de una larga cadena de pogromos, guerras religiosas, cruzadas contra cátaros, quemas de brujas, Inquisición, apartheid, Ku Klux Klan, esclavitud colonial. Y hoy, migraciones y deportaciones masivas. La historia es un continuum de crueldad que apenas hemos logrado interrumpir en breves paréntesis de humanidad.
Hoy el ICE deporta personas, los muros se multiplican, los nacionalismos excluyentes resurgen. ¿Estamos condenados a seguir eternamente hiriéndonos y matándonos? La respuesta no puede ser un simple sí o no. No hay determinismo genético absoluto, pero tampoco ingenuidad culturalista. La violencia es una posibilidad siempre disponible, una tentación recurrente. Pero también lo es la compasión, la solidaridad, la construcción de instituciones que limiten nuestros peores impulsos.
El retroceso actual demuestra que la civilización no es un estado permanente, sino un equilibrio frágil que requiere vigilancia constante. No estamos condenados por nuestros genes, pero tampoco somos inherentemente buenos. Somos animales culturales capaces de lo peor y de lo mejor. La pregunta no es si la violencia desaparecerá —probablemente no—, sino si lograremos contenerla lo suficiente para que la vida digna sea posible para la mayoría. La respuesta a esa pregunta la escribimos cada día con nuestras decisiones colectivas.





